Thomassons: la arquitectura que no sirve para nada y por eso es arte
¿Escaleras que no llevan a ninguna parte? ¿Puertas que se abren al vacío? No son errores de construcción: son Thomassons, un concepto artístico acuñado en los años 80 por el japonés Genpei Akasegawa. La idea es simple pero demoledora: cuando una estructura arquitectónica pierde su función original pero se mantiene en pie, se convierte en una obra de arte por derecho propio.
La etimología es curiosa: el nombre proviene de un jugador de béisbol estadounidense, Gary Thomasson, que fue fichado por un equipo japonés por una millonada y resultó ser un fracaso total. De la misma manera, estas estructuras son “fracasos” funcionales que, al no cumplir su propósito, alcanzan una categoría estética superior.
Algunos ejemplos clásicos son las escaleras que terminan en una pared, balcones sin acceso o tuberías que no conectan con nada. En España, es frecuente encontrar Thomassons en edificios abandonados o remodelados a medias. La fotografía de una línea de ferrocarril clausurada que atraviesa un edificio es un ejemplo perfecto: ya no transporta nada, pero su presencia genera una tensión visual que muchos consideran arte.
Lo interesante es que los Thomassons no buscan ser arte; lo son porque han dejado de ser útiles. En un mundo obsesionado con la eficiencia, recordar que lo inútil puede tener valor estético es, cuanto menos, una provocación necesaria.
Con la expansión de las redes sociales, cada vez más aficionados salen a la caza de estos “hiperartes” urbanos. La ironía es que, al documentarlos, quizás los matan: una vez señalado, el Thomasson deja de ser un accidente anónimo y se convierte en una atracción. Pero mientras las ciudades sigan cambiando, siempre habrá nuevos rincones absurdos esperando ser redescubiertos.