Elbichito, apagones, la riada: por qué todo encaja en el plan global
Cuanto más caótico es el mundo, más ordenado parece el mecanismo que lo explica. Un apagón, una riada, una esa época en el 2020 de la que yo le hablo y una crisis fronteriza dejan de ser episodios sueltos y pasan a ser piezas de una secuencia: la que, según una corriente de análisis cada vez más ruidosa, conduciría a una dictadura tecnológica global. No hace falta que las piezas encajen entre sí. Basta con que encajen en el relato.
De la esa época en el 2020 de la que yo le hablo al apagón: el patrón que no admite excepciones
La hipótesis central sostiene que todo obedece a un diseño previo y coordinado: el elbichito, los cortes de suministro eléctrico, la riada, lo de Ceuta. Todos los episodios comparten un mismo supuesto, el abandono deliberado de las autoridades. Y ahí la tesis se vuelve irrefutable: si el Estado socorre, es parte del guion; si no socorre, también. España aparece en esta lectura como laboratorio, banco de pruebas nacional antes del despliegue global.
El tramo siguiente añade geopolítica: cierre de estrechos y ataques a petroleros, oleoductos, refinerías, vías férreas y carreteras. El objetivo sería sembrar el caos para hacerse con todo. El 11-S se señala como el arranque de ese supuesto cambio duro.
Agenda 2030, el comodín que responde a cualquier pregunta
Cuando se busca el documento que daría cobertura al plan, aparece Agenda 2030. Se sostiene que detrás no están los gobiernos sino las grandes familias y los grandes fondos, y que los partidos son comparsas. El contraargumento descoloca: si el diseño fuera único y global, no gobernarían partidos distintos en Ucrania, Arabia Saudí, Estados Unidos o Israel.
En los márgenes de esta corriente asoma el recurso más viejo del manual: señalar a un colectivo entero como culpable. No aporta un solo dato, y es justo la parte que conviene separar del resto del diagnóstico.
El solidus de Constantino y el salario de 1.800 euros
Hay una digresión histórica que se repite: los patricios y altos funcionarios impusieron un nuevo modelo social y económico tras el golpe de Constantino, y el solidus se convirtió en reserva de valor estable mientras la inflación se la comía el populacho. La analogía es sugerente —quien acuña el valor estable manda más que quien firma decretos—, aunque se sostiene mejor como metáfora que como prueba.
Y luego está el otro extremo, el prosaico: las medidas anunciadas de cara a 2027, con salario mínimo de 1.800 euros y jornada de 30 horas. Para unos son la prueba del giro; para otros, política electoral de manual. Ese detalle es el que peor encaja en la teoría del plan perfecto. Un plan que se anuncia en un programa electoral no es un plan: es una propuesta.
Si nada está coordinado, ¿por qué la sensación de patrón resulta tan difícil de sacudir? Quizá la respuesta no esté en los documentos, sino en cómo se cuenta lo que pasa.