Torrente presidente: la parodia que irrita a todos los bandos
Doce años después de la última entrega, Santiago Segura recupera a su personaje más casposo y fascistoide en una película que, según las reacciones, logra lo impensable: enfadar a la derecha, a la izquierda y a los apolíticos por igual. Con cameos que van de Kevin Spacey a Mariano Rajoy, la cinta se vende como una sátira de la extrema derecha, pero el debate indica que la diana es más difusa.
La caricatura que se volvió realidad (¿o al revés?)
Para unos, el personaje de Torrente es un hombre de paja creado para burlarse de quienes critican al PSOE, cuando la corrupción real (Ábalos, Koldo, Óscar Puente) supera la ficción. Señalan que la pocilga socialista está llena de Torrentes, y que si la película quisiera ser honesta, mostraría al facha mudando de chaqueta para forrarse con el partido de Sánchez. Otros, en cambio, defienden que la sátira es transversal y que el único objetivo es el ridículo de todos los extremos. La ausencia de parodia explícita a Sánchez o Iglesias se interpreta como censura o cobardía.
Kevin Spacey: ¿un cameo que rompe la coherencia?
La inclusión del actor estadounidense, envuelto en escándalos sexuales y vinculado al entorno de Epstein, genera incomodidad incluso entre los partidarios del filme. Unos lo ven como un gesto de rebeldía contra el puritanismo inquisitorial; otros, como una prueba de que el sistema que critica la película es el mismo que sigue dando cancha a sus depredadores. El debate se bifurca: ¿es Kevin Spacey una víctima de la inquisición woke o un degenerado al que no deberían blanquear?
Un cine hecho para no pensar?
Más allá de las trincheras políticas, hay quien denuncia que Torrente representa la mediocridad del cine español: personajes planos, humor grueso y una narrativa que no exige esfuerzo al espectador. Se critica que Santiago Segura, chaquetero como su criatura, ha sabido surfear la ola de los tiempos sin comprometerse con nada, excepto con la taquilla. La película se convierte así en un espejo de un país que no pide más que entretenimiento fácil.
Y al final, nadie se ríe de verdad
Quizás lo más revelador del debate es que casi nadie admite haber disfrutado la película. Unos dicen que no la han visto pero saben que es basura; otros la califican de divertida pero se niegan a pagar por ella. La única risa auténtica parece ser la de trolear a los demás con la polémica. La pregunta que queda en el aire: ¿es Torrente presidente una obra maestra de la sátira o un refrito oportunista que ya no sorprende a nadie?
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