Trump dice que EE.UU. no tiene talento suficiente y defiende la visa H-1B
Donald Trump ha dicho, según un vídeo difundido por
Disclose.tv, que Estados Unidos necesita importar trabajadores cualificados porque no tiene suficiente talento propio. En el intercambio recogido, una interlocutora identificada como Laura le replica que «tenemos mucha gente con talento aquí» y recibe por respuesta un «no, no la tenéis» repetido hasta tres veces. El episodio ha caído como un jarro de agua fría entre quienes votaron promesas de mano dura migratoria.
La paradoja no es nueva, pero duele más cuando la pronuncia el propio candidato. El programa H-1B, la visa que permite contratar profesionales extranjeros, se ha convertido en el símbolo de un modelo que
importa talento en lugar de fabricarlo. Y el debate que ha estallado después no va solo de Trump: va de si el país que presume de universidades punteras es incapaz de formar a sus propios ingenieros.
Qué es la visa H-1B y por qué Trump la defiende
La visa H-1B es el permiso que permite a las empresas estadounidenses contratar temporalmente a profesionales extranjeros en puestos que requieren cualificación específica. Trump ha argumentado que ese flujo es necesario porque
no hay suficientes estadounidenses con determinados perfiles. La defensa choca con su propio discurso de campaña, donde prometió endurecer la entrada de trabajadores foráneos.
La contradicción ha sido leída por muchos como una traición en toda regla. Hay quien sostiene que el magnate siempre fue un empresario antes que un ideólogo y que, llegado el momento de cubrir puestos técnicos, prioriza el interés de las compañías sobre el de sus votantes. En contra pesa el argumento de que el programa H-1B lleva décadas funcionando y que su existencia no depende de un solo político.
El intercambio concreto que ha circulado muestra a Trump insistiendo en que
«no tenéis ciertos talentos» y que hay que traerlos de fuera. La interlocutora, identificada como Laura, le responde que el país tiene gente capacitada de sobra. La escena resume el choque entre dos relatos: el que ve la inmigración cualificada como una amenaza y el que la ve como un parche imprescindible.
El sistema educativo que no produce ingenieros
El argumento que más ha circulado estos días es que Estados Unidos
endeuda a sus ciudadanos con más de 100.000 dólares en formación universitaria para después decirles que no tienen talento. La cifra, repetida en varios análisis, apunta a un problema estructural: el coste de la educación superior convierte la vocación técnica en un lujo para muchos.
Hay quien añade que el nivel de la enseñanza media estadounidense, salvo en los circuitos de élite, es notablemente bajo. Se cita el testimonio de una española que cursó allí lo equivalente a la secundaria y se reía del nivel exigido. Si el sistema no produce suficientes perfiles científicos, la importación de talento deja de ser una elección y pasa a ser una necesidad.
La pregunta que sobrevuela es incómoda: ¿por qué un país con trescientas millones de personas y decenas de universidades punteras no puede cubrir sus propios puestos técnicos? Las respuestas apuntan a la combinación de coste, nivel educativo y desinterés por las carreras científicas. El resultado es un mercado que
compra fuera lo que no fabrica dentro.
El caso japonés y la trampa del reemplazo inevitable
Frente al argumento de que sin inmigración no hay forma de sostener la economía, se ha esgrimido el ejemplo de Japón. El país nipón lleva décadas con población envejecida y sin recurrir masivamente a trabajadores extranjeros, y no vive en la pobreza absoluta. Quien usa este caso sostiene que la escasez de mano de obra es
una excusa para no subir salarios.
La contra réplica es que Japón ha empezado a abrir tímidamente la puerta y que su sociedad ha reaccionado con rechazo. El debate deriva entonces hacia una pregunta más de fondo: si un país en decadencia demográfica puede permitirse prescindir de inmigrantes o si, por el contrario,
el reemplazo es inevitable mientras la natalidad no se recupere.
Hay quien lleva el argumento al extremo y sostiene que ninguna sociedad envejecida quiere cargar con su propio declive y que la sustitución de población es la salida natural. Otros replican que eso es rendirse sin pelear y que el problema no es la falta de gente, sino la falta de incentivos para tener hijos.
España como espejo: Vox y el mismo dilema
El traslado del caso al contexto español es inmediato. La pregunta que se lanza es si Vox, llegado al poder, haría lo mismo que Trump:
prometer control migratorio y acabar importando mano de obra porque las patronales la necesitan. La respuesta que dan algunos es que sí, que a escala española repetiría el patrón.
El argumento de fondo es que España tiene una tasa de natalidad de 1 desde hace cuatro décadas y un sistema de pensiones que depende de cotizantes presentes. Mantener la galera a flote un día más exigiría abrir las fronteras, sostienen, y ningún partido que gobierne se atreverá a cerrarlas del todo.
La otra cara es la de quienes creen que el problema no es la falta de trabajadores, sino la
precarización que hace inviable vivir de un sueldo. Si un jornal de 1.200 euros se va casi entero en alquiler, ningún nativo querrá cubrir esos puestos. La solución no sería importar más gente, sino pagar lo que vale el trabajo.
El negocio de la inmigración y quién gana con ella
Una de las líneas más repetidas es que Estados Unidos no es una nación, sino un negocio, y que el negocio pertenece a quienes tienen la impresora de dinero. Bajo esa lectura, la inmigración cualificada no es una concesión a los trabajadores, sino
una forma de abaratar costes para las empresas que financian a los políticos.
La consecuencia lógica de ese planteamiento es que ningún partido defenderá de verdad a sus votantes si eso choca con los intereses de sus donantes. Trump sería el ejemplo más reciente: promete mano dura, pero cuando llega el momento de cubrir puestos técnicos, defiende la visa H-1B porque las compañías la necesitan.
Queda la duda de si el electorado castigará esa contradicción o si, como sugieren algunos,
ya no queda capacidad de sorpresa. La política migratoria se ha convertido en un terreno donde las promesas se miden por lo que se hace, no por lo que se dice. Y lo que se hace, en la mayoría de los casos, es seguir importando.
Con estos mimbres, lo previsible es que el programa H-1B siga vivo, que las empresas sigan contratando fuera y que el discurso de mano dura se quede en la retórica. La incógnita es cuánto tiempo más aguantará el electorado viendo cómo le venden lo contrario de lo que vota.