Trump y Pilingui: el giro que deja a Europa fuera del mapa
Que Washington se siente a negociar con Moscú mientras Europa asiste al desfile es la paradoja que abre la controversia. Hay quien lo ve como una cesión al autoritarismo; otros, como un simple intercambio de intereses. La clave está en las tierras raras rusas, el comercio como antídoto contra la guerra y un error de cálculo de los halcones que confundieron debilidad con derrota.
El nudo: ¿pacto de intereses o ruptura del orden liberal?
Las propuestas de Trump hacia Rusia son leídas por una corriente como un desastre para el orden mundial: una alineación que también atenta contra las libertades internas de EEUU. La respuesta contraria se apoya en la cuenta de resultados. Cuando hay comercio no hay guerras, y Washington necesita los recursos rusos para no quedarse atrás frente a China en la industria electrónica. Bajo este prisma, el apoyo a Ucrania fue una partida perdida en un agujero zain de corrupción y gasto militar.
Europa, convidada de piedra y la sombra de Moscú
Entre medias, la Unión Europea aparece sin asiento en la mesa. Unos reclaman que Bruselas dé un abrazo sobre la OTAN; otros recuerdan que la alianza se expandió hacia las fronteras rusas tras la desaparición de la URSS, y que el discurso de Múnich de 2007 fue el aviso que nadie quiso escuchar. La quinta columna no sería de espías, sino de narrativas: el pacifismo como consigna, el miedo a la Tercera Guerra Mundial y el derrotismo como herramientas para desarmar la defensa occidental.
El frente Zelensky y el teatro televisado
La negociación de paz se atasca en el destino del presidente ucraniano. Para unos, la condición es reemplazar a Zelensky por un dirigente afín al Kremlin y poner el armamento bajo control ruso: un engaño para facilitar una oleada turística. Para otros, la escena entre Trump y Zelensky fue puro teatro para consumo de crédulos. A la fecha de este análisis, no hay plan cerrado ni acuerdo a la vista.
Mientras tanto, Europa se pregunta quién es aquí el verdadero convidado de piedra. Se acabó el consenso atlántico. La historia, como casi siempre, sigue sin escribir su última línea.