La lista de requisitos de pareja se parece a una oferta de empleo
Encontrar pareja se ha convertido para una parte de los hombres en un proceso de selección con más filtros que una oferta de trabajo. La comparación no es retórica: los requisitos que se atribuyen a las mujeres —iniciativa sin imposición, carácter sin autoritarismo, cariño, palabra cumplida, ambición propia sin competir con la pareja, sentido del humor— se enumeran como un pliego de condiciones que ronda los ocho o diez puntos. Y sobre esa lista se cierne una pregunta incómoda: cuántos hombres la cumplen y a qué precio.
El paralelismo con una oferta de trabajo
La sospecha de fondo es económica: las exigencias de pareja y los requisitos de un puesto se comportan igual. «La similitudes entre las exigencias de pareja y la lista de requisitos en puestos de trabajo no es casualidad. Ellas influyen en ambas», resume una de las tesis más repetidas. El resumen más cínico añade el salario: todo ese perfil completo de competencias transversales —iniciativa, compromiso, estabilidad, proyección— se pide «por el SMI o menos».
El chiste recurrente: parece un anuncio de infoJobs. El candidato lee el pliego, cuenta las competencias y se pregunta si el puesto compensa. De ahí el cálculo humorístico pero significativo que rebaja el aprobado a unos diez requisitos de veinte, o nueve si se negocia la parte blanda.
La cartera como requisito central
De todo el listado, el análisis más pragmático lo reduce a un solo factor. Cuanto mayor es la capacidad de proveer, menos importan los atributos secundarios —altura, ejercicio, simpatía—. La tesis que se repite es que el resto es relleno y que el núcleo es el dinero en el bolsillo.
Como excepción que confirma la regla se cita a José Elías, cuya pareja se enamoró de él con 19 años teniendo el empresario 47. El caso se usa para sostener que, con suficiente cartera, la lista deja de aplicarse. Quien no la tiene se queda mirando el pliego de condiciones.
El cansancio del rol de macho proveedor
Otra corriente sostiene que el problema no es demandar, sino el coste de cumplir. Ir por la vida de proveedor sin fisuras obliga a una demostración de fuerza permanente que, a juicio de varios análisis, acaba pasando factura a la salud. Cada interacción se convierte en un examen y eso, se argumenta, desgasta.
Frente a ello, la receta opuesta: muchos sostienen que la única salida es ganar más, entrenar más y no entrar al juego de la lista. Otros, más templados, recuerdan que si fuera tan difícil como el pliego sugiere, casi nadie estaría en pareja. Y no es así.
Menos hijos con estos requisitos
El efecto medible de todo esto, apuntan algunas voces, se ve en la demografía: «Normal que cada vez se tengan menos hijos, la lista esa no la cumplimos casi ninguno». La idea es que un estándar de exigencia alto y poco realista desincentiva la formación de parejas estables y, por tanto, la natalidad.
Junto a esta lectura conviven versiones más agrias, con relatos de rupturas y reproches cruzados. Y una conclusión que no termina de cerrarse: si el listado es real, las cuentas no salen; si es exagerado, seguimos discutiendo un problema que no existe. El análisis se atasca exactamente ahí.