El eclipse, esa fecha que el cuerpo no confirma
Cada cierto tiempo, un evento astronómico programado despierta una inquietud que no figura en los manuales de divulgación: la certeza de que podríamos no llegar a verlo. El eclipse no es el problema; el problema es que la agenda vital se cruza con la fecha de caducidad que nadie conoce.
La reflexión, lanzada con desasosiego, ha encontrado eco en un coro de respuestas que oscilan entre el fatalismo y la indiferencia. Hay quien prefiere no pensar en la posibilidad de una muerte inesperada, y hay quien responde que se quedará pintando miniaturas de Warhammer mientras el resto del mundo mira al cielo. La gama de reacciones va de la inquietud genuina al encogimiento de hombros.
El desasosiego del que habla todo el mundo y nadie nombra
No es un fenómeno clínico, pero tiene lógica: todo plan a largo plazo incluye una variable que no se puede cubrir con un seguro. El eclipse solar es solo el recordatorio anual de que la muerte no avisa, y que el próximo capítulo de la serie favorita, la comida de pollo con patatas o el propio fin del mundo pueden quedarse sin espectador.
La estrategia del avestruz y la del enano de plástico
Mientras unos se abruman, otros responden con un cinismo práctico: si la muerte llega, al menos no habrá hecho cola para ver una sombra en el cielo. La indiferencia es un escudo, y el humor negro, un ungüento. Hay quien incluso se queja de la tozudez del cuerpo humano a morirse en el peor momento. Pero esa es otra batalla.
La conclusión, por ahora, es que el eclipse se acerca y nadie tiene una respuesta satisfactoria. La única certeza es que, si llegas, lo verás. Y si no, no habrá foto desde el espacio que lo cuente.