Domingueros contra domingueros: el turista de playa que desprecia al turista de playa
Cada temporada alta se reproduce la misma escena: familias que llegan a Benidorm, Gandía o Mojácar y dedican la jornada a descalificar al resto de visitantes. El insulto favorito es “dominguero”, lanzado con desprecio contra quien está haciendo exactamente lo mismo que el que insulta. No es un fenómeno nuevo, pero ha subido de tono hasta convertirse en un ajuste de cuentas identitario.
La batalla identitaria
La contradicción se explica por el deseo de diferenciarse de la masa. Quien acude a la playa un fin de semana quiere sentirse único; al encontrarse con miles de iguales, la frustración busca un chivo expiatorio. Y lo encuentra en el otro: el que viene del interior, o el que viene de la ciudad, según el caso. Lo demás son trazas de clasismo geográfico, con la meseta y la costa como trincheras.
Una de las intervenciones más llamativas deriva hacia el ferrocarril: el ancho de vía ibérico, esos seis pies castellanos que separan España del resto de Europa, fue decisión de un ingeniero valenciano, Juan Subercase y Krets. La anécdota sirve para ilustrar que las identidades regionales son más complejas que el tópico del “paleto de interior” o del “garrulo de playa”. El intercambio completo incluye acusaciones cruzadas que aquí no reproducimos, pero que muestran hasta dónde llega la bilis del turista español.
Dónde va el turista nacional
A dónde va ahora el turista nacional es otro frente abierto. Los mismos que desprecian Benidorm ya no es que vayan a Roma, Praga o Tailandia, como apunta una de las voces: buscan el mismo sol, pero con un punto de exotismo. La paradoja es que el “huir de la masificación” se ha convertido en la forma más rápida de encontrarla, solo que con un billete de avión de por medio.
Al final, el dominguero no es un tipo concreto, sino todos nosotros cuando nos cruzamos con otro que ha tenido la misma idea. La diferencia es la distancia que cada uno está dispuesto a poner entre su sombrilla y la ajena. Y en esa guerra, nadie gana, salvo quien vende el paraíso en folletos.