Matar a cuchillo un jabalí de 155 kilos: el relato que chirría
Un jabalí de
155 kilos murió a cuchillo el 29 de octubre en las inmediaciones de los Montes Obarenes, en La Rioja. En esa especie lo habitual son entre 60 y 90 kilos, así que el animal doblaba el patrón por un margen que no es corriente. La Sociedad de Cazadores San Quilez lo presentó como una gesta de su rehalero: Guillermo García salió a defender a los perros, a los que el bicho estaba haciendo trizas, y lo despachó en un cuerpo a cuerpo. Uno de los canes murió después por las heridas. Ese es el relato. Lo interesante empieza con lo que el relato deja fuera.
¿Se puede matar a un jabalí de 155 kilos a cuchillo?
Sí, pero casi nunca en las condiciones que sugiere el titular. Rematar a cuchillo al jabalí que ya tienen sujeto los perros es una práctica vieja y común en las monterías: el rehalero entra al remate cuando no se puede disparar con seguridad porque la jauría está encima del animal. Hubo un tiempo en que se le daba con el venablo desde cierta distancia —para no tenerlo a un palmo— y el cuchillo se reservaba para el final. Nada de esto es nuevo, y por eso mismo el épico
cuerpo a cuerpo necesita explicación.
Desde ahí las versiones se separan. Hay quien sostiene que el animal llegó al combate ya tocado, agotado y medio inmovilizado por media docena de perros, y que lo que hubo fue un golpe de gracia. En contra pesa un argumento que nadie discute: la embestida de un jabalí de ese porte, solo con el cráneo y el morro, basta para partir a un hombre por la mitad. Quien entra ahí se la juega de verdad, y los cementerios están llenos de valientes. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.
El peso del cazador y la aritmética del artículo
La crónica describía al rehalero como un joven
«con un peso tres veces menor que el del animal». La cuenta es sencilla: 155 dividido entre 3 son 51,6 kilos. O el cazador es un adolescente, o el redactor no midió la frase. También hay quien recuerda que «tres veces menos» no significa nada en castellano: si alguien pesa tres veces menos que otro, el resultado es negativo. La tercera parte, un tercio. Detalles, sí, pero son los mismos que separan una noticia de un folletín.
El relato cinegético tiene fama de inflarse con las horas, igual que el de los pescadores que a la cuarta cerveza ya no les dan de sí los brazos. Una parte del comentario, sin ninguna prueba, da por falsa la escena y sostiene que el animal llevaba tiros antes de llegar el cuchillo. Es una sospecha, no un hecho, y conviene decirlo: nadie ha aportado un parte veterinario ni una autopsia.
La excusa del control de poblaciones
La batida se organizó, según el presidente de la sociedad,
«motivados por la cantidad de daños que han provocado los jabalíes últimamente en la agricultura de la zona». La frase encendió la mecha. Hay quien responde que cazar es un hobby legítimo y que no hace falta disfrazarlo de servicio público: se caza porque gusta, no por devoción. Y quien añade que para controlar una población sobran métodos más eficaces que una mañana de escopetas, perros y almuerzo posterior.
Al otro lado está la experiencia de quien vive en el monte. En algunas zonas los jabalíes se acercan a
cinco metros de las casas, cruzan patios y sostienen la mirada a quien les grita. A una vecina, según ese testimonio, una jabalí con crías le gruñó a través de la valla. Gente que nunca ha cazado empieza a plantearse pedir plaza en una batida. Cuando el animal entra en el jardín, el debate se vuelve menos teórico.
Jabalíes y carreteras: los atropellos como argumento
El otro gran bloque son las vías. Un conductor relata un accidente de moto con un animal de gran tamaño que le salió en recta: se puso de pie en los estribos, no frenó y pasó por encima. El bicho quedó en la calzada echando sangre por la boca y, al acercarse, se levantó y salió disparado. Otro caso, en Francia, con un vehículo destrozado y un ejemplar que la Gendarmería situó
entre 250 y 300 kilos.
La estadística personal también cuenta, y va en las dos direcciones. Un caso reúne tres accidentes por atropello de jabalí y uno de corzo sin un solo herido: coche destrozado, grúa y susto. El riesgo es real; la letalidad depende del vehículo, la velocidad y la suerte. La carretera es, probablemente, el argumento más sólido que tiene hoy el sector cinegético, bastante más que el equilibrio del ecosistema.
¿Quedan depredadores naturales del jabalí en la Península?
El lobo es el principal, y el lobo es la otra guerra. Desde el ámbito cinegético se insiste en que está reduciendo las poblaciones de jabalí y corzo; desde el ecologismo se responde que nunca ha habido tantos corzos, tantos jabalíes y, por tanto, tantos lobos como ahora, y que la queja es interesada. Zanjarlo exige datos de campo que nadie pone encima de la mesa. Los grandes depredadores que sí controlarían al jabalí con eficacia —pumas, leopardos, jaguares— no abundan en los montes españoles. El pecarí, primo americano, tiene fama de mal genio y ataca en grupo, pero es otra familia y otro continente.
Con 155 kilos en la báscula, un cuchillo de monte y una jauría de por medio, la pregunta ya no es si el rehalero tuvo valor. Es cuánto de lo que se cuenta sobreviviría a un pesaje de matadero y a una autopsia.