Carnitas a las 8 de la mañana y un trayecto en metro que acabó en pelea
Un comisionado español destinado en Ciudad de México desayuna carnitas a las ocho de la mañana, arrastra a su becaria recién egresada por el metro en hora punta y acaba presenciando cómo dos estudiantes de preparatoria se enzarzan por él en un vagón. El relato, fechado en 2009, describe un choque de mundos: el del ejecutivo expatriado que se mueve como pez en el agua por la Ciudad de México y el de la joven que pregunta si no sería mejor ir a un Vips.
El autor del texto, que se presenta como comisionado por una entidad española, narra con detalle su rutina: carnitas de maciza con lengua y de oreja con trompa, un Sidral de manzana, metro en Insurgentes dirección San Lázaro, trasbordo hacia Ciudad Azteca y visita a un empresario español con varias zapaterías que firma los papeles «porque me da hueva ir al centro». La jornada incluye después un viaje en microbús desde Plaza Aragón hasta Nesa, una carrera entre conductores por hacerse con el pasaje y una parada en el puesto de un frutero donde pide jícama con chile piquín.
El desayuno que escandaliza a una recién egresada
La escena inicial marca el tono de todo el relato. El narrador pregunta a su acompañante si ha desayunado, ella asiente con la cabeza, él responde que él no y la invita a bajar. Un policía de la entrada les indica dónde hay carnitas «bien perronas» y el narrador pide dos órdenes: una de maciza con lengua y otra de oreja con trompa. La becaria rechaza el taquito con una mueca de desagrado y pregunta si no preferiría un Vips.
La respuesta del narrador —«no, no prefiero un Vips»— condensa el conflicto cultural que atraviesa todo el texto. La joven, egresada de una escuela de negocios, representa el México que aspira a las franquicias internacionales y a los espacios climatizados. El narrador encarna al expatriado que ha adoptado las costumbres locales con más entusiasmo que muchos locales. Entre ambos media una distancia que no es solo gastronómica.
Metro en hora punta: instrucciones que la becaria ignoró
El trayecto en metro ocupa buena parte del relato. El narrador propone a la becaria que suba a los vagones reservados para mujeres y que lo espere en el andén de San Lázaro. Ella se niega y prefiere ir con él, a pesar de la advertencia de que los vagones irían «petadísimos». El narrador le indica entonces que se agarre a su cinturón y no lo suelte «bajo ningún concepto».
La descripción del embarque es minuciosa: el narrador embiste como un jabalí, aparta a otros pasajeros hasta llegar a las puertas contrarias, se pone de espaldas contra ellas, coloca el maletín cubriendo su abdomen y se agarra con la mano izquierda a los respiraderos de la ventilación mientras tira de la becaria hacia él. «A la cual no le disloqué el hombro de milagro», añade. El episodio ilustra una realidad cotidiana del transporte público en la capital mexicana que el relato presenta sin dramatismo.
De Insurgentes a Ecatepec: un cliente que firma por no ir al centro
El objetivo del viaje era visitar a un prospecto en Ecatepec, un empresario español con varias zapaterías. El narrador consigue que firme los papeles esa misma mañana con un argumento que resume la lógica del cliente: «me da hueva ir al centro». La anécdota sirve para ilustrar una práctica comercial extendida: el desplazamiento del comercial hasta el domicilio del cliente como ventaja competitiva frente a la gestión presencial en oficinas céntricas.
El narrador celebra el cierre con un plan que considera un manjar: tomar el microbús que va de Plaza Aragón hasta Nesa, un trayecto que describe como «sumamente fascinante». La becaria protesta —«¿ora vamos a ir en pesero?»— y el narrador ignora la objeción. Durante el viaje disfrutan de una carrera entre conductores por llegar antes y hacerse con el pasaje, aunque el narrador matiza que fue «bastante monótona» porque no llegaron a darse topetazos ni ninguno se bajó con un fierro.
El puesto de frutas y la jícama que no había
La parada en el puesto del frutero junto a la salida del metro introduce otro episodio de contraste cultural. El narrador pide una jícama con harto chile piquín y el vendedor le responde con cortesía que no le queda: «se la debo». El narrador pide entonces pepino y ofrece a la becaria, que responde con una reacción que el texto describe con detalle: abre la boca, se la tapa con las manos, se le encienden los cachetes y baja la cabeza.
El narrador insiste con mango, papaya, sandía y melón. La becaria mantiene la cabeza gacha. El narrador interpreta la reacción como inapetencia y se come él solo el vaso de fruta mientras camina despacio hacia la boca del metro. La escena, aparentemente trivial, refuerza el retrato de una joven que no sabe cómo reaccionar ante un jefe que se comporta con una informalidad que no encaja en su idea de lo que debe ser una relación profesional.
El vagón, las chavitas de la prepa y la pelea que el narrador no detalla
El relato se interrumpe en el momento en que el narrador y la becaria suben a un vagón con afluencia mínima, ocupado solo por unas estudiantes de preparatoria, una pareja de ancianos cargados con bolsas y otros pasajeros. En los mensajes posteriores, el narrador completa la historia: según su versión, las estudiantes de preparatoria agredieron a la becaria, le quitaron el cinturón, le rompieron la falda y las bragas y la dejaron desnuda de cintura para abajo.
El narrador interpreta el episodio como una manifestación de territorialidad femenina: las jóvenes reaccionaron contra la presencia de otra mujer junto al hombre que las acompañaba, aunque no fuera su pareja. Esta lectura genera un intercambio de opiniones en el que se discute si la agresión fue un caso de rivalidad entre mujeres o un episodio de violencia gratuita. El narrador sostiene que las mujeres pueden alcanzar niveles de crueldad y sadismo a los que un hombre no llega «con la frialdad y premeditación» que ellas emplean.
El debate derivado: armas, permisos y una comparación con España
La conversación deriva hacia el terreno de las armas. El narrador explica que en México siempre lleva arma —primero una Beretta 92FS del 9 milímetros, después una Px4 Storm del .40— y que tiene permiso, tenencia y porte. Añade que las armas fueron compradas en la Sedena, están registradas y fuera de España. Critica las pistolas Glock y defiende las Beretta frente a quienes las consideran inferiores.
El relato incluye detalles sobre la regulación mexicana de armas: según el narrador, solo existe una armería legal en todo el país, la de la Sedena en Naucalpan, que vende exclusivamente de forma presencial y no comercializa armas largas semiautomáticas, solo de caza y de repetición. El narrador sostiene que estas restricciones son «pura jalada para taparle el ojo al macho» porque en el mercado informal se encuentran armas de todo tipo. La comparación con España, donde el narrador reside, sirve para subrayar las diferencias regulatorias entre ambos países.
Con estos mimbres, el relato construye un retrato de la vida de un expatriado español en la Ciudad de México que combina la crónica costumbrista con la observación sociológica. La pregunta que queda flotando es si la becaria llegó a entender alguna vez por qué su jefe prefería las carnitas de la esquina a un Vips climatizado.