Un estudio asocia el cannabis frecuente con menos coeficiente intelectual
Un equipo multidisciplinario liderado por la Universidad de Medicina y Ciencias de la Salud RCSI ha publicado en
Psychological Medicine —revista administrada por Cambridge University— un análisis que sigue a más de 800 jóvenes consumidores de cannabis y a más de 5.000 que no lo eran. La conclusión, resumida por sus autores: quienes consumen cannabis de forma frecuente o dependiente a los 18 años muestran una disminución del coeficiente intelectual durante el seguimiento, que en unos casos llega hasta los 38 años. El dato que más incomoda no es la caída en sí, sino que la medición se hizo al menos dos veces: una antes de empezar a consumir y otra después. Es decir, el estudio no compara listos con tontos, sino a cada sujeto consigo mismo.
Qué mide exactamente el estudio del RCSI
El diseño es lo relevante. Se evaluó el coeficiente intelectual en al menos dos momentos: antes de que los participantes empezaran a consumir y durante el seguimiento posterior. El doctor Emmet Power, investigador clínico en RCSI y primer autor, sitúa el problema en el desarrollo cerebral: el consumo durante la juventud preocupa porque el cerebro aún está formándose y puede ser susceptible de dañarse de manera irreversible en ese periodo. Los investigadores apuntan a una caída del coeficiente intelectual verbal como componente principal del descenso observado.
La horquilla de seguimiento es amplia: hasta los 18 años de media en unos casos y hasta los 38 en otros. Eso permite ver si el efecto se consolida o se diluye con los años. El estudio no habla de un porro suelto un sábado; habla de consumo frecuente o dependiente. La distinción importa, porque es la que separa el uso recreacional esporádico de un patrón que ya cumple criterios de dependencia.
El caso que cualquiera reconoce en su propia facultad
Más allá del dato agregado, la conversación derivó rápido hacia lo anecdótico, que es donde suele estar la sustancia. Un participante describe a un compañero de carrera que empezó a fumar como forma de aceptación social, en segundo curso ya estaba enganchado y en quinto era incapaz de recordar cosas básicas y de preparar exámenes, mientras él pasaba curso sin suspensos. El mismo autor del relato matiza: hablamos de un consumo muy alto, una adicción importante, y probablemente un consumo recreacional de fin de semana tenga un impacto mucho menor.
Otro caso recogido va en la dirección contraria y sirve de contrapeso: un estudiante que se sacó la carrera con sobresalientes y matrículas de honor fumando porros, con ocho horas diarias de estudio. Años después sufrió un brote psicótico. La conclusión que se extrae no es que el cannabis dé o quite inteligencia de forma mecánica, sino que el efecto no es homogéneo: hay quien rinde a corto plazo y paga la factura más tarde, y quien no la paga nunca. La variabilidad individual es el elefante en la habitación de este tipo de estudios.
De la memoria al ánimo: lo que se discute más allá del CI
El coeficiente intelectual es la métrica del estudio, pero no agota el problema. Una línea de análisis sostiene que el cannabis no solo condiciona inteligencia y memoria, sino que altera el estado de ánimo, favorece cuadros de ansiedad y depresión y, en personas predispuestas, puede precipitar brotes psicóticos o esquizofrenia. Se citan casos concretos de personas incapacitadas laboralmente a los treinta y tantos. Es la parte del debate donde conviene pisar con cuidado: la relación entre cannabis y psicosis es objeto de discusión clínica desde hace décadas, y el material disponible apunta a una asociación, no a una relación causal demostrada para todos los consumidores.
Frente a eso, la otra corriente del análisis no niega el riesgo, sino que lo relativiza por dosis y contexto. El argumento es que la mayoría de sustancias, incluida la comida, hacen daño cuando se abusa, y que las drogas legales —alcohol y tabaco— concentran más adicciones y más daño agregado que el cannabis. La discusión derivó hacia el tabaco industrial: hay quien sostiene que el producto que se fuma hoy lleva aditivos añadidos desde los años noventa que dispararon la dependencia, algo que no ocurre con el tabaco natural o con la planta sin procesar.
¿Por qué no se legaliza si el mercado negro es peor?
Aquí el asunto se vuelve económico. El razonamiento que más se repite es que la ilegalidad no elimina el consumo, solo lo traslada a un mercado sin control sanitario donde se añaden sustancias para abaratar o potenciar el producto. Regular implicaría poder fijar concentraciones, edad mínima y trazabilidad. En contra pesa un dato histórico que se cita en la conversación: en los años ochenta, con la heroína, desaparecieron quintas enteras de jóvenes, y ese recuerdo es el que bloquea cualquier debate serio sobre despenalización en España.
La marihuana tiene además una particularidad que explica por qué ningún gobierno la toca: cualquiera puede cultivarla en casa con medios mínimos, así que el Estado no recauda. El tabaco, en cambio, está inflado de impuestos y la gente sigue comprando el industrial, lleno de aditivos. El alcohol requiere un proceso más aparatoso y peligroso. Las drogas duras exigen conocimientos de química. Es decir, el incentivo fiscal para regular existe en unos casos y no en otros, y eso pesa más en la decisión política que cualquier estudio sobre el coeficiente intelectual.
Lo que el dato no resuelve
El estudio del RCSI aporta lo que faltaba: medición previa al consumo y seguimiento largo. Eso descarta buena parte del problema de causalidad inversa —que quien ya tenía menos capacidad cognitiva fuera precisamente el que acabara consumiendo—, aunque no lo elimina del todo. Queda por saber qué pasa con el consumo esporádico, si el efecto se revierte al abandonar y por qué unos cerebros aguantan y otros no. Con estos mimbres, la pregunta no es si el cannabis frecuente pasa factura, sino cuánta y a quién. Y esa nadie la responde con un titular.