Un pollo de 3 estrellas Michelin que parece de goma
¿Cuánto vale un pollo? En el kebab de la esquina, ocho euros. En un restaurante de tres estrellas Michelin en París, la cifra se dispara hasta los 200 euros, según el cálculo que circula entre quienes han visto la imagen del plato. La fotografía muestra un ave de aspecto pálido, envuelta en lo que varios describen como una bolsa translúcida, servida en el comedor del Epicure. El contraste entre el precio y la apariencia ha desatado una discusión que va mucho más allá de la cocina: toca el valor real de la alta gastronomía, el papel de la técnica y hasta quién puede permitirse juzgarla.
Qué es el pollo del Epicure y por qué se sirve así
El plato que ha provocado el revuelo es un pollo cocinado a baja temperatura y presentado dentro de una membrana que, según quienes han visto el vídeo, se retira en la mesa. Un comentario lo describe como «una tripa natural donde meten al pollo para que se cocine en su propio jugo». Otro apunta que el maitre corta la bolsa ante el comensal, un gesto que algunos consideran innecesario y otros, puro teatro.
La técnica no es nueva. La cocina de vanguardia lleva décadas trabajando con cocciones al vacío y presentaciones que buscan sorprender. Lo que ha cambiado es el precio y la reacción del público. «10 euros de materia prima, 200 euros de mano de obra y alquiler de la mesa», resume un cálculo que circula en la conversación. La cifra no está verificada, pero ha servido para articular el malestar.
El restaurante Epicure, situado en el hotel Le Bristol de París, mantiene tres estrellas Michelin. Eso significa que un comensal puede pagar varios cientos de euros por un menú degustación. La pregunta que sobrevuela es si el pollo, con su aspecto pálido y su envoltorio, justifica esa factura.
El precio de la alta cocina: ¿técnica o postureo?
La defensa de estos restaurantes se apoya en un argumento que aparece en la conversación: «Los restaurantes 3 estrellas es donde se investiga con la comida. Se buscan novedades y llevarlo todo un paso más allá». Quien sostiene esta postura recuerda que la bechamel, hoy cotidiana, fue una innovación revolucionaria en el siglo XVII. «Alomejor en 20 años en el supermercado te venden esferificaciones para cocinar», añade.
En contra pesa la sensación de que el envoltorio —literal— importa más que el contenido. «Tanta PAMPLINA y tanto PAYASEO, pa Que? Pa un puto pollo que el del asapollos de la eskina estará mejor», resume una intervención. La comparación con el kebab de ocho euros no es casual: apela a la relación calidad-precio y a la idea de que la alta cocina ha perdido el contacto con el sabor.
Hay quien va más allá y lo compara con la moda de lujo: «me recuerda a la ropa de Balenciaga, diseñado para tontos del culo». La analogía sugiere que el precio no mide el valor, sino la capacidad de excluir a quien no puede pagarlo.
El consumo de lujo como pecado y como marcador social
La discusión deriva hacia terrenos morales. «Hay un pecado capital que es la gula. Los ministrios que no sacian su lujirua con prostitutas se van a restaurantes de estrellas michelin», escribe un participante. La comparación con el consumo de servicios sexuales de lujo aparece varias veces: «El consumidor gourmet es como el cliente de scorts».
Otro mensaje matiza: «Nadie está diciendo que las scorts de 300 euros sean malas. Pero las lumis de 50 también son buenas chicas». La analogía, más allá de su crudeza, apunta a una idea económica: el precio de un servicio no siempre refleja su calidad intrínseca, sino el estatus que confiere a quien lo paga.
La cuestión fiscal también asoma. «Ser millonario y evadir impuestos que destruyen tu país para luego gastarlo así. Faltan balas», dice un mensaje. La respuesta no se hace esperar: «entre peajes para llegar ahí + IVA del restaurante, seguro que antes de probar el pato aplastado ha pagado mínimo 120€ en impuestos». El intercambio ilustra hasta qué punto el plato se ha convertido en un símbolo de algo más grande.
La defensa de la cocina francesa y el orgullo gastronómico
No todo son críticas. «Francia sigue siendo la mejor gastronomía del mundo», sentencia un mensaje al final de la conversación. Otro recuerda que «los gabachos también saben comer como Dios manda». La defensa de la tradición culinaria francesa se mezcla con la admiración por la técnica: «La técnica impecable, eso si».
La conversación también toca el relevo generacional en la alta cocina. Se menciona a Arzak y a Ferran Adrià como referentes de una manera de innovar que, en su momento, también fue incomprendida. «El pastel de Cabracho es de Arzak, y en los supermercados ya se venden esferificaciones para comer», apunta un mensaje. La idea subyacente: lo que hoy parece una excentricidad cara, mañana puede ser un producto de consumo masivo.
El aspecto del plato: ¿manjar o goma?
La presentación es el punto que más comentarios genera. «¿Por qué lo han metido dentro de un condón?», pregunta un mensaje. «Es de goma?», inquiere otro. La textura visual del pollo, pálido y brillante, no ayuda a venderlo.
«Ojo que los gabachos también saben comer como Dios manda», matiza alguien, pero la impresión general es de rechazo estético. «El resultado parece menos apetitoso que un pollo de 8€ del kebab», insiste el cálculo. Incluso quienes defienden la experimentación admiten que el aspecto es «curioso, no parece un pollo».
La discusión sobre el aspecto conecta con una pregunta más amplia: ¿debe la alta cocina ser visualmente atractiva o basta con que sea técnicamente impecable? La respuesta no es unánime. «Digo yo que le habran puesto algo rico, porque si no vaya estafa», resume un mensaje. La desconfianza hacia lo que no se entiende es, quizá, el hilo conductor de toda la conversación.
Al final, la pregunta no es si el pollo está bueno o malo. Es si alguien pagaría 200 euros por él sabiendo lo que hay dentro. La respuesta, como casi siempre, depende de quién mire la cuenta.