Un toro mata al torero Ricardo Ortiz en los corrales de La Malagueta
¿Puede un toro matar a un hombre en el lugar donde se supone que ya no hay peligro? Ricardo Ortiz, matador de toros retirado y empleado de la plaza de La Malagueta, murió el viernes por la tarde en los corrales del coso malagueño, a las 19:40, cuando un astado destinado a la Corrida Picassiana del Sábado Santo se le arrancó durante las labores de desembarque del encierro de las ganaderías El Pilar y Puerto de San Lorenzo. El animal, que al parecer estaba siendo curado de una lesión, le infirió una cornada que resultó mortal. La Policía Nacional investiga el suceso como accidente laboral, según confirmó la empresa Lances de Futuro, adjudicataria del coso.
Ortiz tenía 51 años y había nacido en Málaga en una familia taurina: su padre, Manolo Ortiz, fue matador y banderillero. Siguiendo sus pasos, llegó a vestirse de luces a finales de los 80 y ganó como novillero el prestigioso Zapato de Oro de la feria de Arnedo. El 28 de noviembre de 1994 tomó la alternativa en Quito (Ecuador) de manos de Joselito, y la confirmó seis años más tarde en Las Ventas. Su carrera no alcanzó grandes cotas y, retirado a primeros de este siglo, pasó a formar parte del personal de la plaza donde ha muerto.
Un accidente laboral en el corazón de la Fiesta
La noticia cayó como un jarro de agua fría en el sector. No por la excepcionalidad del hecho —los corrales son un espacio de riesgo— sino por la identidad de la víctima: un hombre que había esquivado la muerte en el ruedo durante años y que la encontró en la trastienda del espectáculo. La empresa Lances de Futuro lamentó profundamente el fallecimiento y trasladó su pésame a la familia, amigos y compañeros, describiendo a Ortiz como «una persona muy querida y respetada en el ámbito taurino».
El suceso reabre un debate que va más allá del ruedo. En el plano estrictamente económico, la tauromaquia es un sector que genera empleo directo e indirecto —ganaderías, cuadrillas, personal de plaza, hostelería— y que en comunidades como Andalucía tiene un peso relevante en la economía local. La muerte de Ortiz es, en términos laborales, un accidente de trabajo más, con la particularidad de que ocurre en un entorno donde el riesgo está integrado en la rutina.
Gajes del oficio, resumía uno de los mensajes, con una mezcla de resignación y crudeza.
Del respeto al escarnio: la conversación se parte en dos
La reacción en el foro reprodujo el patrón habitual cuando la tauromaquia salta a la actualidad. Por un lado, mensajes de condolencia y reconocimiento a la figura del torero: «Descanse en paz un buen hombre que dio su vida para mantener una hermosa y noble tradición», escribía un participante. Otro añadía: «Todos los toreros me parecen unos valientes. No todo el mundo se pone delante de un bicho como el toro de lidia». La defensa del toro de lidia como patrimonio —«sin toreo se extinguiría», se argumentaba, citando su declaración como patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO— se mezcló con el pésame.
En el extremo opuesto, la muerte fue celebrada sin ambages. «Un gilipollas menos que hacía sufrir a un animal», escribió un participante. «Gran noticia. Y encima palmó como merecía, en el corral», añadió otro. La crudeza de estos mensajes provocó una reacción airada incluso entre quienes se declaran antitaurinos: «Que conste que soy antitaurino, pero no me alegro de la muerte de nadie», terció un tercero, comparando la celebración con la de quienes jalean atentados. La discusión derivó hacia un tema más amplio: ¿qué ha cambiado en la sociedad para que la muerte de un hombre despierte este nivel de desprecio público?
El negocio del toro bravo: ¿se extingue sin la lidia?
El argumento económico más repetido en defensa de la Fiesta es el de la supervivencia de la raza. «El toro de lidia es un atleta que se cría exclusivamente para la tauromaquia; sin toreo se extinguiría», sostiene una corriente. Frente a ella, otra voz introduce matices zootécnicos: «No pasa nada porque se extinga, ya que es un producto conseguido a través de cruces entre autóctonos. El toro de lidia jamás existió en la naturaleza como tal en estado salvaje». La discusión sobre si el toro bravo es una raza con caracteres morfológicos definibles o un producto artificial del cruce selectivo quedó sobre la mesa, sin resolución.
El trasfondo es económico: la ganadería de lidia ocupa extensas dehesas que, sin la corrida, difícilmente serían rentables con otro uso. Quienes defienden el sector lo presentan como un motor de conservación del paisaje y de empleo rural. Quienes lo critican señalan que ese modelo se sostiene sobre subvenciones y sobre un espectáculo que consideran cruel. La muerte de Ortiz, en todo caso, no resuelve el dilema.
La Corrida Picassiana: homenaje, negocio y polémica
El festejo en el que iba a participar Ortiz era la Corrida Picassiana, un evento anual que se celebra en La Malagueta como homenaje a Pablo Picasso. Los toreros visten trajes inspirados en la estética del pintor malagueño y el coso se decora con motivos picassianos. La cita, prevista para el Sábado Santo, quedó marcada por la tragedia. En el foro, la curiosidad por el formato —«¿Cómo son las corridas picassianas? ¿Te pones un disfraz para que cuando vas de frente parezca que vas de medio perfil?»— se mezcló con la crítica al gasto público: «El pastizal que habrá cobrado el amigo artista del concejal de festejos para pintar semejante engendro», se leía en un mensaje.
Más allá del chascarrillo, el episodio deja una pregunta incómoda: ¿está suficientemente regulada la seguridad laboral en los corrales? La investigación policial, en manos de la Brigada de Homicidios, determinará si se cumplían los protocolos. Hasta entonces, solo hay un hecho incontestable: un hombre de 51 años que trabajaba en la trastienda de la Fiesta murió corneado por un toro que, paradójicamente, también estaba destinado a morir.