Acopio, bombonas y generador: una familia que se prepara para el apagón
El gran apagón, según los expertos del sector, era muy poco probable. Lo repitió Pedro Sánchez en octubre de 2021: España «tenía garantizado» el suministro de gas para el invierno. Ese mismo mes, un reportaje retrataba a Alexandra, una mujer de 35 años nacida en Bucarest y afincada en Viso del Marqués (Ciudad Real), que había decidido no creérselo. Acumulaba
seis semanas de víveres,
cuatro bombonas de butano y
1.200 litros de gasoil, y ahorraba para comprar un generador eléctrico. La noticia se convirtió en un pequeño campo de batalla.
El detonante era real. El reportaje veía la luz en plena escalada de los precios de la energía y los alimentos, con el gasoducto argelino cortado desde Marruecos, cortes eléctricos en China y preparativos en Austria para un posible apagón. La duda era inevitable: ¿podría ocurrir aquí? Cuando el suministro depende de tuberías que cruzan fronteras y de redes que otros administran, la respuesta tranquilizadora exige más fe de la que muchos están dispuestos a poner.
Dos kilos de kétchup y un generador por comprar
La letra pequeña del preparativo dibuja el miedo mejor que cualquier discurso. En el garaje familiar, junto a los ordenadores de segunda mano con los que trabaja su marido, se amontonan decenas de kilos de pasta y arroz, latas de conservas, leche en polvo y pasta de dientes. Entre todo ello destacan
tres botes de casi dos kilos de kétchup, el bien más preciado de sus hijos de 11 y 5 años: los cálculos domésticos daban para un mes y, con dos niños, «da gracias».
La reserva energética es el otro pilar. Cuatro bombonas de butano —solo usa una en la cocina—, el depósito lleno de gasoil y el anhelado generador que aún no puede pagar. «Si se va la luz no podría calentar la casa porque, aunque va por gasoil, necesita electricidad», explicaba. Su cocina de butano, que maldijo cuando llegó al pueblo, se ha convertido en su ventaja:
«Yo puedo seguir comiendo caliente».
La cicatriz de marzo de 2020
Conviene no perder de vista de dónde viene este comportamiento. En marzo de 2020, al inicio de la pandemia, Alexandra y su marido se quedaron sin trabajo en Quismondo (Castilla-La Mancha). La cocina se fue vaciando: una semana sin carne, luego sin patatas, después sin arroz.
«Una noche abres la nevera y ves dos tristes huevos y un paquete de salchichas». Según su relato, escribió a ONG, a grandes superficies y al presidente de Castilla-La Mancha pidiendo ayuda, y muchas puertas se cerraron. «Fue la peor situación de mi vida».
Ese recuerdo explica el acopio mejor que cualquier teoría. También explica la desconfianza. Como resume un participante, cuando el portavoz del Gobierno dice una cosa y a los dos días sostiene la contraria, la reacción natural es dejar de escuchar. Alexandra lo expresa con otras palabras: ya no se puede fiar de nadie. Y de esa grieta sale buena parte del comportamiento.
El riesgo de contar que tienes el garaje lleno
El reproche más repetido apunta a un error táctico: la ostentación. Exhibir la despensa en un medio nacional, con nombre, foto y pueblo, convierte a cualquiera en objetivo. «Como haya apagón va a tener cola en la puerta de casa de gente pidiéndole cosas», resume un participante. La discreción, en este mundillo, es la primera regla, y aquí se saltó sin necesidad.
Junto a esa advertencia circula otra tesis, más incómoda: que el propio reportaje, al ridiculizar a quien se prepara, funciona como aviso encubierto. La idea de que los medios señalan un peligro mientras lo caricaturizan para no alarmar tiene predicamento. La desconfianza hacia la prensa se ha instalado como norma y se aplica igual al que avisa demasiado como al que avisa de menos.
El problema práctico: cómo se consigue una bombona de butano
Y aquí el asunto baja al barro, porque hacerse con gas butano es menos trivial de lo que parece. La vía oficial exige contrato, DNI y, en vivienda nueva, cédula de habitabilidad o certificado de instalación. La vía real, la que describe la mayoría, es otra.
Hay quien compra el envase en gasolineras de bajo coste por
3,5 euros y luego lo cambia en cualquier punto de canje. Hay quien acude a plataformas de segunda mano, donde aparecen bombonas entre
5 y 8 euros. Y hay quien, como relata un participante en Murcia, paga
10 euros al repartidor para que «se le pierda una bombona». El trámite desaparece de un plumazo. La recomendación de contratar solo por una estufa —instalación que, según relatan algunos participantes, no dispara las inspecciones— circula con detalle.
En qué quedó todo
La propia Alexandra resume el ambiente mejor que cualquier análisis. Preguntada por si cree al presidente cuando dice que no habrá problemas, responde con una lógica que captura el clima de la época: si lo dice él, ¿no será lo contrario? La pregunta sigue sin una respuesta que convenza a todo el mundo.
Mientras tanto, la recomendación más sensata no es ninguna teoría: tener agua embotellada para varios días, algo que, según observa un participante, falta en la despensa fotografiada. El resto es, en el fondo, una apuesta. Si el apagón no llega, sobra comida. Si llega, dinero bien gastado. Es probable que la discusión se apague antes que la luz, aunque nadie firmaría que la calma vaya a durar.