Ceuta, el Estado y el ruido de sables
El día en que la deuda pública española vuelve a marcar otro máximo, en Ceuta la tensión se desborda. La discusión pública sobre la frontera ya no es solo policial: se ha convertido en un síntoma del malestar económico y de la desconfianza institucional. ¿Está el Estado cargando contra los ceutíes? ¿Y de verdad alguien cree que esto termina en guerra civil?
La economía que prende la mecha
Mientras los focos apuntan a la valla, el telón de fondo son unos indicadores que no invitan a la calma. La deuda pública alcanza un nuevo máximo de 1,76 billones de euros y su peso sobre el PIB repunta hasta el 101,5%. España figura, según los datos citados en la conversación, entre las peores economías de la OCDE en poder adquisitivo, con una clase media que ve cómo se encarece todo y no llega a fin de mes.
No es una coincidencia que el estallido llegue en ese contexto. La precariedad no explica por sí sola lo de Ceuta, pero le da combustible. Cuando la gente nota que el nivel de vida cae, la bronca política deja de ser abstracta y busca un rostro. En este caso, el rostro es el del Estado.
Gobierno contra ciudadanos o contra el orden legal
Aquí se separan las aguas. Una corriente sostiene que el Ejecutivo criminaliza a los vecinos de Ceuta por defender su ciudad, con la policía como brazo ejecutor. La ley, dicen, queda por debajo del «derecho natural» a proteger el propio territorio. En las antípodas, otra corriente recuerda que el Gobierno no es el Estado: el Estado son todos los españoles, y lo que falla es que el Ejecutivo no cumple su función de defender la unidad territorial.
Hay una derivada más fina, casi de manual: el monopolio de la violencia. Quienes defienden la autodefensa caballa asumen que ese monopolio ya se ha roto, y que si el Estado no protege, cada cual tiene derecho a hacerlo. Quienes se oponen replican que eso, llevado al extremo, es la definición de guerra civil. El choque no es de matices, es de principio.
El eco de 1808 y 1936
Aquí es donde la conversación se pone histórica. Aparecen Daoiz y Velarde, el Empecinado, el cura Merino, y la Guerra Civil de 1936. No es nostalgia: es un patrón mental. Cuando se invoca a quienes se levantaron contra el invasor francés, se está diciendo que el enemigo, ahora, está dentro. La comparación es gruesa, pero revela hasta qué punto parte de la ciudadanía se siente en territorio hostil.
Curiosamente, uno de los símbolos que emerge es el de «el pueblo caballa», el nombre coloquial de los ceutíes, reivindicado como emblema de resistencia. Un detalle que dice mucho de cómo se está enmarcando el conflicto.
¿Guerra civil? El dato que descoloca
Al final, la pregunta del millón: ¿todo esto acaba en una guerra civil? Hay quien dice que ya estamos en un escenario prebélico y quien responde que es humo. Pero hay un dato que descoloca cualquier análisis alarmista: el mismo país que discute si se levanta en armas es el que lleva años aguantando una caída de poder adquisitivo con una pasividad que asombra a los propios críticos. Se puede estar hasta las narices de un Gobierno y, a la vez, preferir el sofá al barricada. La historia no se repite, pero rima: y esta vez la rima suena más a recibo de la luz que a mensaje en la plaza.