Bolivia: motín militar, litio y el relato del golpe
Una tanqueta derriba la puerta de la sede del Ejecutivo en La Paz. Es el dato que abre la jornada y el que resume el episodio: militares del Regimiento Especial de Challapata «Mendez Arcos» toman la Plaza Murillo con francotiradores, según la denuncia del expresidente Evo Morales, y el presidente de Bolivia queda en paradero desconocido durante horas. Horas después, el propio presidente aparece en el balcón, puño en alto, para anunciar que los militares se han retirado y entonar la salvaguarda de la democracia. El golpe de estado en Bolivia se desinfla tan rápido como se anunció, pero deja al descubierto los hilos que de verdad mueven el país: el litio, la pugna interna del oficialismo y la fragilidad de un Estado sin dinero.
Qué pasó exactamente en La Paz
Los hechos, tal como se siguieron en directo, tienen una secuencia clara. Un vehículo blindado del Ejército tumba la puerta de la sede del Ejecutivo. Militares ingresan en el Palacio Quemado. El presidente está en paradero desconocido. La denuncia de Evo Morales añade un elemento que cambia la lectura: un grupo del Regimiento Especial de Challapata «Mendez Arcos» tomó la Plaza Murillo con francotiradores, lo que, según su versión, indicaría que el golpe se preparó con antelación. La escena recuerda a otros episodios de la región, pero el desenlace es atípico: el presidente sale al balcón, los militares se retiran y el relato oficial se recompone en cuestión de horas.
La interpretación más repetida en los análisis que circularon es que se trató de un motín por la paga, sin apoyo popular ni respaldo institucional suficiente. Un general que, según esta lectura, pretendía evitar que Evo Morales violara la Constitución volviendo a presentarse, pero al que solo responde su tropa más cercana. La ausencia de toma de televisión, radio y Parlamento, y la falta de detenciones del gobierno, se citan como prueba de que el episodio no llegó a la categoría de revolución.
El litio: la reserva que explica el interés exterior
Bolivia concentra la mayor reserva de litio del mundo, con 21 millones de toneladas, por delante de Argentina (20 millones) y Chile (11 millones), según los datos del Servicio Geológico de Estados Unidos que se manejaron en el seguimiento. Más de la mitad de las 98 millones de toneladas estimadas a nivel global se concentra en América Latina. El salar de Uyuni es el mayor yacimiento. Ese es el telón de fondo económico de cualquier movimiento político en el país.
El contexto geopolítico refuerza la lectura. El presidente Luis Arce presentó ante Putin la candidatura de Bolivia al ingreso en los BRICS en el Foro Económico de San Petersburgo, con un discurso sobre la «justeza del mundo multipolar». Del otro lado, la jefa del Comando Sur de Estados Unidos, Laura Richardson, ha puesto énfasis en la importancia estratégica de evitar el avance de la influencia china y rusa en el Conosur a través de industrias de extracción de recursos naturales como el litio. La conclusión que se extrae de ese cruce de intereses es incómoda: el litio no es un telón de fondo, es el motivo.
El relato del «autogolpe» y la guerra de versiones
La versión del autogolpe circuló con fuerza. Se sostiene que el socialista Luis Arce habría simulado el asalto militar para reforzar su posición, algo que, según esa corriente, sería habitual cuando gobiernan los socialistas. La respuesta del expresidente Morales apunta en dirección contraria: denuncia un golpe preparado con antelación por un grupo militar concreto. Y una tercera lectura, la más cínica, apunta a que el propio militar arrestado habría declarado que dio el golpe para subir la popularidad de los que pretendía derrocar.
El resultado es un laberinto de versiones donde cada actor tiene interés en una narrativa distinta. El gobierno, en defender el orden constitucional. La oposición, en presentar el episodio como respuesta a un golpe previo, el que se habría dado con el «pucherazo» electoral y con lo que se está haciendo a la oposición. Y el exterior, en colocar el foco sobre el litio y la orientación geopolítica del país. Ninguna de las tres se sostiene sin la otra.
La economía que no aguanta el relato
El diagnóstico económico es el que menos discusión admite. Bolivia está en un problema enorme porque el populismo se ha quedado sin dinero y hay gran descontento entre los que cobran subsidios. Esa es la base material sobre la que se monta la inestabilidad política. Sin recursos para sostener la red clientelar, cualquier gobierno pierde capacidad de control.
La comparación con episodios anteriores del continente es inevitable. La expresidenta Añez, una diputada que llegó a la presidencia con el apoyo de las iglesias, del ejército y la policía, fue reconocida por las «grandes democracias» en su momento. Muchos se han olvidado de que en aquel episodio también hubo manifestantes abaleados. La memoria selectiva es un género muy practicado en la región.
Qué se juega España en todo esto
El episodio boliviano se leyó en clave interna española desde el primer minuto. Hay quien sostiene que un golpe de estado en la región es lo que hace falta en España, y hay quien responde que, si los golpistas se declaran independentistas catalanes, entonces el golpe pasa a ser bueno. La ironía no oculta el fondo: la tentación de leer la política latinoamericana como espejo de la propia.
En paralelo, la reacción del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, fue de apoyo explícito a Luis Arce y de solidaridad con el gobierno boliviano por su comportamiento ejemplar en defensa del orden constitucional. La lectura que se hizo desde ciertos sectores es que ese apoyo forma parte de una misma línea de alineamiento con los gobiernos de la región, con independencia de lo que ocurra sobre el terreno.
El episodio deja una predicción con reservas: si el litio es el motivo real y la falta de dinero el detonante, el próximo movimiento no será militar, será una negociación por la explotación del recurso. Y ahí, el relato del golpe será lo de menos.