Kramnik: 40.000 firmas piden retirarle la corona mundial
Cuarenta mil firmas para borrar de los registros un título ganado en el tablero. La paradoja es de manual: el mismo ajedrez que presume de ser el deporte de la lógica se lía a recoger rúbricas contra un campeón del mundo retirado al que se acusa de haber señalado a un rival fallecido. La petición, difundida como urgente, exige despojar a
Vladimir Kramnik de la corona que conquistó en 2000 y que revalidó en 2004 frente a
Veselin Topalov. El detonante no es una partida: es una acusación de trampas lanzada contra el recién fallecido
Daniel Naroditsky.
Qué se pide exactamente y por qué
La campaña pide que el comité de disciplina deportiva aparte al gran maestro ruso de los tableros y le retire el título mundial. El motivo que circula es su acusación de trampas contra el recién fallecido Naroditsky. Sobre las circunstancias de esa muerte no hay conclusión pública: se plantea la hipótesis del suicidio sin confirmar y sin relación establecida con supuestos acosos. La respuesta más repetida en el debate es que primero hay que investigar y después resolver.
Hay quien sostiene que el título se ganó jugando y que ningún comité lo devuelve. El contraargumento que aparece con más fuerza es que la ejemplaridad también pesa en el deporte. Y una tercera vía recuerda que el propio ajedrez arrastra campeones con biografías incómodas:
Alekhine y su colaboración con los nazis,
Fischer y su celebración de los atentados del 11-S. Nadie les quitó nada.
Las cuentas de la indignación: 40.000 firmas y 400.000 federados
El número suena grande hasta que se pone en contexto.
40.000 firmas sobre una población mundial que roza los 8.000 millones es menos del 0,005%. Para igualar la cifra basta con llenar una ciudad media española. Y el ajedrez federado ronda los
400.000 jugadores en todo el mundo. La conclusión que se extrae es incómoda para el gremio: el ajedrez, como fenómeno de masas, no le importa a casi nadie, ni siquiera a buena parte de quienes mueven piezas.
El detalle que descoloca es la velocidad. Según un cálculo que circula en el debate, la petición pasó de 40.000 a 45.000 rúbricas en cuestión de días, un ritmo que invita a sospechar de la espontaneidad. Hay quien lo lee como un globo sonda para ver qué se puede conseguir después. Y hay quien simplemente firma porque el personaje le cae mal.
El historial que se le echa en cara al campeón
La animadversión contra Kramnik no nació con Naroditsky. En 2000 se proclamó campeón del mundo frente a
Garry Kasparov, en un match que rompió el ciclo del entonces número uno. En 2004 revalidó contra Topalov en un duelo que dejó sospechas sobre tablas pactadas. Y en 2006 llegó el episodio que más se repite:
Kasparov no quiso jugar contra Shírov por el título de su propio circuito, con el argumento de que ese match «no valía dinero». Shírov se quedó sin la oportunidad de disputar la corona. El pecado, dicen, lo pagó después el propio Kramnik.
A eso se suma la lista de agravios personales: la prepotencia en los comentarios televisivos, el desdén hacia rivales como Topalov, la sensación de que se enriqueció gracias a la popularidad que
Fischer dio al ajedrez y al aumento de premios que vino después. La figura del campeón distante no ayuda a recoger simpatías cuando estalla un escándalo.
¿Se pueden hacer trampas al ajedrez de élite?
Sí, y es más fácil de lo que parece. En torneos presenciales hay cacheos, detectores y controles de móviles y pinganillos. En online, en cambio, el terreno es más poroso. La mecánica es sencilla: alguien con un motor de análisis reproduce la partida desde fuera y transmite la jugada clave con una señal. El jugador de cierto nivel, avisado de que hay un error castigable, se para a pensar y lo encuentra.
El problema es distinguir la trampa del talento. Una combinación brillante puede ser fruto de un cálculo sobrehumano o de una ayuda externa. Sin pruebas, la acusación es una opinión. Y cuando la acusación se lanza contra alguien que ya no puede defenderse, el coste reputacional es irreversible.
La sombra de Fischer y el relato que se reescribe
La conversación derivó hacia el legado de
Bobby Fischer, el hombre que cambió la economía del ajedrez. Su regreso tras veinte años movió una bolsa de
cinco millones de dólares en 1992, casi doce millones actuales. En 1975, el match de Manila ofrecía cinco millones al ganador y dos al perdedor, treinta millones de hoy. Ningún campeón posterior ha movido cifras comparables.
Fischer también dejó el reloj como herencia incómoda. La introducción del cronómetro acabó con el llamado ajedrez de fuerza absoluta, ese que se jugaba sin límite de tiempo. Era necesario cuando el ajedrez dejó de ser un juego entre amigos. Pero convirtió las partidas en carreras contra el minutero y, de paso, en un espectáculo más televisivo que profundo.
El cierre abierto: ¿qué queda del título si se retira?
La petición sigue viva y el comité no ha resuelto. El título de Kramnik figura en los registros desde 2000. Si se retirase, el ajedrez entraría en un terreno nuevo: decidir qué campeones merecen seguir siéndolo según su conducta posterior. ¿Dónde se pone el límite, y quién lo pone?