Cardiff: tres primeros ministros firman el órdago al Reino Unido
Tres firmas sobre una mesa en Cardiff y un titular que corre más rápido que sus propios protagonistas. Los jefes de Gobierno de Escocia, Gales e Irlanda del Norte sellarán en su cumbre un memorándum de entendimiento para exigir la celebración de referendos de independencia, según adelanta The Telegraph. Conviene leer la letra pequeña antes de echar las campanas al vuelo: firmarán el documento y demandarán consultas. No las convocan. No pueden, al menos por ahora.
El salto cualitativo no está en el papel, sino en el reparto. Tres ejecutivos que llevan años reclamando cosas distintas aparecen con un texto común y un adversario común. La cita que reproduce el diario británico no escatima: la jefatura del Gobierno escocés sostiene que el primer ministro británico, Andy Burnham, debe empezar a asumir que pasará a la historia como el último en el cargo.
Qué es un memorándum de entendimiento y qué no
Aquí se juega con una ambigüedad muy útil para las tres partes. Un memorándum de entendimiento no es un tratado ni una ley: fija intenciones y pasos futuros sin obligar a nada. Ni crea competencias ni abre urnas. Sirve para escenificar acuerdo y para sentar en una mesa a quien hasta ahora evitaba sentarse.
La capacidad de autorizar una consulta vinculante sigue residiendo en Londres, y ahí el órdago choca con el muro. Escocia ya celebró un referéndum y lo perdió; repetirlo exige una autorización que Westminster no tiene ninguna prisa en conceder. Por eso la pelea real, de momento, es de relato: instalar la idea de que quien rompe algo es quien dice no, no quien hace la pregunta.
La repercusión también ha sido desigual. El asunto no ha copado portadas en todos los medios británicos, lo que alimenta el escepticismo sobre el alcance real del anuncio. Un memorándum es un titular grande y un compromiso pequeño.
El Brexit que Gales no votó igual que Escocia
La grieta no es nueva, pero el Brexit la ensanchó con una asimetría incómoda. Escocia e Irlanda del Norte votaron mayoritariamente quedarse en la Unión Europea; Gales votó salir. Años después del divorcio, el mapa se ha movido por el lado del bolsillo: los ajustes en agricultura y ganadería han caído como una losa sobre el campo galés, y el discurso de la salida de la UE ha dejado de ser gratis en las zonas que lo compraron.
A los escoceses les queda, además, una sensación de trampa difícil de digerir. En la campaña de 2014 se les advirtió de que separarse del Reino Unido equivalía a salir de la UE. Votaron no. Y luego el conjunto del país se marchó de la Unión igualmente. Ese argumento, usado para frenar el independentismo, es hoy su mejor munición.
Petróleo, PIB y la aritmética que sostiene el relato
La economía es el terreno donde el independentismo tiene mejores titulares y peores cuentas. Alrededor del 90% de las reservas de petróleo y gas del Reino Unido se encuentran frente a las costas escocesas, un dato que reaparece en cada discusión como cheque en blanco. Del otro lado, el PIB per cápita escocés supera la media británica si se excluye Londres y el sureste de Inglaterra, pero queda por debajo de esa media en cuanto la City entra en la foto. Todo depende de si se quita o se deja en el cálculo la plaza financiera más potente del continente.
El otro flanco es comercial. Los partidarios del no subrayan que una Escocia fuera del Reino Unido tendría una frontera con su principal mercado; los partidarios del sí responden que el objetivo es reingresar en la UE y recuperar el mercado interior. Nadie ha explicado todavía cómo se cruza esa aduana en el intermedio, ni cuánto cuesta hacerlo.
El mercado no espera a la urna
Los mercados llevan meses descontando algo que la política no termina de decir en voz alta. El rendimiento de los bonos británicos sigue subiendo, es decir, el Estado paga más caro por financiarse en pleno ciclo de ajustes y tensiones fiscales. Cuando esa prima se encarece sin que haya convocatoria electoral de por medio, el mercado está poniendo precio al escenario improbable, no al probable.
La pregunta útil no es si habrá referéndum mañana, sino cuánto tiempo puede sostener Londres una estructura en la que tres de sus cuatro naciones tienen gobiernos que públicamente quieren irse. La respuesta no la tiene el Tesoro.
Y un detalle que se pierde entre titulares: la unión que ahora tambalea se firmó en 1707, el mismo tramo histórico en el que la Corona española enterraba por decreto las instituciones de la Corona de Aragón. Tres siglos de uniformización centralista a ambos lados del Canal, y el siglo XXI los está desmontando a base de papeles. Un documento que no obliga a nada acaba de mover más tinta que cualquier discurso.