La construcción se queda sin manos: salarios y oficios sin relevo
¿Cuántas grúas paradas hacen falta para entender que algo se ha roto? Las constructoras han empezado a frenar promociones no por falta de capital ni de suelo, sino porque no encuentran gente para levantarlas. La escasez de obreros ha dejado proyectos en pausa en plena emergencia de vivienda, y el sector lleva años avisando de que el relevo generacional en los oficios no llega. El dato que más se repite: no hay quien trabajar por 1.200 euros al mes cuando otras opciones exigen menos desgaste físico.
El salario no cuadra con el esfuerzo
En plena burbuja, un oficial podía llevarse a casa 3.000 euros al mes. Hoy, la oferta ronda los 1.200 euros, un sueldo que no compensa el desgaste, el riesgo ni la estacionalidad. La comparación con otros sectores es demoledora: repartir paquetes o atender una terraza exige menos horas al sol y, a menudo, mejor conciliación. La conclusión de una parte del análisis es directa: si el precio no sube, no hay manos. Pero no todo el mundo lo ve tan simple.
La oferta y la demanda que no aparece
En teoría, la falta de trabajadores debería empujar los salarios al alza. En la práctica, el sector recurre a otras válvulas. Se argumenta que la inmigración irregular funciona como un colchón de mano de obra barata y que, mientras exista, no hará falta mejorar condiciones. Otros recuerdan que en la obra formal, la de verdad, no se entra sin contrato, prevención de riesgos y mutua: el trabajo en negro es cosa de reformas pequeñas, no de grandes constructoras. La conclusión es que la ley de la oferta y la demanda choca con un mercado intervenido por los costes de entrada.
Falta mano de obra, pero sobre todo faltan oficios
El problema no es solo cuánta gente quiere trabajar en la obra. Es que un edificio no se levanta solo con peones. Encofradores, soldadores, gruistas y oficiales de primera no se improvisan. La pérdida de la formación profesional en construcción ha dejado un vacío que el inmigrante recién llegado, por muy dispuesto que esté, no puede cubrir el primer día. Hay obras con plantillas enteras de origen extranjero, pero los puestos técnicos siguen vacíos. La responsabilidad de un encofrado no se aprende viendo un tutorial. La construcción ya no engancha a los jóvenes, y los que saben, se jubilan. La formación profesional dual apenas tiene peso en el sector. Mientras, la demanda de vivienda sigue creciendo, sobre todo en los grandes núcleos urbanos.
El peso del Estado sobre el ladrillo
Mientras tanto, el coste de construir no baja. Sobre el precio final de una vivienda nueva pesan impuestos que, según las estimaciones, suponen alrededor del 30%: IVA (10%), Actos Jurídicos Documentados, ICIO, licencias y plusvalía. A eso se suman los costes regulatorios: un ejército de personal de seguridad, salud, medio ambiente y coordinación que encarece cada proyecto. Y cuando se pide simplificar el laberinto administrativo, la respuesta suele ser más informes. El resultado es un círculo vicioso: construir sale caro, la vivienda no baja y el obrero sigue sin poder permitirse el piso que él mismo levanta.
Menos horas, más papeles y una productividad bajo sospecha
Otra pata del análisis apunta a la productividad. En la burbuja, los equipos trabajaban a destajo jornadas de 60 horas semanales y cobraban entre 3.000 y 6.000 euros. Ahora la jornada es de 40 horas, con una productividad que algunos estiman inferior incluso a la de un régimen de 30, y con costes laborales más altos por la vía de la regulación. Hay quien sostiene que el sistema actual castiga el esfuerzo y premia esperar una ayuda. Y hay quien responde que el problema no es la pereza, sino que el trabajo deja de ser un ascensor social cuando el alquiler se come la nómina. Con 2,5 millones de personas cobrando el IMV, la ecuación entre trabajar y no hacerlo no sale tan obvia para todos.
Mientras tanto, las grúas siguen paradas. El ladrillo, que siempre había resuelto los ciclos de la economía española, ahora espera a que alguien quiera ponerse el casco. La próxima promoción puede que nunca se anuncie, y esta vez no será por falta de dinero: será porque no hay quien la suba.