Kiev, sin fuente y sin luz: el invierno que nadie confirma
¿Puede una capital europea vaciarse antes de que llegue el frío? La advertencia circuló sin firma y sin documento: una supuesta evacuación masiva de Kiev provocada por los ataques rusos contra la infraestructura energética, presentada como un dato que no se podía respaldar con una fuente y que, según quien lo lanzó, sería «oficial en los desinformativos» en cuestión de horas. El papel que lo confirmara nunca apareció. Lo que sí apareció fue un pulso más incómodo: si dejar a oscuras un país en guerra es un crimen o una operación militar perfectamente reglada.
La advertencia sin fuente sobre la evacuación de Kiev
El planteamiento era que un ataque ruso contra las infraestructuras podría forzar la salida masiva de población de la capital ucraniana. La respuesta mayoritaria fue de escepticismo: se pidió la fuente, se recordó que cualquiera puede lanzar una previsión y se señaló que el aviso llegaba sin fecha, sin organismo responsable y sin documento. Quien lo difundió insistió en que compartía lo que le había llegado y se retiró de la conversación sin aportar la prueba.
Spoiler: nada de eso convierte el rumor en noticia.
La posibilidad física de un invierno sin luz no equivale a una orden de evacuación, y de la segunda no hay ni un folio.
¿Es crimen de guerra atacar la red eléctrica de un país?
No, si se atiende al manual que cita una parte del análisis. El texto del Departamento de Defensa estadounidense define objetivo militar como
«cualquier objeto que por su naturaleza, ubicación, propósito o uso contribuya eficazmente a la acción militar» y cuya destrucción, captura o neutralización ofrezca «una ventaja militar definida». En otro apartado añade que las centrales eléctricas se reconocen generalmente como suficientemente importantes para un Estado.
Sobre esa base se sostiene que subestaciones, líneas de alta tensión y plantas que alimentan trenes, talleres, centros de mando y comunicaciones no son infraestructura civil intocable, sino parte del sistema que sostiene el esfuerzo bélico. El argumento no procede de Moscú, se insiste, sino de la propia doctrina estadounidense sobre el derecho de los conflictos armados.
La lectura contraria es la del Gobierno español, que condenó los bombardeos «en los términos más categóricos» y los calificó de crímenes de guerra por dirigirse contra objetivos civiles e infraestructura civil crítica,
incluidas las centrales eléctricas. Dos marcos, dos conclusiones opuestas sobre los mismos edificios.
El puente de Kerch y el test de la proporcionalidad
La pieza que más se usa para medir esto es un análisis de los profesores
Michael Schmitt y Marco Milanovic sobre el ataque al puente de Kerch del 8 de octubre, atribuido a Ucrania. La clave no está en si el puente era o no objetivo legítimo, sino en el cálculo de proporcionalidad: cuánto daño colateral se acepta a cambio de qué ventaja militar concreta.
Ese test es el que se traslada a la red eléctrica. Y es un test que casi nadie hace en público, porque exige datos que no se publican: cuánta capacidad militar depende de cada nudo de la red, qué alternativas existían y qué efecto real tiene dejar sin luz a una ciudad entera cuando llega el hielo.
La doble vara que se reprocha a Occidente
Hay una corriente que saca el argumento de Ucrania y lo lleva a
Bagdad, Serbia, Libia, Siria, Irak o Afganistán. La pregunta es siempre la misma y nadie la responde con comodidad: por qué los bombardeos sobre infraestructura civil en esos países no generaron el mismo vocabulario. Se recuerda, de paso, el uso de la etiqueta de terrorismo para describir ataques a infraestructuras que potencias occidentales han ejecutado en sus propias intervenciones.
El reproche tiene una versión histórica más dura: el asedio de
Leningrado, con cientos de miles de muertos por hambre, y los bombardeos masivos aliados sobre ciudades alemanas desprotegidas. Cada bando tiene su archivo de agravios y su propia definición de lo proporcionado.
Qué se juega realmente Kiev en los próximos meses
El pronóstico dominante no es una orden de evacuación, sino un invierno que hace el trabajo solo. Si la generación y el transporte eléctrico no se recomponen, la pregunta deja de ser jurídica y pasa a ser logística: cuánta gente puede quedarse en una ciudad sin calefacción, sin ascensor y sin agua caliente, y cuánta se marcha por su propio pie sin que nadie lo decrete.
Ahí está el detalle que ordena todo el asunto. La evacuación de la que se habla no requiere un decreto: requiere que la red no aguante. Y sobre eso hay más indicios que sobre cualquier comunicado oficial.
Mientras los manuales se citan a favor y en contra, el termómetro ucraniano sigue bajando. La fuente que no se podía citar, de momento, sigue sin citarse.