Vox acumula tres errores y el margen se agota
Una moción de censura que se convirtió en sainete, una purga interna que se lleva por delante a los perfiles liberales y una huelga general que no secundó casi nadie. Ese es el balance que una parte del electorado de derechas hace de Vox tras una legislatura en la que el partido de Abascal ha pasado de amenazar el bipartidismo a ser señalado como «Cs 2.0». La tesis que recorre el análisis es cruda: al siguiente error de esta magnitud, el partido se hunde.
El diagnóstico no es unánime. Frente a quienes sostienen que Vox está quemando su ventana de oportunidad, hay quien responde que el verdadero error lo comete el PP, que «se ha quitado la careta», y que Vox representa a unos 3.500.000 españoles. La discusión, en cualquier caso, ya no gira sobre si Vox crece, sino sobre cuánto tiempo le queda antes de que el electorado de derechas deje de creerle.
La moción de censura que nadie recuerda con orgullo
El primer error señalado es la moción de censura presentada con Ramón Tamames como candidato. El juicio mayoritario es que fue «un sainete bastante ridículo» que no favoreció al partido. La defensa que se esgrime desde el otro lado es que la moción no fue un error en sí, sino que el PP la traicionó al no secundarla.
La discrepancia importa porque toca el núcleo del problema: si Vox no puede contar con el PP para una moción de censura, ¿para qué sirve el pacto con el PP en comunidades y ayuntamientos? La respuesta que se da desde el sector crítico es que sin esos pactos la izquierda gobernaría, y que en Andalucía, Extremadura o Valencia el partido desaparecería en un mes. La respuesta contraria es que pactar con quien no te apoya en Madrid es regalar el relato.
La purga de los liberales y el fantasma de Ciudadanos
El segundo error es la salida de perfiles liberales como Iván Espinosa de los Monteros. La interpretación oficial desde dentro del partido es que se trata de una limpieza de «peperros infiltrados» que dinamitan el proyecto, y que hay que sustituirlos por gente de formaciones de extrema derecha más ortodoxas.
La lectura externa es muy distinta: que Vox está dejando de ser un partido con un programa económico liberal para convertirse en un club de rezadores de rosarios. La comparación con Ciudadanos aparece una y otra vez. «Vox = Cs 2.0», resume una de las intervenciones más repetidas. La respuesta a esa comparación es que confundir a Vox con Ciudadanos es no entender nada: Ciudadanos era un partido sin base territorial propia, mientras que Vox tiene un electorado fiel.
El dato que se pone encima de la mesa es que Espinosa no se va solo: su esposa continúa en el partido, y su salida no implica un movimiento sísmico ni abre una fuga en el buque. La crisis interna del PP tras la corrupción de Ayuso y la dimisión de Casado fue mayor, se argumenta.
La huelga general que no existió
El tercer error es la huelga general que Vox no logró movilizar. La explicación que se da es que la gente de derechas no hace huelgas generales, y que el PP tampoco la apoyó. «Yo hice huelga ese día», responde uno de los participantes, que añade que si el PP no la apoya, es lo que hay.
El problema de fondo es que Vox ha construido parte de su discurso en la defensa del trabajador español, pero su base electoral no responde a las convocatorias de movilización sindical. Es una contradicción que el partido no ha resuelto: quiere hablarle al trabajador, pero su electorado es pequeño empresario, autónomo y rentista.
El error de fondo: pactar con el PP sin condiciones
Más allá de los tres errores concretos, el análisis que domina es que el gran error de Vox es tratar al PP como un aliado en lugar de como un adversario. «El PP es parte del bando enemigo», se sostiene. La función del PP, según esta lectura, es canalizar el voto de derechas hacia un lugar seguro para el sistema, como una toma de tierra que impide que nada cambie.
La consecuencia práctica es que Vox aprueba con sus votos las comisiones permanentes del Congreso, sostiene gobiernos autonómicos y municipales del PP y, sin embargo, no obtiene nada a cambio. La propuesta que se lanza es romper con todos los pactos con el PP, caiga quien caiga. El contraargumento es que el Sinn Féin de Irlanda del Norte no pactó durante más de 30 años y no desapareció.
El liberalismo como contradicción interna
Una línea de crítica más profunda apunta a la incoherencia ideológica: no se puede ser pro-identitario y liberal al mismo tiempo. El liberalismo, se argumenta, es el precursor de las ideologías progres del siglo XIX, y los liberales no defienden la patria, defienden el dinero.
El ejemplo que se pone es el de la inmigración. Vox usa el lema de «inmigración legal, ordenada y segura», que es el mismo lenguaje del Pacto Mundial para la Migración firmado en 2018. Es decir, el partido reproduce el marco de un acuerdo que dice combatir. El doble discurso, según esta lectura, es evidente: se dice una cosa para la galería y se aprueba otra en la práctica.
El liderazgo y el futuro del partido
El último frente abierto es el liderazgo de Santiago Abascal. La crítica es que se trata de un político que no ha trabajado fuera de la política, que no hizo el servicio militar y que gusta de la indumentaria militar. La propuesta que se lanza desde el sector crítico es que el futuro pasa por perfiles como el de Jorge Buxadé, que dejen atrás el relativismo y vuelvan a hablar de patria y valores.
El contraargumento es que el partido ocupa el único nicho electoral con recorrido alcista en Europa, y que la única forma de neutralizarlo es imitar partes de su discurso. Algo que, se señala, ya ocurre en otros países del entorno.
Con estos mimbres, la pregunta ya no es si Vox comete errores, sino cuántos más puede permitirse antes de que su electorado deje de creer que el siguiente será el bueno. El cálculo que circula es que al siguiente error de esta magnitud, el partido se hunde. Y nadie, ni dentro ni fuera, parece tener claro cuál será ese error.