Juan Soto Ivars, del hotel al piso de desconchones tras el divorcio
Una tele pequeña, paredes con los desconchones a la vista y cuatro flexos de pie, ahí al fondo, sin función clara. Así es la vivienda en la que vive ahora el escritor y columnista Juan Soto Ivars, un perfil público acostumbrado al foco y no precisamente al de la lámpara.
Las informaciones que circulan apuntan a que está en pleno proceso de divorcio. Dejó el domicilio habitual, se movió por un hotel durante un tiempo y ha recalado en un alquiler de precio contenido en Madrid, con un aspecto que no encaja con la imagen de fortuna que se le presupone. Los que siguen su carrera se dividen: unos ven en la separación la explicación natural del descenso de nivel de vida, con la expareja quedándose con la vivienda; otros interpretan el piso como el reflejo de una contradicción entre su discurso público y su realidad doméstica.
Soto Ivars no ha sido nunca una figura cómoda para el feminismo ni para cierta izquierda, y su trayectoria mediática acumula encontronazos. El último episodio conocido tiene que ver con un artículo sobre Alcantarilla, su tierra, por el que, según los análisis que acompañan a estas imágenes, ya difícilmente pueda volver a pasear por el pueblo. Mal asunto si el divorcio le obliga a regresar a Murcia; peor si nadie quiere verle llegar.
La anécdota no es baladí. En un país donde el alquiler en Madrid sigue siendo un problema estructural, que una figura con ingresos superiores a la media acabe en un piso de paredes descascarilladas recuerda que los divorcios caros también existen fuera de los juzgados. Con cuatro flexos mirando al techo como único testigo.