El declive de natalidad occidental y el espejismo africano
Occidente ve caer sus tasas de natalidad y hay quien mira a África como el salvavidas demográfico. La tesis es simple: mientras las mujeres europeas tienen cada vez menos hijos, la fecundidad al sur del Sáhara se mantiene alta, así que la migración joven podría compensar el envejecimiento. Pero los datos que manejan los analistas dibujan un panorama bastante menos idílico.
El último hito demográfico es contundente: la población mundial alcanzó los 8.000 millones en noviembre de 2022, según Our World in Data. Antes, en octubre de 2011, ya se habían superado los 7.000 millones. El planeta no se queda sin gente, ni mucho menos: la pregunta es dónde crece la población y en qué condiciones.
Migración joven: ¿solución o trasvase de problemas?
Hay quien sostiene que Europa depende estructuralmente de los migrantes para mantener el estado del bienestar: sin reemplazo generacional, el sistema sanitario y las pensiones se quedan sin base. Es el argumento clásico del «vienen a pagarnos las pensiones», que en esta discusión se topa con la realidad de una productividad menor y un gasto público creciente.
Enfrente está la corriente que considera que la llegada de población joven desde África no resuelve el declive, sino que lo traslada: más población no es lo mismo que más capital humano. Se menciona incluso el caso extremo de Mariam Nabatanzi, la ugandesa conocida como «la madre de los gemelos», que con 40 años tenía 45 hijos. Un ejemplo de fertilidad extraordinaria que, llevado a escala, plantea dudas serias sobre sostenibilidad, recursos y capacidad de integración.
¿Sobra gente o falta reparto?
Los datos sobre suelo cultivable en España abren otra vía: el país cuenta con 11,3 millones de hectáreas de tierra arable, más de 5,3 millones de cultivos leñosos y 146.000 hectáreas de otros cultivos. Quienes citan estas cifras concluyen que el problema no es la superpoblación, sino la distribución de la riqueza. «Con repartir una hectárea por persona, ¿sobra gente?», plantean. Del otro lado, la respuesta es igual de seca: la competencia por los recursos termina en guerras.
La discusión económica de fondo no es nueva. Se viene arrastrando desde que la natalidad occidental cayó por debajo del reemplazo. Y mientras unos ven en África la solución demográfica, otros solo ven la confirmación de que el problema se está trasladando de una orilla a otra del Mediterráneo.
Ojalá el reto fuera solo demográfico. El problema es ideológico, político y, sobre todo, de reparto: arreglar la demografía sin arreglar la economía es como intentar llenar un cubo agujereado.