Cuando Podemos enterró el 15M: la factura que nadie quiere firmar
Un movimiento que sacó a millones a las plazas en 2011 no necesitó tanques para ser desactivado. Le bastó un partido que decía representarlo. Entre el 15M y Podemos media una operación de relevo perfecta: la indignación que pedía democracia real acabó convertida en votos, escaños y, finalmente, en un vídeo de Echenique tartamudeando que resume mejor que cualquier análisis el estado de la criatura.
Del 15M a la moqueta: el relevo de la indignación
Podemos no fundó el 15M, pero se presentó como su heredero político. Asumió el vocabulario del movimiento: la casta, la gente, la transversalidad. Pablo Iglesias entendió antes que nadie que la crisis económica había dejado un depósito de rabia sin propietario. La sublevación de Gamonal en 2014 fue el ensayo general: la calle protestaba y Podemos recogía el acta.
Los círculos eran la promesa de democracia interna, el lugar donde cualquiera podía discutir el rumbo. Terminaron diluidos en la maquinaria del partido, como lamentan quienes los vivieron y decidieron no volver a votarlos.
Cuarenta y dos escaños: el techo de una contradicción
El momento álgido llegó tras el cambio de marca a Unidas Podemos. La formación alcanzó su tope electoral: 42 escaños. Ahí se tocó moqueta y, según una lectura extendida, empezó el sacrificio del discurso de clase en favor de la agenda posmoderna: feminismo institucional, identidades y gestos. El obrero, el campesino, el pueblo, desaparecieron del guion. Había una palabra para sustituirlos: «la gente».
La contradicción es que cuanto más cerca del poder, menos ruido hicieron las reivindicaciones originales. La casta seguía ahí; los privilegios que denunciaban, también. Solo cambió quién ocupaba algunos despachos.
Echenique, de Ciudadanos al tartamudeo
Echenique se ha convertido, sin pretenderlo, en el símbolo de la caída. Según las informaciones que circulan desde hace tiempo, antes de recalar en Podemos intentó entrar en Ciudadanos. El dato se utiliza para subrayar que el discurso antisistema fue, en algunos casos, un vehículo más que una convicción. El vídeo en el que tartamudea es la guinda: una escena que la circulación viral ha convertido en metáfora de un proyecto que se queda sin palabras.
Quince años después, el acta de defunción
Un balance citado con frecuencia en los análisis repasa las reivindicaciones originales del 15M:
- Democracia real y participativa: no conseguida.
- Lucha contra la corrupción y la impunidad: no solo no conseguida, sino peor.
- Transparencia institucional: no conseguida.
- Fin del «no nos representan»: no conseguido.
La conclusión es demoledora, aunque no unánime. Hay quien sostiene que el 15M fue una farsa desde el principio, una operación del sistema para drenar un descontento que podía haber terminado en algo más serio. Para otros, fue un movimiento genuino que Podemos usó como lanzadera electoral y luego abandonó. La conversación se cruza además con la genealogía del régimen: hay quien recuerda que la expresión R78 se acuñó bastante después de que el PSOE ganara en 1982 y el término «democracia» se instalara como único marco posible.
Si la próxima gran crisis vuelve a llenar las plazas, la pregunta incómoda es quién estará esperando esta vez con un discurso prestado y un escaño vacío.