Ceuta: la frontera que pone al ejército contra las cuerdas
La disciplina militar tiene un límite que rara vez se discute: la legalidad. El vídeo que muestra a tropas españolas facilitando el avance de cientos de migrantes en la frontera de Ceuta ha reabierto la pregunta incómoda de hasta dónde debe llegar la obediencia. Por un lado, se argumenta que los mandos no hicieron sino cumplir las directrices del Ministerio de Defensa. Por otro, hay quien sostiene que la defensa del territorio está por encima de cualquier orden política.
La insubordinación como deber
La postura más dura plantea que los altos mandos de Ceuta deberían haber desobedecido, incluso asumiendo el coste disciplinario. Se les acusa de haber «vendido» la posición española y de mostrar a los generales junto a la ministra como prueba de sumisión. Frente a eso, la lectura contraria recuerda que el principio de jerarquía es la columna vertebral de cualquier ejército: sin cadena de mando, una fuerza armada deja de serlo. La tensión entre el honor y la disciplina no es nueva, pero en una frontera caliente como la ceutí adquiere dimensiones políticas.
El precio humano de la frontera
En este clima, se ha citado el asesinato de una cooperante española de 27 años en Santander, presuntamente a manos de su expareja marroquí de 39 años. El caso de Paula Solanas de Miguel, encontrada apuñalada en su domicilio, se ha convertido en un arma retórica para quienes vinculan inmigración y violencia. Más allá de la anécdota, el incidente refleja cómo los dramas individuales se politizan en un contexto en el que cada episodio fronterizo se amplifica.
Cuando el poder civil y la seguridad territorial chocan, la cadena de mando se convierte en una coartada. Pero la desobediencia también tiene su factura, y no solo disciplinaria. La frontera de Ceuta seguirá siendo un termómetro de hasta dónde puede estirarse la política antes de que el uniforme se rompa.