Basta un solo factor, entre muchos, para afirmar la inviabilidad del concepto: la claustrofobia.
Durante los 60 y 70, se pusieron de moda entre los ingenieros de aviación los estudios de alas volantes o de aviones basados en "blended wing body". Cosas del estilo de esta:
You must be registered for see images
La idea principal era que suprimir la cola del avión, con sus varias y grandes superficies, y el largo fuselaje, reduciría el rozamiento superfluo y el consumo de combustible. Se trataba de integrar en la mayor parte posible todo el avión en el ala, única parte necesaria en un avión ya que es la que soporta el peso del avión. No está claro que estos aviones sin cola ahorrasen mucho combustible porque al no tener estabilizador vertical mantener el rumbo del avión y su estabilidad direccional consumía mucho más combustible que en un avión con cola (las alas volantes cambian de dirección usando frenos que consumen mucha energía)
El caso es que esta idea se avanzó bastante y Boenig hizo un diseño completo y una maqueta a escala natural de los interiores para hacer pruebas de distribución de los asientos y esas cosas. Descubrieron de inmediato, usando voluntarios, que un avión sin ventanas no podría hacer vuelos de más de media hora por la claustrofobia de los pasajeros.
Hicieron muchas pruebas de suprimir ese efecto con pantallas de cine o incluso con ventanillas simuladas que tenían una pantalla de video donde se proyectaba un paisaje aéreo, pero nada funcionó.
Los sistemas 'sin ventanas', como los vagones de metro, solo funcionan si cada pocos segundos los pasajeros pueden ver las estaciones de metro y la gente en los andenes y si el viaje en total dura menos de 20 o 30 minutos.
También influyen las muchas estaciones intermedias como vía de escape. Cada pasajero, su subconsciente, sabe que si no puede soportarlo más, siempre tiene la posibilidad, cada pocos segundos, de escapar bajándose en la primera estación y no en la estación de destino.
Nadie se escapa del metro en una estación intermedia pero el hecho de que esa vía de escape esté ahí, recordada cada pocos segundos, aplaca la claustrofobia.