Vox elimina la cita previa: ¿vuelta a la cola o fin del colapso?
¿Citarse o hacer cola? Esa es la pregunta que Vox ha plantado en el centro de la administración pública. La formación impulsa la eliminación de la obligatoriedad de la cita previa en los organismos del Estado: la atención presencial pasaría a ofrecerse también a quien llegue sin número, con espera, como complemento del sistema actual. La medida suena modesta, pero ha reabierto un debate incómodo sobre cómo se organizan los servicios públicos y, de paso, sobre para qué sirve votar.
La cita previa nació para ahorrar colas y acabó racionando la atención
El argumento original era impecable: el ciudadano deja de perder la mañana y llega a la ventanilla con hora asignada. En la práctica, los límites diarios de agenda han convertido la cita previa en una barrera. Los ejemplos circulan como cuchillos: oficinas que solo sacan 20 citas al día, trámites que requieren media hora por persona y funcionan dos mesas de veinte. El resultado es un mes entero mirando la web a primera hora para que te den permiso a ir a que te escuchen. Se pasó del papelito de la pescadería al suplicio digital.
Hay quien recuerda que el sistema no nació con la pandemia. El SEPE ya trabajaba con cita previa antes del COVID y de las mascarillas. Así que la nostalgia por la cola espontánea tiene fecha de caducidad: en muchos organismos, el turno por orden de llegada solo existió realmente hasta 2020; después, la obligatoriedad de agendar se usó para restringir la atención.
Bots, verificaciones y el curioso negocio de los huecos
El colapso de las agendas no afecta a todos por igual. Hay intermediarios que utilizan programas automatizados para acaparar citas en trámites sensibles, aprovechando que los portales públicos ni siquiera incorporan el sistema de verificación humana más básico. La solución que proponen algunos pasa por la identificación digital personal e intransferible, con DNI electrónico, certificado o Cl@ve, como ya se hace en Hacienda. Esa llave, combinada con una auditoría externa del sistema de citas, haría más que cualquier arenga sobre la pereza del funcionariado.
Votar no sirve de nada: el escepticismo que subyace
La pírrica satisfacción que provoca el anuncio deriva rápido hacia una pregunta más profunda: si el voto sirve para algo, ¿por qué se aplaude como una victoria el simple regreso a la atención presencial? Mientras unos defienden que la medida demuestra que la presión ciudadana funciona, otros sostienen que el problema es estructural y que los partidos, incluido el que lanza la propuesta, solo mueven fichas cosméticas. El desencanto con la Agenda 2030, las multas millonarias de la etapa COVID y la sensación de que todos los gobiernos juegan con las mismas reglas han hecho mella. Para una corriente escéptica, el acto de votar no es una herramienta de cambio, sino un rito que legitima el sistema que genera esos obstáculos.
El término medio que nadie quiere discutir
Entre la vuelta a la cola pura y la dictadura de la agenda hay un punto intermedio que gana adeptos: mantener la cita para trámites que requieren documentos y análisis, y reservar un cupo diario de atención sin cita para imprevistos y gestiones urgentes. Es decir, combinar la previsión con la flexibilidad. La propuesta encima de la mesa tiene una ventaja política evidente: no exige contratar a nadie. Y un inconveniente igual de claro: sin más funcionarios, lo único que cambia es que la espera pasa de la pantalla a la puerta.
Con este panorama, ya hay quien espera con nostalgia la vuelta del papelito numerado. Antes se hacía, y el tiempo, ese gran juez, dictará si la administración española está preparada para resolver el problema en lugar de cambiar su vía de entrada. Mientras tanto, la cola más larga sigue siendo la del sentido común.