La verdad incómoda sobre la inmigración extracomunitaria: ¿qué hacemos ahora?
Los inmigrantes de fuera de la UE pagan 450 euros menos al año en IVA que los españoles, y la brecha se dispara a 850 euros si se consideran hogares con menores de 65 años. Este dato, publicado en El Mundo, no es un bulo de ultraderecha ni un informe sesgado: es el último recalculo de la Agencia Tributaria. Y la conclusión, tras años de medias verdades, es que el saldo fiscal de esta inmigración es negativo. No compensa el envejecimiento. Al revés: lo agrava.
Los números que nadie quería ver
El estudio oficial muestra que los hogares encabezados por inmigrantes extracomunitarios gastan menos, por lo que tributan menos IVA. Pero el gasto público en sanidad, educación y servicios sociales para estos colectivos es superior a lo que aportan en cotizaciones e IRPF. Los modelos del Banco de España, citados en el debate, confirman que la integración laboral media tarda más de tres años y que el 80% de los nuevos llegados tienen formación baja o media. Los estudios de Fernández-Villaverde para países nórdicos —con datos desagregados por origen— son demoledores: solo los inmigrantes europeos o asiáticos altamente cualificados empatan o generan un leve beneficio fiscal. El resto, pérdida neta.
¿Y entonces qué hacemos? La pasión por el botón equivocado
La reacción mayoritaria en el análisis no es la indignación, sino la resignación. "Los españoles están en modo 'mientras no me pase a mí'", resumen algunos. Se vota a los mismos partidos que han diseñado el sistema, mientras los servicios públicos se colapsan y la sanidad privada se expande. Aparece la idea de que no hay botón azul que pulsar: o se acepta el declive demográfico con una inmigración poco productiva, o se toman medidas impopulares que ningún partido está dispuesto a aplicar. La conclusión de un análisis sin sesgo ideológico es que, a ciencia cierta, el país se está empobreciendo.
El consenso tácito: no hay solución en las urnas
Las posturas se dividen entre quienes creen que la inmigración actual es un lastre insostenible y quienes señalan que sin ella el envejecimiento sería aún peor. Pero ambos bandos coinciden en que el statu quo es un callejón sin salida. Las reformas estructurales —repatriaciones, eliminación de duplicidades administrativas, centralización— no están en la agenda de ningún partido con opciones de gobierno. Así que el debate, como tantos otros, termina en la misma pregunta: ¿qué shishi vamos a hacer? La respuesta, por ahora, es nada.
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