Kupiansk, a 40 km de Rusia, sigue sin caer
¿Cómo es posible que el segundo ejército del mundo no haya tomado una ciudad que está a 40 kilómetros de su propia frontera? Esa es la pregunta que sobrevuela cada parte de la guerra en el noreste de Ucrania, y la que explica por qué Kupiansk se ha convertido en el termómetro más incómodo para Moscú. Las autoridades regionales de Járkov ordenaron a principios de mes la evacuación obligatoria de los civiles próximos al frente ante los bombardeos diarios. Unas 600 personas han salido del distrito en diez días, más de 120 de ellas niños, según el responsable de un grupo de voluntarios que asiste a quienes huyen. El fiscal general ucraniano detalló una jornada de tres ataques consecutivos sobre la propia ciudad: un hombre de 45 años hospitalizado en estado grave por la mañana, tres civiles heridos —entre ellos un asistente médico de emergencia y una mujer de 20 años— al mediodía y un policía por la tarde. Viviendas, coches, garajes, una oficina de correos y un gasoducto, entre lo dañado. El gobernador de Járkov elevó a once los civiles heridos solo en el bombardeo matinal, siete de ellos graves.
¿Por qué Rusia no toma Kupiansk si está a 40 km de su frontera?
Porque la distancia no es el problema; el problema es la
defensa. Kupiansk y el territorio circundante quedaron bajo control ruso durante meses y luego fueron recuperados por Kiev, lo que dejó una línea fortificada que Moscú lleva desde agosto intentando doblegar sin éxito. El Ministerio de Defensa ruso ha llegado a anunciar la captura de «alturas clave» y de fortalezas enemigas en la zona, además de pérdidas «significativas» ucranianas. Es el tipo de parte que se lee mejor con la calculadora al lado: si el avance fuera real, la artillería rusa no tendría que golpear el centro urbano, porque la retaguardia enemiga estaría ya a tiro. Ese detalle, el del fuego que cae sobre el casco urbano, es el que delata dónde está de verdad la línea de contacto.
El desgaste funciona en las dos direcciones. Hay quien sostiene que a Kiev le conviene estirar el frente oriental para obligar a Moscú a quemar reservas en un terreno que no decide nada, mientras la contraofensiva del sur busca puntos débiles. En contra pesa un argumento simple: cada semana que Kupiansk aguanta, Ucrania también gasta brigadas que no puede reponer. El mando ucraniano ya ha tenido que reorganizar unidades por pérdidas críticas, según los partes que circulan sobre la zona forestal de Kupiansko-Masyutovsky.
Avdiivka y Kupiansk: dos ofensivas rusas, el mismo atasco
El patrón se repite a pocos cientos de kilómetros. En Avdiivka, en la región de Donetsk, las fuerzas rusas llevan desde octubre lanzando asaltos con columnas blindadas que se han convertido en el material más difundido de la guerra: vehículos en fila avanzando por pasillos minados, alcanzados uno tras otro. Las cifras que maneja la parte ucraniana hablan de más de 60 blindados y 200 soldados perdidos en un solo empuje que no consiguió cerrar el cerco. El propio Vladimir Putin habría reencuadrado el relato para presentar la operación como una «defensa activa», una forma elegante de decir que el ataque no salió.
La coincidencia de calendario no es casual. Moscú abrió presión simultánea sobre Avdiivka, Kupiansk y Lyman en un momento en que la atención internacional se desplazaba hacia Oriente Próximo. La tesis del desgaste preventivo —atacar antes de que lleguen los refuerzos y el material prometido— tiene lógica militar, pero exige algo que Rusia no ha demostrado en veinte meses: capacidad de romper una línea defendida sin destruir antes la ciudad entera.
La evacuación que nadie quiere ordenar del todo
«Si dijera que la evacuación va bien, sonaría como un poco de sarcasmo», resumió en televisión el responsable de un grupo de voluntarios que ayuda a los civiles a salir. Su diagnóstico es el más lúcido de todo el asunto: lo peor de evacuar no es la logística, es que la gente lleva tanto tiempo viviendo bajo bombardeos que se ha acostumbrado. En una aldea del distrito, solo después de que la artillería arrasara dos calles enteras empezaron las familias a marcharse. Convencer a alguien de que estará más seguro en un dormitorio de otra ciudad que en la casa que ha levantado con sus manos es una conversación que no se gana con folletos.
La evacuación obligatoria, además, tiene un problema político: puede acabar siendo forzosa, al menos para las familias con niños y las personas con movilidad reducida. Y ahí aparece el otro frente, el que no sale en los mapas. En el distrito hay simpatías prorrusas que complican la vida a soldados y policías ucranianos: defender una ciudad donde una parte de los vecinos no te quiere es una ecuación que ninguna brigada resuelve con fuego.
El resultado, a la fecha de esta discusión, es una ciudad a 40 kilómetros de Rusia que sigue en pie, un ejército que dice haber tomado alturas y no consigue entrar en el casco urbano, y una contraofensiva ucraniana que tampoco ha llegado a Melitopol. Los dos bandos venden avances que sus propias líneas desmienten. Lo único verificable es lo de siempre: los que se van con una bolsa y los que se quedan porque ya no recuerdan cómo era el silencio.