Huelga del 8M de 2020: nueve adjetivos y el domingo en contra
La huelga feminista de 2020 no se anuncia como huelga. Se anuncia como
plurinacional, antirracista, transgeneracional, disidente, transfeminista, lesbofeminista, inclusiva, anticarcelaria e internacionalista. Nueve etiquetas en una sola línea, firmadas por la Coordinadora Feminista 8M para los días 8 y 9 de marzo. Y un detalle de calendario que nadie eligió: el 8 de marzo de 2020 cae en domingo, el día en que, por definición, casi nadie trabaja.
Qué significa cada apellido de la convocatoria
La retahíla de adjetivos es lo primero que salta a la vista, y también lo primero que se discute.
Transgeneracional es el término que más desconcierto genera: la propia convocatoria no lo desarrolla y hay quien pregunta abiertamente qué aporta al llamamiento. La lectura más habitual entre los críticos es que apila causas ajenas al mercado laboral —antirracismo, disidencia, abolicionismo carcelario— bajo el paraguas de una huelga que, sobre el papel, debería hablar de salarios, jornadas y cuidados.
El diagnóstico más repetido es que
cuantas más etiquetas, más se divide a la base a la que se quiere movilizar. No es una objeción nueva: es la tensión clásica entre ampliar el marco y diluir la demanda. Con nueve apellidos, la convocatoria cubre a mucha gente y no interpela a nadie en concreto.
El 8M cae en domingo: la huelga que no se puede hacer
Aquí está el problema material. Una huelga general es una
paralización de la actividad productiva; si el día señalado es domingo, no hay actividad que paralizar y el gesto queda en declaración de intenciones. De ahí la ocurrencia recurrente de trasladar el paro al lunes 9, día en el que la convocatoria también se extiende, y a la que se agarra medio debate con sorna:
el calendario, culpable de todo.
La coincidencia con festivo dominical no invalida la manifestación, pero sí vacía de contenido la parte de huelga. Es el tipo de detalle que un convocante serio mira antes de publicar el cartel.
Anticarcelaria, pero con más gente en prisión
El adjetivo que más incoherencias destapa es
anticarcelaria. El argumento que circula es de lógica elemental: si la reivindicación estrella de la jornada es endurecer penas y ampliar el número de condenados, el abolicionismo penal se queda en la pancarta. Un eslogan de nueve palabras declarándose antisistema mientras el grueso de la movilización pide precisamente más sistema. Se discute menos si es contradictorio que si el contradictorio importa a alguien.
El apoyo familiar se está agotando
El dato más incómodo no viene de la oposición, sino de las que fueron a las primeras ediciones. En 2018, la primera huelga del 8M, muchas familias se volcaron: hubo quien se manifestó con su madre y con su abuela de
93 años en un pueblo de apenas
100 habitantes, y quien perdió parte del sueldo por secundar el paro. Ese capital de simpatía doméstica es hoy el que se está quemando. El testimonio que se repite es el de mujeres que este año no piensan acudir, cansadas de un rumbo que ya no reconocen como propio.
El otro flanco y el ruido de fondo
Parte de la conversación no discute la huelga, sino su marco institucional: se sostiene que una convocatoria de este tipo se apoya en estructuras públicas y que su coste lo paga el contribuyente sin pasar por ningún debate parlamentario. En paralelo aparece el episodio de unas pintadas contra el líder de VOX, que él mismo llevó al terreno judicial: según los mensajes que recoge el asunto, la asociación denunciada se define como asamblea feminista anticapitalista no-mixta y el caso habría quedado en manos de un juez. Son hechos que en el momento de la discusión seguían sin resolverse.
Y al final del periodo, casi como coletazo, alguien pregunta si nos acordamos de cuando el covid estaba bajo control. Faltaban días para saber lo que venía.
Qué cabe esperar
La convocatoria llegará a marzo, tendrá seguimiento desigual y el domingo le restará músculo medible. Si el apoyo familiar se enfría al ritmo que indican los testimonios, la próxima edición tendrá menos base y más cartel. Dicho esto, pronosticar el tamaño de una huelga feminista con un año de antelación es lo más parecido a adivinar, y este texto no va a hacerlo.