La acción que subió un 140% en una semana y volvió a 1,47
Una acción puede multiplicar su valor en cinco sesiones y seguir arruinando a quien la compró. Eso es exactamente lo que le ocurrió a Codere en el otoño de 2013: arrancó septiembre en torno a los
1,35 euros, tocó los
2,89 a finales de mes —un 140% en siete días— y, mediados de noviembre, agonizaba en el entorno del
1,47. Entre medias, miles de inversores particulares entraron confiando en la predicción de un solo hombre, un funcionario que gestionaba un blog de análisis técnico y que prometió un objetivo de
4,13 euros. La historia de cómo se construyó y se desmoronó ese relato —y de lo que revela sobre la bolsa española de pequeña capitalización— es la historia de un mecanismo viejo que sigue repitiéndose.
El valor secreto y la promesa del 50%
Empezó con un mensaje enigmático: «ya he localizado otro valor con gran potencial alcista», decía su autor, para perfiles arriesgados, con un potencial de subida de «un 50% como mínimo». No dio el nombre. Invitó a quien quisiera saberlo a escribirle un mensaje privado. Decenas lo hicieron, a cuentagotas y con la bandeja de entrada saturada, y el valor acabó siendo
Codere, la operadora de casas de apuestas y salones de juego.
El argumento, sobre el papel, tenía cierto armazón: la empresa presentaba resultados el 30 de septiembre, había «finalizado su tendencia bajista» y sus indicadores apuntaban a un «escape al alza». El propio autor reconocía que las últimas noticias «no eran muy positivas» pero sostenía que era «valor seguro». Nadie en aquel momento recordaba, o casi nadie, que un servicio de análisis independiente le había respondido por escrito que las acciones de la compañía «continúan valiendo cero euros» y que su cotización sería «tan extraña e imprevisible como lo que pasó con las acciones de Bankia».
La respuesta al mensaje original resume el clima: un participante admitía haber enviado el privado porque «la curiosidad mató al gato». Otro lo dejaba claro sin rodeos: «siempre me interesa ver los valores que propone la gente aunque nunca me fío de lo que se dice en internet».
De 1,35 a 2,89: el pelotazo que nadie cerró a tiempo
La acción hizo honor al pronóstico. La predicción de un cierre en 1,50 euros se cumplió casi al céntimo. Después llegó el estallido: el valor superó «como si fuera mantequilla» una resistencia que el propio recomendador había señalado en 2,26 euros y llegó a marcar un máximo de
2,89. El movimiento se cerraba con una subida del
140% en una semana.
Aquí es donde la narración se vuelve interesante. En lugar de recoger beneficios, el relato se endureció. El nuevo objetivo pasó a ser
4,13 euros, con un escenario «de onda extendida larga» que llevaría el precio hasta los
5,25. Se habló de «subida libre hasta 1,85 euros». Se anunció que el 4 de octubre el valor alcanzaría los 2,80. Y se dio una instrucción clave: nada de stops de pérdida. «Los stops se ponen mentalmente», argumentaba, porque colocar órdenes automáticas «le das pistas a los grandes brokers del sentimiento de masa y suelen barrerlos».
Ese detalle —renunciar al stop— es el que convierte una apuesta en una trampa. Quien entró en la cresta y no puso límite se quedó dentro mientras el precio iniciaba el camino de vuelta.
Los que compraron en lo alto y el día de la marmota
La parte final del material es un descenso lento y repetitivo. Las cotizaciones que se van leyendo en el propio intercambio dibujan una caída sin freno: 1,64, 1,62, 1,59, 1,57, 1,61 tras la subasta de octubre y, ya en noviembre, un goteo de 1,51 a 1,47 y al
1,46 del cierre. Un participante lo resumía con humor negro: «Día de la marmota y tal». Otro constataba lo evidente: «1,47 a este paso terminamos peor que ayer».
Los testimonios de posiciones concretas muestran el sesgo del que avisa cualquiera que haya operado en valores ilíquidos. Un inversor contaba tener Campofrio a una media de
4,97 euros, Solaria a 0,645 y Codere a 1,25, esperando cada uno en su nivel sin stop de protección. Otro reconocía haber vendido por nervios a 1,90 y haber recomprado después a 2,37, «a contracorriente». La estadística de estas operaciones rara vez se cuenta: lo que se recuerda es el acierto puntual, no la media.
Por qué los chicharros se mueven con 3.000 euros
A lo largo del intercambio aparecen varios análisis que, sin nombrarlo, describen el problema estructural de la bolsa española de pequeña capitalización. «Están moviendo la cotización con 3.000 euros», se escribía con sorna, pidiendo que alguien metiera «300.000 en largos». Otro participante lo formulaba con más crudeza: las empresas con tan poca capitalización «las menean con 4 duros».
La conclusión de ese grupo de críticos era implacable: en un chicharro «no vale ni el técnico, ni el fundamental, ni la madre de todos los Coderes. Es lo que decida el cuidador y las manos fuertes a cada momento». De ahí que algunos hubieran emigrado a valores estadounidenses, donde «hay mucha más variedad y sin tanto mamoneo».
Un análisis más técnico del riesgo añadía el otro ingrediente: en empresas con poca liquidez, «muchas pueden hacer Default en cualquier momento», por lo que la posición debe ser «muy pequeña sobre el tamaño de nuestra cartera». Ese razonamiento se comparte a menudo; se practica menos.
El final: acusaciones, denuncia y el patrón de siempre
El material termina con el giro previsible. Un participante reproduce el anuncio de una supuesta denuncia ante la sección de Delitos Telemáticos de la Guardia Civil contra el responsable de las recomendaciones, al que identificaba por nombre y apellidos, por un presunto delito de estafa. La reacción del resto oscila entre la incredulidad y la resignación: alguien compara el espectáculo con un programa de testimonios televisivos, otro apunta que ni el propio administrador del sitio se libró de las pérdidas.
Conviene ser cuidadoso con esto: la denuncia es una afirmación recogida en el intercambio, no una condena. Lo que sí queda documentado es el mecanismo. Un recomendador sin acreditación alguna construye una comunidad cerrada —privados, cursos, promesas de blog y lecciones—, acierta una vez, capitaliza el acierto y amplifica los objetivos hasta cifras imposibles. Cuando el precio se da la vuelta, la comunidad descubre que no había red debajo.
Hay un detalle casi cómico en el relato: el autor del método también recomendaba canalizar «energía positiva» para que la cotización subiera y sostenía que quien pensara en negativo sería «castigado». La mezcla de pseudotécnica y liturgia es, en el fondo, el indicador más fiable de que algo va mal.
El patrón se repetirá. Llegará otro valor con nombre reservado, otra promesa de rentabilidad extraordinaria, otro grupo de personas cansadas de ganar poco y con prisa por el pelotazo. La pregunta no es si volverá a pasar. Es cuántos de los que hoy leen 1,47 euros en pantalla recuerdan que llegó a marcar 2,89.