Comer se encarecerá un 200% en 2027: la letra pequeña del aviso
¿De verdad falta tan poco para que la cesta de la compra se multiplique por tres? Los avisos que circulan estos días hablan de una triplicación del precio de los alimentos para 2027, y las culpas se reparten entre la guerra de Ucrania, el conflicto con Irán y hasta el cambio climático. La realidad, como siempre, es más incómoda: hay un mecanismo concreto que explica buena parte del encarecimiento, y no pasa por la política española.
El dato que lo resume: el abono nitrogenado se fabrica con gas natural, y ese insumo supone entre el 72% y el 85% del coste de producción del amoníaco. De ahí sale la urea y de ahí, el rendimiento por hectárea. El pico de gas de 2021 y 2022 no se trasladó a la frutería de inmediato: llegó con un año largo de retraso, y ahora se le suma el riesgo de que el estrecho de Ormuz se convierta en un cuello de botella definitivo.
El gas que se come la cosecha
La explicación no necesita villano: la síntesis de amoníaco usa el gas como materia prima, no solo como combustible. Cuando el gas se dispara, el fertilizante se encarece; cuando el fertilizante se encarece, el trigo, el maíz y hasta el brócoli terminan pagándolo en el lineal. El corredor de Ormuz pesa más en el saco de abono que en el gasóleo del camión, porque sin amoníaco no hay urea, y sin urea no hay cosecha que valga.
Los precios ya lo están reflejando. En Mercadona, un brócoli que hace nada estaba a 0,99 euros se encuentra ahora a 3. Las manzanas “baratas” salen a 1,5 euros la pieza, y una docena de huevos ha superado los 3,3 euros (30 unidades ya no bajan de 10). Son anécdotas, pero apuntan a una tendencia que los modelos oficiales no terminan de capturar.
Las reservas de petróleo que tapan el sol con la mano
El otro factor que la discusión pública está pasando por alto: las reservas estratégicas de crudo. Estados Unidos, los países de la OTAN y China están liberando millones de barriles para contener los precios. El truco funciona unos meses, pero no es eterno: las reservas estadounidenses durarían unos cuatro meses, las chinas ocho y las europeas apenas tres. Cuando se agoten, los mercados se jugarán el barril a 200 dólares, y la factura alimentaria irá detrás.
Hay quien sostiene que el problema es de demanda, no de oferta: si las terrazas siguen llenas y se venden coches de gama alta, la economía no va tan mal como se grita. Otros, en cambio, ven una agenda deliberada de los gobiernos occidentales para reconfigurar el consumo, con el cambio climático como excusa perfecta: lo malo nunca es culpa del gobernante, sino del gobernado.
¿Quién paga la factura?
El debate político se ha reducido a un pulso entre culpables: quien dice que es la guerra, quien dice que son las políticas ecológicas de Bruselas, quien señala al Gobierno de turno. Pero los cálculos sobre Ormuz, fertilizantes y reservas estratégicas sugieren que la factura será global y llegará a todas las economías, gobierne quien gobierne. El 70% de los españoles que se creen clase media tendrán que asumir que su nivel de vida admite ajustes, aunque nadie está dispuesto a decirlo tan claro.
En 2027, cuando el brócoli pueda costar 9 euros, maldeciremos a los mismos de siempre. Pero el mecanismo que nos lleva hasta ahí se escribió hace años, en las plantas de amoníaco que dependen del gas ruso y en los petroleros que atraviesan Ormuz. Ironía fina: quizá el único lujo que quedará será recordar estos 3 euros como los buenos tiempos.