Juana Dolores y el odio de clase oculto tras el procés
El 25 de agosto de 2026, la escritora y dramaturga Juana Dolores, de 34 años, dinamitó su propio pasado. En una entrevista en TV3, recogida por El Mundo, reconoció que estuvo quemando contenedores en Urquinaona junto a chavales de 16 años de la Zona Franca y que aquello «no iba solo de independencia, iba de odio de clase». Ahora sostiene que el independentismo está en manos de «unos amargados racistas» y se plantea dejar de escribir en catalán.
El giro no es menor. Juana Dolores fue durante años un icono del activismo cultural independentista. Su nuevo discurso reivindica el papel de la población trabajadora castellanohablante en la defensa del catalán y rechaza la idea de que esta lengua pertenezca a las élites. La respuesta del sector más identitario no se hizo esperar: se le recuerda su origen antes que su militancia. Poco importa que se dejara la piel en la calle: el apellido y la cuna pesan más que años de procés.
El procés como negocio de élites: la lectura económica
Hay una lectura que va más allá de la anécdota biográfica y conecta con la economía. El relato independentista, sostienen los análisis más escépticos, fue la cortina de humo perfecta para una burguesía que perdió su tejido industrial con la entrada en la Comunidad Europea y vive hoy del turismo y del presupuesto de la Generalitat. Los chiringuitos del proceso, las subvenciones y los cargos a dedo sustituyeron a la fábrica como herramienta de cohesión social.
Esa élite, apuntan, ya no tiene dinero que repartir para comprar voluntades. Desde 2017 opera en respiración asistida, con el ejecutivo autonómico controlado desde Moncloa. La «ventana de oportunidad» que se abrió en 2012 se cerró en falso: el censo que la sostuvo ha envejecido, y en la Cataluña de 2026 más de la mitad de la población con menos de 50 años no tiene nacionalidad española.
El paisaje urbano acompaña el cambio. En barrios que fueron baluarte del catalanismo popular, como Sants o Gracia, el comercio se ha reorientado al turista y el vecindario hacia población extranjera. Quienes describen esa transformación resumen el resultado con una imagen: el poder popular catalán que se cantaba en las manifestaciones se reduce hoy a ancianos con andador.
¿Racismo o tribalismo de clase?
A la pregunta de si el independentismo es racista, las respuestas se bifurcan. Una corriente responde con otra pregunta: ¿de qué raza son los catalanes? Y sostiene que lo que se denuncia como racismo es, en realidad, un clasismo identitario que usa la lengua y la ascendencia para marcar distancia con el trabajador inmigrante castellanohablante, incluso cuando ha asumido la cultura catalana.
La otra corriente lo ve más simple: no hace falta un tratado de sociología para leer la acusación de «amargados racistas» como la constatación de una cultura política que mide la pertenencia por la lealtad al relato, y no por los hechos.
Que esta historia la cuente ahora alguien que quemaba contenedores en Urquinaona es, como mínimo, incómodo. El caso no es una anécdota de famosa arrepentida; es el punto ciego donde el relato independentista, falto de resultados económicos y de recambio demográfico, se encuentra con la realidad de quienes lo hicieron posible. Y ahí el análisis se queda, sin un consenso: ¿cambio de convicciones o nuevo cálculo de oportunidades? El tiempo, y las próximas subvenciones, lo dirán.