ATARAXIO
Madmaxista
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Un episodio especialmente significativo para la eliminación de este tributo fue el del fallecimiento de Sally Kistner, la viuda del presidente de la farmacéutica Astra, compañía que luego se fusionaría con la inglesa Zeneca para crear el conglomerado AstraZeneca. El grueso de la fortuna de Sally Kistner estaba invertido en su empresa, de manera que sus herederos se dispusieron a vender una parte significativa de sus acciones para hacer frente al oneroso pago que exigía el Impuesto de Sucesiones y Donaciones.
El valor de la empresa se desplomó en bolsa, ya que los accionistas anticipaban esa venta masiva de participaciones por parte de la familia Kistner. Además, los herederos se vieron obligados a pagar también el impuesto al ahorro derivado de la venta de las acciones, así como un tipo máximo del Impuesto sobre la Renta que rondaba el 60 por ciento. Semejante combinación de impuestos terminó arruinando a los Kistner, que no solo se quedaron sin un céntimo de su herencia, sino que además se vieron obligados a declararse en quiebra.
Casos como el de los Kistner generaron fuertes críticas y abonaron el terreno para acabar con el Impuesto de Sucesiones y Donaciones. De hecho, los medios de comunicación se hicieron eco de numerosos casos de empresas familiares cuya transmisión de generación en generación se convertía en un infierno a raíz de las draconianas exigencias del fisco. No hablamos de una cuestión menor: al menos 200.000 trabajadores y 50.000 empresas habrían sufrido un golpe considerable si no hubiese eliminado este tributo.