Los 70 no fueron feos por casualidad: petróleo, plomo y muebles marrones
Hubo una década en que el mundo entero, del Reino Unido a Japón, se puso de acuerdo en una cosa: en vestirse y amueblarse fatal. Quien nació a principios de los 70 lo vio claro desde crío. No era solo la pobreza española ni la incultura del país. Los países ricos daban la misma penina. La crisis del petróleo, el abandono del patrón oro, la revolución iraní, el terrorismo de ETA, el IRA y la Baader-Meinhof en Alemania coincidieron con un cambio de paleta cromática que hoy parece un chiste.
Paco, en el sentido de cutre, fue un fenómeno internacional.
El debate sobre por qué los 70 fueron tan
pacos lleva 776 días abierto y ha derivado en algo más interesante que la nostalgia: una autopsia estética y económica de una década que quedó atrapada entre dos mitos, los 60 y los 80.
Qué pasó con la estética de los años 70
La queja estética es unánime entre quienes lo vivieron. Los papeles pintados, los tonos bilis, los muebles marrones, las calefacciones y las emisiones de los coches. Londres, París, Ginebra, Nueva York y Tokio eran cutres a la vez. No era una impresión española: era un patrón global. Hay quien sostiene que la publicidad y las revistas de decoración de la época exageraban ese tono deprimente, y que en la vida real la atmósfera era más nítida. Pero la sensación de fealdad generalizada está documentada hasta en los colores de la televisión, que pasó al color precisamente entonces.
El contraste con las décadas vecinas es brutal. Los 50 fueron más elegantes, los 60 una transición con estilo, y los 80 recuperaron el color y el exceso. Los 70 se quedaron en medio, con la crisis energética y la resaca del
jipismo como telón de fondo.
La economía que explica el color marrón
La crisis del petróleo de 1973 y la de 1979 marcaron la década. El abandono del patrón oro, la revolución islámica en Irán y el terrorismo en Europa completaron el cuadro. En España se sumó la transición. El fútbol tampoco ayudó: la Holanda de Cruyff practicó el fútbol total y no ganó nada. La selección española se perdió los mundiales del 70 y del 74. La final de Copa de Europa del Atlético contra el Bayern y la Recopa del Barça fueron lo poco destacable.
Hay quien añade un factor químico: la gasolina con plomo jodió a toda una generación. Y un factor geopolítico: el atentado del Ejército Rojo japonés en el aeropuerto de Tel Aviv fue, en palabras de un participante, el atentado más absurdo de la historia.
Los 70 no fueron tan malos para todos
Frente al relato de la década horrible, hay una corriente que reivindica lo contrario. Los 70 fueron años estupendos en todos los sentidos, según esta visión. Las familias de clase media veraneaban tres meses. Existía la figura del Rodríguez: el padre trabajaba en la ciudad y la madre y los abuelos se ocupaban de los niños en el pueblo. Con un solo salario. En los 60 y 70 un niño podía pasar más de dos meses de vacaciones con hermanos y primos en el pueblo, bañándose en una balsa de riego con el agua fresquita, cazando ranas y cualquier bicho viviente. Felices años que las generaciones de la pantallita difícilmente podrán igualar.
La huelga general de 1988 contra Felipe González, que no hizo puto caso, cerró esa transición. A pesar del paro, daba la impresión de que las cosas iban a mejor.
Los 70 como culmen de la civilización del ladrillo
Una tesis más ambiciosa sitúa los 70 como el culmen de la civilización creada tras la Segunda Guerra Mundial. Tocó techo y murió de éxito, como los hititas, los micénicos o los asirios. La época 90-2008 fue mejor en inventos útiles, según esta lectura. Desde el iPhone en 2010, nada. Solo gilipolleces y cosas antinaturales como el metaverso.
La arquitectura también pagó el pato. En Madrid se derribó el Palacio de los Medinaceli y el hotel Florida en la Plaza Callao para levantar Galerías Preciados. Salvajadas urbanísticas que en Alemania o en los países excomunistas se revirtieron. Aquí no.
La pregunta que queda abierta
¿Fue la década más fea del siglo XX o solo la más incomprendida? La respuesta depende de si uno mira los muebles o la cuenta corriente de la abuela. Lo que está claro es que el color marrón no volvió.