Felipe V, el rey que croaba: la salud mental de los primeros Borbones
Felipe V se creía una rana. No es una metáfora: el primer Borbón de España pasó sus últimos años convencido de que era un anfibio, con episodios de agitación alternados con depresiones que hoy se diagnosticarían como trastorno bipolar. La anécdota ha reabierto el debate sobre la degeneración de la dinastía, aunque el tema da para más matices que la simple caricatura.
La conversación se apoya en el caso de Fernando VI, hijo de Felipe V. Tras la muerte de su esposa Bárbara de Braganza, el rey entró en una espiral de deterioro mental que le llevó a conductas extremas. Las crónicas de la época y los historiales médicos describen que llegó a ingerir sus propias heces en sus últimas semanas. Fernando VI falleció el 10 de agosto de 1759, tras un año de descomposición neurológica rápida que algunos asocian a un tumor cerebral.
Las explicaciones no se ponen de acuerdo. Unos apuntan a la consanguinidad como causa de los problemas psiquiátricos; otros recuerdan que los Borbones, a diferencia de los Habsburgo, no practicaron el mismo nivel de endogamia. Ciertas hipótesis, más conspirativas, sugieren que el plomo de sartenes y cañerías de la época podría estar tras los delirios. El intercambio deja caer una teoría sobre la vajilla real que no aparece en las biografías oficiales. Y no falta quien defiende la vieja teoría de que la inteligencia y la esquizofrenia caminan juntas, aplicándola a las élites.
El debate, inevitablemente, deriva hacia la política. Hay quien lo resume con una ocurrencia: “Muchos reyes fueron y vinieron, pero ahora mandan los usureros”. Una frase que, en tiempos de crisis de representación, resuena más de lo que parece.
La cuestión clínica sigue abierta. No hay forma de diagnosticar retroactivamente con certeza, y las teorías van del plomo a la genética. Lo previsible es que cada generación proyecte sus propios miedos sobre la monarquía. Felipe V, croando en su palacio, ya no puede defenderse.