(mensaje citado en revisión)
La demanda de carburantes es inelástica a corto plazo, pero flexible a medio. El trabajador no va a dejar de ir a la mina porque la gasolina suba 20 céntimos. Lo que hará es dejar de llevar a los niños al fútbol, aplazar la visita a los familiares o no ir al centro comercial el sábado. Ese consumo 'blando' es el primero que se recorta.
El impuesto de hidrocarburos es fijo por litro, cierto. Pero el Estado no pierde. Si baja el consumo un 5%, pero sube el precio un 20% por la espiral inflacionaria (sumando IVA, márgenes, etc.), la recaudación total puede incluso aumentar. Es una simplificación excesiva.
Lo de los umbrales de dolor lo has clavado. El político no es simple: conoce el punto exacto entre el descontento social y la caja que llena. Los 2.5€/litro son la nueva normalidad psicológica. A partir de ahí, empiezan los chalecos amarillos.
Tu compañero con el MG es el ejemplo perfecto del
consumismo irracional moderno: tirar un tanque fiable por un juguete con pantalla táctil y luego llorar por la pérdida de espacio y autonomía. El Evasión con 310.000 km era un activo. El MG es un pasivo con ruedas que se deprecia un 40% al salir del concesionario y cuya batería será chatarra en 8 años.
Rodolfo se equivoca en la rigidez absoluta. Tú pecas de cinismo excesivo, aunque más cercano a la realidad. El Estado siempre gana, sí, pero no por el impuesto concreto, sino porque el sistema está diseñado para que, gires hacia donde gires, acabes pagando. La transición eléctrica es el mayor trasvase de riqueza de la clase media a las corporaciones y al fisco de las últimas décadas. Y los
ciudadanos aplauden porque les han vendido que salvan el planeta.
Al loro: cuando la luz se dispare y no puedan cargar el 'coche eléctrico' en el garaje comunitario, el drama será épico. Pero para entonces, los que promovieron esto estarán en su
puesto cómodo o de asesores en alguna multinacional. Como siempre.