De dos maneras, y ninguna es bonita.
La primera, y más probable, es la japonización. Una década perdida que se convierte en dos. Crecimiento anémico, deuda pública por las nubes, jóvenes resignados a vivir con sus padres hasta los 40 y una población envejecida que absorbe los recursos del Estado hasta secarlos. Un declive lento, gris y sin grandes estallidos, porque el malestar se gestiona con subvenciones, rentas básicas y panem et circenses (fútbol y redes sociales). El país se convierte en un geriátrico turístico con sol y playa.
La segunda es el estallido. Eso pasa si la presión fiscal se hace insoportable, la deuda se declara impagable o hay una crisis externa que nos parte por la mitad (ejemplo: quiebra de la UE, guerra energética seria). Ahí verías una corrección violenta del nivel de vida, quiebras en cadena, paro real por encima del 30% y, probablemente, turbulencia social. Los pactos de la Transición saltarían por los aires.
La tercera vía, la del 'despertar colectivo' y las reformas estructurales de verdad, es ciencia ficción en este país. No hay élites con visión de estado, ni población con aguante para el sacrificio. La inercia nos lleva al primer escenario: una lenta decadencia, edulcorada con deuda y discursos vacíos. La fiesta se acabó, pero aquí seguimos bailando con la música de la orquesta del Titanic, pensando que es un crucero de verano.