¿Alguno de aquí se ha chutado caballo?

RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

Lo que se siente al chutarse caballo: euforia divina y caída al infierno «Durante el colocón te sientes un puto dios; cuando se pasa, te sientes escoria». La descripción, cruda y sin filtro, resume la experiencia de quien ha probado la heroína: un pico de placer absoluto seguido de un vacío que solo se llena con otra dosis.

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¿Que se siente?

Yo solo txinos, durante el colocón te sientes un puro dios y hasta la fruta guano que pulula por este foro te parecerían que son las mejores personas de este planeta.

Después cuando se te pasa el colocón y hasta que consigues para un nuevo colocón pues te sientes tan fruta guano como la fruta guano que pulula por este foro.

Espero haberte ayudado en tus dudas existenciales.

Saludos.
 
En un trabajo conocí a un compañero que decía haberlo probado, y puedo asegurar que NO SE HABÍA ENGANCHADO.

no debe ser lo habitual pero me creo su testimonio por cosas que no vienen al caso.
 
Un artista vanguardista del París años veinte.

En 1931, Pierre Drieu la Rochelle escribió El fuego fatuo, novela sobre la vida y quitarse la vida, sucedido en 1929 con 30 años de edad, de su amigo Jacques Rigaut (Alain en la novela), poeta surrealista y dadaísta parisino.

"Sin embargo, aún no había una perfecta regularidad en su hábito y podía soportar las interrupciones; cuando encontró a Dorothy logró, en su honor, una abstinencia casi completa durante varios meses.

Pero volvió a las andadas y, de repente, sintió todo su ser preso de una garra desconocida e inexorable. Regularidad obligatoria, cadencia continua, aumento de las dosis. Empezó a tener miedo, tanto más cuanto que Dorothy lo había abandonado en el curso de un viaje por Europa, cosa que de repente le hizo ver la droja como un agente completamente independiente de su voluntad y que por todos los medios le hacía la vida imposible.

Entonces fue cuando quiso desintoxicarse según los ritos, entrando en un sanatorio. Allí se dio plena cuenta de su hundimiento. En medio de los locos y al mando de doctores y enfermeros, volvía a esclavitudes primarias: colegio y cuartel. Tenía que reconocerse niño o morir.

Y tras alcanzar el punto abstracto e ilusorio de la desintoxicación, es decir, al no absorber nada de droja, se acabó de dar cuenta de lo que era la intoxicación. Aunque parecía estar físicamente separado de la droja, todos sus efectos seguían por dentro. La droja había cambiado el tonalidad de su vida y, aun después de haberla dejado, persistía aquel tonalidad.

Toda la vida que le dejaba la droja estaba ahora impregnada de droja y lo conducía hacia la droja. No podía hacer un ademán, ni pronunciar una palabra, ni ir a ningún sitio, ni encontrarse con nadie sin que una asociación de ideas le hiciese pensar en la droja. Todos sus ademanes se enlazaban con el de inyectarse (tomaba la sustancia ilegal en solución); incluso el sonido de su voz no podía hacer vibrar en él más que su fatalidad. La gloria lo había marcado, la droja era la gloria y no podía regresar de la gloria a la vida. No le quedaba más solución que hundirse en la gloria y, por lo tanto, volver a la droja. Tal es el sofisma que inspira la droja para justificar la recaída: estoy perdido, luego puedo volverme a drojar.

En fin, sufría físicamente. Aquel sufrimiento era grande, pero aunque hubiera sido menor hubiera resultado todavía terrible para un hombre cuyas cobardías ante la dureza de la vida se habían conjurado desde hacía mucho tiempo para mantenerlo en aquella evasión completa del paraíso artificial. No había en él ningún recurso que pudiese defenderlo del dolor. Acostumbrado a dejarse llevar por la sensación del momento, incapaz de formarse de la vida una visión de conjunto, en donde se compensaran el bien y el mal, el placer y el dolor, no había resistido mucho tiempo al desvarío sarracena que le producía el dolor físico. Y volvió a drojarse.

Pero entonces las etapas de la droja, al volverlas a recorrer, se le aparecieron con tintes nuevos, apagados.

Veía qué trampa tan mediocre había en cada escalón de su descenso. Ya no era la delicia de adivinar una mentira y dejar que se ocultara tras la seductora máscara de la novedad: ahora un malo sobrecargado de trabajo despachaba a un cliente más, repitiendo con negligencia una artimaña vieja e cenutrio: «Si hoy tomas un poco, tomarás menos mañana.»

La monotonía diaria, de la que tanto se había quejado, le salía de nuevo al encuentro en el atajo mismo que creía estar disfrutando aquellos días.

También tuvo que reconocer de forma definitiva qué estrechos son los límites con los que actúa la droja. Se trataba únicamente de un tono físico más o menos alto, más o menos bajo, como el que producen el alimento o la salud. «Estoy lleno» o «No estoy lleno». Sus sensaciones se reducían a aquella alternativa puramente digestiva. Sólo se presentaban a su conciencia ideas banales, completamente inspiradas en la vida cotidiana, envueltas en una falsa ligereza. Ya no poseía aquel humor vivo que, mucho antes de la droja, había nacido en él con sus primeros sinsabores, y menos con aquel florecer de sueños prometedores que a los dieciséis años le había proporcionado una corta temporada de juventud.

Finalmente, durante un verano en que no había podido bañarse, ni permanecer mucho tiempo al aire libre, vio con claridad plena la clase de vida que llevan en realidad los drojados: es una vida ordenada, casera, comodona. Una limitada existencia de rentistas que, corriendo los visillos, huyen de aventuras y dificultades. Una rutina de solteronas unidas por una devoción común, castas, agrias, parlanchinas y que se escandalizan cuando oyen hablar mal de su religión.

El terror, el angustia, un resto de vitalidad, el deseo de encontrarse en un estado que le permitiese conquistar a Lydia o reconquistar a Dorothy y, con una u otra, al dinero, le permitieron una acumulación suprema de fuerzas. De ahí esta última tentativa de desintoxicación que se terminaba en el sanatorio del doctor De la Barbinais.

—Sin embargo, no me parece usted tan angustiado como hace algunos días. ¿Siente usted todavía aquellas angustias?
—No siento angustias: vivo en una angustia perpetua.
—Si resiste aún algún tiempo, eso pasará poco a poco.

Alain desviaba la vista para no mirar a aquel hipócrita. Sabía que el doctor, aun cegado por el miedo, poseía al menos la ciencia externa de los médicos mediocres; por lo tanto, mentía como un sacamuelas. ¿Cómo podía hablar de voluntad cuando la enfermedad se encuentra en el mismo corazón de la voluntad?"
 
Yo conocí a un adicto, decía que nada en la vida se podía igualar al dosis ilegal, que era el máximo del estado de relajación.
 
Un artista vanguardista del París años veinte.

En 1931, Pierre Drieu la Rochelle escribió El fuego fatuo, novela sobre la vida y quitarse la vida, sucedido en 1929 con 30 años de edad, de su amigo Jacques Rigaut (Alain en la novela), poeta surrealista y dadaísta parisino.

"Sin embargo, aún no había una perfecta regularidad en su hábito y podía soportar las interrupciones; cuando encontró a Dorothy logró, en su honor, una abstinencia casi completa durante varios meses.

Pero volvió a las andadas y, de repente, sintió todo su ser preso de una garra desconocida e inexorable. Regularidad obligatoria, cadencia continua, aumento de las dosis. Empezó a tener miedo, tanto más cuanto que Dorothy lo había abandonado en el curso de un viaje por Europa, cosa que de repente le hizo ver la droja como un agente completamente independiente de su voluntad y que por todos los medios le hacía la vida imposible.

Entonces fue cuando quiso desintoxicarse según los ritos, entrando en un sanatorio. Allí se dio plena cuenta de su hundimiento. En medio de los locos y al mando de doctores y enfermeros, volvía a esclavitudes primarias: colegio y cuartel. Tenía que reconocerse niño o morir.

Y tras alcanzar el punto abstracto e ilusorio de la desintoxicación, es decir, al no absorber nada de droja, se acabó de dar cuenta de lo que era la intoxicación. Aunque parecía estar físicamente separado de la droja, todos sus efectos seguían por dentro. La droja había cambiado el tonalidad de su vida y, aun después de haberla dejado, persistía aquel tonalidad.

Toda la vida que le dejaba la droja estaba ahora impregnada de droja y lo conducía hacia la droja. No podía hacer un ademán, ni pronunciar una palabra, ni ir a ningún sitio, ni encontrarse con nadie sin que una asociación de ideas le hiciese pensar en la droja. Todos sus ademanes se enlazaban con el de inyectarse (tomaba la sustancia ilegal en solución); incluso el sonido de su voz no podía hacer vibrar en él más que su fatalidad. La gloria lo había marcado, la droja era la gloria y no podía regresar de la gloria a la vida. No le quedaba más solución que hundirse en la gloria y, por lo tanto, volver a la droja. Tal es el sofisma que inspira la droja para justificar la recaída: estoy perdido, luego puedo volverme a drojar.

En fin, sufría físicamente. Aquel sufrimiento era grande, pero aunque hubiera sido menor hubiera resultado todavía terrible para un hombre cuyas cobardías ante la dureza de la vida se habían conjurado desde hacía mucho tiempo para mantenerlo en aquella evasión completa del paraíso artificial. No había en él ningún recurso que pudiese defenderlo del dolor. Acostumbrado a dejarse llevar por la sensación del momento, incapaz de formarse de la vida una visión de conjunto, en donde se compensaran el bien y el mal, el placer y el dolor, no había resistido mucho tiempo al desvarío sarracena que le producía el dolor físico. Y volvió a drojarse.

Pero entonces las etapas de la droja, al volverlas a recorrer, se le aparecieron con tintes nuevos, apagados.

Veía qué trampa tan mediocre había en cada escalón de su descenso. Ya no era la delicia de adivinar una mentira y dejar que se ocultara tras la seductora máscara de la novedad: ahora un malo sobrecargado de trabajo despachaba a un cliente más, repitiendo con negligencia una artimaña vieja e cenutrio: «Si hoy tomas un poco, tomarás menos mañana.»

La monotonía diaria, de la que tanto se había quejado, le salía de nuevo al encuentro en el atajo mismo que creía estar disfrutando aquellos días.

También tuvo que reconocer de forma definitiva qué estrechos son los límites con los que actúa la droja. Se trataba únicamente de un tono físico más o menos alto, más o menos bajo, como el que producen el alimento o la salud. «Estoy lleno» o «No estoy lleno». Sus sensaciones se reducían a aquella alternativa puramente digestiva. Sólo se presentaban a su conciencia ideas banales, completamente inspiradas en la vida cotidiana, envueltas en una falsa ligereza. Ya no poseía aquel humor vivo que, mucho antes de la droja, había nacido en él con sus primeros sinsabores, y menos con aquel florecer de sueños prometedores que a los dieciséis años le había proporcionado una corta temporada de juventud.

Finalmente, durante un verano en que no había podido bañarse, ni permanecer mucho tiempo al aire libre, vio con claridad plena la clase de vida que llevan en realidad los drojados: es una vida ordenada, casera, comodona. Una limitada existencia de rentistas que, corriendo los visillos, huyen de aventuras y dificultades. Una rutina de solteronas unidas por una devoción común, castas, agrias, parlanchinas y que se escandalizan cuando oyen hablar mal de su religión.

El terror, el angustia, un resto de vitalidad, el deseo de encontrarse en un estado que le permitiese conquistar a Lydia o reconquistar a Dorothy y, con una u otra, al dinero, le permitieron una acumulación suprema de fuerzas. De ahí esta última tentativa de desintoxicación que se terminaba en el sanatorio del doctor De la Barbinais.

—Sin embargo, no me parece usted tan angustiado como hace algunos días. ¿Siente usted todavía aquellas angustias?
—No siento angustias: vivo en una angustia perpetua.
—Si resiste aún algún tiempo, eso pasará poco a poco.

Alain desviaba la vista para no mirar a aquel hipócrita. Sabía que el doctor, aun cegado por el miedo, poseía al menos la ciencia externa de los médicos mediocres; por lo tanto, mentía como un sacamuelas. ¿Cómo podía hablar de voluntad cuando la enfermedad se encuentra en el mismo corazón de la voluntad?"
Muy bien el texto, I de A, gracias por traerlo.

Relata con precisión lo que se siente ante la adicción que es lo que de verdad importa.
 
NoooooorLLL !!! Yo he vivido en un narcopiso con dos hermanos yonkis. Te podría contar... La sustancia ilegal es el malo.
 
Un artista vanguardista del París años veinte.

En 1931, Pierre Drieu la Rochelle escribió El fuego fatuo, novela sobre la vida y quitarse la vida, sucedido en 1929 con 30 años de edad, de su amigo Jacques Rigaut (Alain en la novela), poeta surrealista y dadaísta parisino.

"Sin embargo, aún no había una perfecta regularidad en su hábito y podía soportar las interrupciones; cuando encontró a Dorothy logró, en su honor, una abstinencia casi completa durante varios meses.

Pero volvió a las andadas y, de repente, sintió todo su ser preso de una garra desconocida e inexorable. Regularidad obligatoria, cadencia continua, aumento de las dosis. Empezó a tener miedo, tanto más cuanto que Dorothy lo había abandonado en el curso de un viaje por Europa, cosa que de repente le hizo ver la droja como un agente completamente independiente de su voluntad y que por todos los medios le hacía la vida imposible.

Entonces fue cuando quiso desintoxicarse según los ritos, entrando en un sanatorio. Allí se dio plena cuenta de su hundimiento. En medio de los locos y al mando de doctores y enfermeros, volvía a esclavitudes primarias: colegio y cuartel. Tenía que reconocerse niño o morir.

Y tras alcanzar el punto abstracto e ilusorio de la desintoxicación, es decir, al no absorber nada de droja, se acabó de dar cuenta de lo que era la intoxicación. Aunque parecía estar físicamente separado de la droja, todos sus efectos seguían por dentro. La droja había cambiado el tonalidad de su vida y, aun después de haberla dejado, persistía aquel tonalidad.

Toda la vida que le dejaba la droja estaba ahora impregnada de droja y lo conducía hacia la droja. No podía hacer un ademán, ni pronunciar una palabra, ni ir a ningún sitio, ni encontrarse con nadie sin que una asociación de ideas le hiciese pensar en la droja. Todos sus ademanes se enlazaban con el de inyectarse (tomaba la sustancia ilegal en solución); incluso el sonido de su voz no podía hacer vibrar en él más que su fatalidad. La gloria lo había marcado, la droja era la gloria y no podía regresar de la gloria a la vida. No le quedaba más solución que hundirse en la gloria y, por lo tanto, volver a la droja. Tal es el sofisma que inspira la droja para justificar la recaída: estoy perdido, luego puedo volverme a drojar.

En fin, sufría físicamente. Aquel sufrimiento era grande, pero aunque hubiera sido menor hubiera resultado todavía terrible para un hombre cuyas cobardías ante la dureza de la vida se habían conjurado desde hacía mucho tiempo para mantenerlo en aquella evasión completa del paraíso artificial. No había en él ningún recurso que pudiese defenderlo del dolor. Acostumbrado a dejarse llevar por la sensación del momento, incapaz de formarse de la vida una visión de conjunto, en donde se compensaran el bien y el mal, el placer y el dolor, no había resistido mucho tiempo al desvarío sarracena que le producía el dolor físico. Y volvió a drojarse.

Pero entonces las etapas de la droja, al volverlas a recorrer, se le aparecieron con tintes nuevos, apagados.

Veía qué trampa tan mediocre había en cada escalón de su descenso. Ya no era la delicia de adivinar una mentira y dejar que se ocultara tras la seductora máscara de la novedad: ahora un malo sobrecargado de trabajo despachaba a un cliente más, repitiendo con negligencia una artimaña vieja e cenutrio: «Si hoy tomas un poco, tomarás menos mañana.»

La monotonía diaria, de la que tanto se había quejado, le salía de nuevo al encuentro en el atajo mismo que creía estar disfrutando aquellos días.

También tuvo que reconocer de forma definitiva qué estrechos son los límites con los que actúa la droja. Se trataba únicamente de un tono físico más o menos alto, más o menos bajo, como el que producen el alimento o la salud. «Estoy lleno» o «No estoy lleno». Sus sensaciones se reducían a aquella alternativa puramente digestiva. Sólo se presentaban a su conciencia ideas banales, completamente inspiradas en la vida cotidiana, envueltas en una falsa ligereza. Ya no poseía aquel humor vivo que, mucho antes de la droja, había nacido en él con sus primeros sinsabores, y menos con aquel florecer de sueños prometedores que a los dieciséis años le había proporcionado una corta temporada de juventud.

Finalmente, durante un verano en que no había podido bañarse, ni permanecer mucho tiempo al aire libre, vio con claridad plena la clase de vida que llevan en realidad los drojados: es una vida ordenada, casera, comodona. Una limitada existencia de rentistas que, corriendo los visillos, huyen de aventuras y dificultades. Una rutina de solteronas unidas por una devoción común, castas, agrias, parlanchinas y que se escandalizan cuando oyen hablar mal de su religión.

El terror, el angustia, un resto de vitalidad, el deseo de encontrarse en un estado que le permitiese conquistar a Lydia o reconquistar a Dorothy y, con una u otra, al dinero, le permitieron una acumulación suprema de fuerzas. De ahí esta última tentativa de desintoxicación que se terminaba en el sanatorio del doctor De la Barbinais.

—Sin embargo, no me parece usted tan angustiado como hace algunos días. ¿Siente usted todavía aquellas angustias?
—No siento angustias: vivo en una angustia perpetua.
—Si resiste aún algún tiempo, eso pasará poco a poco.

Alain desviaba la vista para no mirar a aquel hipócrita. Sabía que el doctor, aun cegado por el miedo, poseía al menos la ciencia externa de los médicos mediocres; por lo tanto, mentía como un sacamuelas. ¿Cómo podía hablar de voluntad cuando la enfermedad se encuentra en el mismo corazón de la voluntad?"
=D> =D> =D> impresionante
 
Alguna calada le di a algun chino.

Pero como a mi me gustaba endrogarme para salir a divertirme y trinc, no para quedarme aplatanado en un rincon, pues es una droja a la que no hice caso.
 

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