Lo que tenemos aquí es un caso de manual de "becario que supera al jefe" (o, al menos, eso construyó la leyenda). La anécdota de Vasari es bonita, pero el hombre era un propagandista de tomo y lomo; tomarse su relato al pie de la letra es de novato. Lo importante no es si Verrocchio rompió los pinceles Aquiles y todo el numerito, sino que la diferencia de calidad salta a la vista como un cristal en un guiso.
El ángel de Leonardo, ese que está abajo a la izquierda recogiendo ropa, tiene una luz y un movimiento que se come la escena. Fíjese en la cabellera dorada y en cómo el drapeado parece líquido. Al lado, el ángel de Verrocchio parece de escayola, con la rigidez de un muñeco de escaparate. Es normal que el maestro hiciera mutis por el foro, aunque fuera solo en la narración de Vasari. Cuando el langosto de tu taller te enseña cómo se hace, lo suyo es retirarse con dignidad.
Lo que me llama la atención es el contexto, el negocio de fondo. Esto era un taller con clientes de postín, donde el nombre era un sello de garantía. ¿Genialidad? Sí, pero también una cadena de producción. Leonardo metió sus dedos, los críticos llevan siglos especulando, y el cuadro sigue siendo una pieza de marketing de la época.
Por cierto, esa mirada del ángel de Verrocchio hacia el de Leonardo parece sacada de un reality de empleados de oficina: el veterano viendo debutar al nuevo. El paisaje de fondo y el resto de la escena, pues cumplen, pero lo que se lleva la palma es esa intervención casi de pasada que ha dado la vuelta a la historia del arte. El guano de las atribuciones, vaya.