Vlad_Empalador
Será en Octubre
GALICIA
(imagen visible para usuarios registrados)
Un operario trabaja el mejillón en la conservera Roi&Co (Pontevedra).
(imagen visible para usuarios registrados)
Juan B. Cañellas Santiago de Compostela
Santiago de Compostela
Actualizado Viernes,7agosto2026-22:50
AÑADE EL MUNDO EN GOOGLEHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas
«Se acabó aquello de subir a Galicia en verano y ponerse sarracena de marisco por dos duros», sentencia el empresario hostelero Rodrigo Lojo. Al frente de dos restaurantes especializados en producto del mar en Pontevedra y de la pequeña conservera gourmet Roi&Co, contempla desde primera línea el final de una época. El marisco gallego conserva una «calidad extraordinaria», pero ya no llega a las mesas con la abundancia de antes. Determinadas especies escasean, abastecerse exige cada vez más esfuerzo y los precios avanzan al mismo ritmo, con «subidas que llegan hasta el 20%» en bivalvos como la almeja o el berberecho. «Hemos entrado en una nueva realidad. Ahora sólo queda tener paciencia», advierte.
El mismo diagnóstico resuena en todos los eslabones del sector, desde quienes faenan en las rías hasta quienes pesan el género en las lonjas o lo depuran. Y lo hace precisamente cuando Galicia encara uno de los veranos de mayor presión turística de los últimos años, con la previsión de volver a batir récords de visitantes, el eclipse total del próximo 12 de agosto llamado a convertirse en uno de los grandes escaparates de la temporada y el Año Santo Compostelano ya en el horizonte. Más comensales, en definitiva, para una despensa marina que lleva tiempo encogiéndose.
El desequilibrio se aprecia ya con nitidez en el Mercado de Abastos de Santiago de Compostela, donde miles de viajeros se detienen estos días ante unas vitrinas que mantienen intacto su poder de seducción, aunque obliguen a rascarse cada vez más el bolsillo. Desde su puesto, Mari Carmen Ramos señala una almeja babosa de buen tamaño -una de las variedades más apreciadas-, y traduce el encarecimiento en una cifra. «Ahora, una pieza así pasa de los 45 euros el kilo, cuando lo normal era encontrarlo por unos 30. Es una subida enorme», explica.
La falta de género autóctono ha obligado además a completar los mostradores con partidas procedentes, sobre todo, de Portugal y Escocia. La apariencia de abundancia se mantiene, pero bajo el hielo queda cada vez menos producto capturado en la comunidad. «Dependiendo de la especie, resulta imposible encontrar cantidades suficientes en nuestras rías. Del marisco de concha que se vende en los mercados, apenas un 30% es gallego, y en el caso del berberecho no llega ni al 5%», calcula Ramos.
PUBLICIDAD
(imagen visible para usuarios registrados)
Mejillones en Roi&Co.
La escasez, que venía agravándose desde hace años, se recrudeció el pasado invierno, cuando un devastador tren de borrascas castigó el litoral, provocando mortalidades históricas de hasta el 90% en algunos bancos de moluscos. La magnitud del episodio fue tal que el propio Gobierno autonómico se vio obligado a activar un plan de rescate extraordinario dotado con casi 23 millones de euros para el sector y a firmar convenios con hasta 17 cofradías con la esperanza de regenerar cuanto antes las zonas más afectadas.
Pero las rías no entienden de calendarios administrativos ni ofrecen soluciones inmediatas. «Quienes llevamos toda la vida dedicados al mar sabemos que volver a lo de antes, tal y como están las cosas, es imposible. A corto plazo no vamos a conseguir nada. El ecosistema necesita recuperar sus ciclos y puede tardar años en restablecerse», sostiene Antonio Otero, vicepatrón mayor de O Grove, en Pontevedra.
Y ni siquiera esa lenta regeneración resolvería por sí sola el problema. Mientras los bancos pierden capacidad productiva, el oficio se queda también sin manos. En su pósito, por ejemplo, han pasado de rondar los 600 socios en 2014 a no alcanzar hoy los 400, un retroceso que Otero atribuye a la «falta de relevo generacional» y a una burocracia «cada vez más asfixiante». «Parece que hay una política para terminar con los pocos que quedamos dedicados a la pesca artesanal. En el mejor de los casos, nuestras embarcaciones llevan cinco personas y muchas salen con una o dos. No puedes pedirle a un equipo tan pequeño que gobierne el barco, atienda la faena y, al mismo tiempo, esté pendiente de permisos, ayudas y normas cada vez más restrictivas», lamenta.
(imagen visible para usuarios registrados)
Rodrigo Lojo, pontevedrés especializado en producto del mar.
Entre las exigencias que considera más difíciles de cumplir figura la obligación de llevar las capturas pesadas antes de tocar tierra, una tarea que califica de «inasumible» en plena campaña. «No hay personal para hacerlo», insiste. El resultado es una pinza que se cierra por ambos lados: «Se han juntado los dos extremos: hay menos gente pescando y cada vez más bocas comiendo».
En O Grove, como en tantas otras cofradías, los estragos del invierno han obligado además a las mariscadoras a acogerse al paro hasta el próximo año, a la espera de nuevos muestreos que permitan comprobar si los bancos han recuperado la densidad y la talla comercial necesarias para retomar la actividad. En Cabo de Cruz (La Coruña), el panorama apenas cambia: sólo cinco embarcaciones continúan saliendo a faenar y regresan con alrededor de cuatro kilos diarios de almeja japónica y apenas medio kilo de fina por barco, unas capturas que, según reconocen desde la propia entidad, «no dan ni para pagar la gasolina».
Con la pesca bajo mínimos y la demanda al alza, la pregunta cae por su propio peso: ¿Habrá marisco gallego para todos este verano?
Lojo, que ya tiene prácticamente colgado el organización incivil de sold out para toda la temporada en sus restaurantes, evita el alarmismo. «Estamos a mediados de julio y todavía no nos hemos encontrado ni una sola vez con que quisiéramos comprar algo y no pudiéramos conseguirlo. Sigue habiendo acceso al producto, pero para quien esté dispuesto a pagarlo», reconoce.
El perfil del visitante ofrece, al menos, cierto alivio a la hostelería. Según sostiene, el turista que llega a Galicia ha cambiado en los últimos años y está cada vez más dispuesto a pagar por una experiencia gastronómica de alto nivel. «El cliente que viene de fuera busca cada vez más calidad y entiende que un producto extraordinario, que además atraviesa un momento complicado, tiene un precio acorde».
Con todo, aunque el marisco de concha será el que más castigue el bolsillo, las cocinas aún conservan margen para sortear la escasez sin rebajar la carta. «No hay que limitarse a la almeja o al berberecho. La temporada del pulpo acaba de empezar y viene muy bien, y también tenemos nécora o centolla de muchísima calidad a precios similares a los de otros años. Habrá menos libertad para elegir a capricho, pero no faltarán alternativas para quien esté dispuesto a dejarse aconsejar», explica.
La recuperación, en cualquier caso, no será inmediata y la presión sobre los precios amenaza con prolongarse durante los próximos años. Lojo reclama «control, trazabilidad, autocontrol y regeneración», además de respeto por unos ciclos biológicos que no admiten atajos. «No existe una varita mágica. Puedes resembrar las especies, pero si las retiras en el primer desove, solo consigues reponer lo que había. Para recuperar las poblaciones tienen que pasar varias campañas», advierte. La responsabilidad, insiste, corresponde a todos, desde quienes trabajan los bancos hasta quienes comercializan el género y quienes finalmente lo consumen.
El litoral gallego ya ha sobrevivido a otros temporales, cierres y temporadas de escasez, aunque pocas veces había tenido que afrontar una combinación semejante de visitantes al alza, profesionales a la baja y bancos tan castigados. Así que, quien llegue este verano soñando con una fuente interminable de almejas quizá deba hacer caso al camarero y pedir pulpo, nécora o centolla. Tampoco parece el peor de los sacrificios.
El marisco gallego afronta su verano más difícil: "Se acabó aquello de ponerse sarracena por dos duros"
La escasez de algunas especies, como las almejas y berberechos, la falta de mano de obra y la presión turística dejan en situación precaria a la industria... y precios por las nubes(imagen visible para usuarios registrados)
Un operario trabaja el mejillón en la conservera Roi&Co (Pontevedra).
(imagen visible para usuarios registrados)
Juan B. Cañellas Santiago de Compostela
Santiago de Compostela
Actualizado Viernes,7agosto2026-22:50
AÑADE EL MUNDO EN GOOGLEHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas
«Se acabó aquello de subir a Galicia en verano y ponerse sarracena de marisco por dos duros», sentencia el empresario hostelero Rodrigo Lojo. Al frente de dos restaurantes especializados en producto del mar en Pontevedra y de la pequeña conservera gourmet Roi&Co, contempla desde primera línea el final de una época. El marisco gallego conserva una «calidad extraordinaria», pero ya no llega a las mesas con la abundancia de antes. Determinadas especies escasean, abastecerse exige cada vez más esfuerzo y los precios avanzan al mismo ritmo, con «subidas que llegan hasta el 20%» en bivalvos como la almeja o el berberecho. «Hemos entrado en una nueva realidad. Ahora sólo queda tener paciencia», advierte.
El mismo diagnóstico resuena en todos los eslabones del sector, desde quienes faenan en las rías hasta quienes pesan el género en las lonjas o lo depuran. Y lo hace precisamente cuando Galicia encara uno de los veranos de mayor presión turística de los últimos años, con la previsión de volver a batir récords de visitantes, el eclipse total del próximo 12 de agosto llamado a convertirse en uno de los grandes escaparates de la temporada y el Año Santo Compostelano ya en el horizonte. Más comensales, en definitiva, para una despensa marina que lleva tiempo encogiéndose.
El desequilibrio se aprecia ya con nitidez en el Mercado de Abastos de Santiago de Compostela, donde miles de viajeros se detienen estos días ante unas vitrinas que mantienen intacto su poder de seducción, aunque obliguen a rascarse cada vez más el bolsillo. Desde su puesto, Mari Carmen Ramos señala una almeja babosa de buen tamaño -una de las variedades más apreciadas-, y traduce el encarecimiento en una cifra. «Ahora, una pieza así pasa de los 45 euros el kilo, cuando lo normal era encontrarlo por unos 30. Es una subida enorme», explica.
La falta de género autóctono ha obligado además a completar los mostradores con partidas procedentes, sobre todo, de Portugal y Escocia. La apariencia de abundancia se mantiene, pero bajo el hielo queda cada vez menos producto capturado en la comunidad. «Dependiendo de la especie, resulta imposible encontrar cantidades suficientes en nuestras rías. Del marisco de concha que se vende en los mercados, apenas un 30% es gallego, y en el caso del berberecho no llega ni al 5%», calcula Ramos.
PUBLICIDAD
(imagen visible para usuarios registrados)
Mejillones en Roi&Co.
La escasez, que venía agravándose desde hace años, se recrudeció el pasado invierno, cuando un devastador tren de borrascas castigó el litoral, provocando mortalidades históricas de hasta el 90% en algunos bancos de moluscos. La magnitud del episodio fue tal que el propio Gobierno autonómico se vio obligado a activar un plan de rescate extraordinario dotado con casi 23 millones de euros para el sector y a firmar convenios con hasta 17 cofradías con la esperanza de regenerar cuanto antes las zonas más afectadas.
Pero las rías no entienden de calendarios administrativos ni ofrecen soluciones inmediatas. «Quienes llevamos toda la vida dedicados al mar sabemos que volver a lo de antes, tal y como están las cosas, es imposible. A corto plazo no vamos a conseguir nada. El ecosistema necesita recuperar sus ciclos y puede tardar años en restablecerse», sostiene Antonio Otero, vicepatrón mayor de O Grove, en Pontevedra.
Y ni siquiera esa lenta regeneración resolvería por sí sola el problema. Mientras los bancos pierden capacidad productiva, el oficio se queda también sin manos. En su pósito, por ejemplo, han pasado de rondar los 600 socios en 2014 a no alcanzar hoy los 400, un retroceso que Otero atribuye a la «falta de relevo generacional» y a una burocracia «cada vez más asfixiante». «Parece que hay una política para terminar con los pocos que quedamos dedicados a la pesca artesanal. En el mejor de los casos, nuestras embarcaciones llevan cinco personas y muchas salen con una o dos. No puedes pedirle a un equipo tan pequeño que gobierne el barco, atienda la faena y, al mismo tiempo, esté pendiente de permisos, ayudas y normas cada vez más restrictivas», lamenta.
(imagen visible para usuarios registrados)
Rodrigo Lojo, pontevedrés especializado en producto del mar.
Entre las exigencias que considera más difíciles de cumplir figura la obligación de llevar las capturas pesadas antes de tocar tierra, una tarea que califica de «inasumible» en plena campaña. «No hay personal para hacerlo», insiste. El resultado es una pinza que se cierra por ambos lados: «Se han juntado los dos extremos: hay menos gente pescando y cada vez más bocas comiendo».
En O Grove, como en tantas otras cofradías, los estragos del invierno han obligado además a las mariscadoras a acogerse al paro hasta el próximo año, a la espera de nuevos muestreos que permitan comprobar si los bancos han recuperado la densidad y la talla comercial necesarias para retomar la actividad. En Cabo de Cruz (La Coruña), el panorama apenas cambia: sólo cinco embarcaciones continúan saliendo a faenar y regresan con alrededor de cuatro kilos diarios de almeja japónica y apenas medio kilo de fina por barco, unas capturas que, según reconocen desde la propia entidad, «no dan ni para pagar la gasolina».
Con la pesca bajo mínimos y la demanda al alza, la pregunta cae por su propio peso: ¿Habrá marisco gallego para todos este verano?
Lojo, que ya tiene prácticamente colgado el organización incivil de sold out para toda la temporada en sus restaurantes, evita el alarmismo. «Estamos a mediados de julio y todavía no nos hemos encontrado ni una sola vez con que quisiéramos comprar algo y no pudiéramos conseguirlo. Sigue habiendo acceso al producto, pero para quien esté dispuesto a pagarlo», reconoce.
El perfil del visitante ofrece, al menos, cierto alivio a la hostelería. Según sostiene, el turista que llega a Galicia ha cambiado en los últimos años y está cada vez más dispuesto a pagar por una experiencia gastronómica de alto nivel. «El cliente que viene de fuera busca cada vez más calidad y entiende que un producto extraordinario, que además atraviesa un momento complicado, tiene un precio acorde».
Con todo, aunque el marisco de concha será el que más castigue el bolsillo, las cocinas aún conservan margen para sortear la escasez sin rebajar la carta. «No hay que limitarse a la almeja o al berberecho. La temporada del pulpo acaba de empezar y viene muy bien, y también tenemos nécora o centolla de muchísima calidad a precios similares a los de otros años. Habrá menos libertad para elegir a capricho, pero no faltarán alternativas para quien esté dispuesto a dejarse aconsejar», explica.
La recuperación, en cualquier caso, no será inmediata y la presión sobre los precios amenaza con prolongarse durante los próximos años. Lojo reclama «control, trazabilidad, autocontrol y regeneración», además de respeto por unos ciclos biológicos que no admiten atajos. «No existe una varita mágica. Puedes resembrar las especies, pero si las retiras en el primer desove, solo consigues reponer lo que había. Para recuperar las poblaciones tienen que pasar varias campañas», advierte. La responsabilidad, insiste, corresponde a todos, desde quienes trabajan los bancos hasta quienes comercializan el género y quienes finalmente lo consumen.
El litoral gallego ya ha sobrevivido a otros temporales, cierres y temporadas de escasez, aunque pocas veces había tenido que afrontar una combinación semejante de visitantes al alza, profesionales a la baja y bancos tan castigados. Así que, quien llegue este verano soñando con una fuente interminable de almejas quizá deba hacer caso al camarero y pedir pulpo, nécora o centolla. Tampoco parece el peor de los sacrificios.