15.000 euros de deuda, los grifos abiertos y casi dos años para su expulsión: el drama de María para deshacerse de una inquiokupa

15.000 euros de deuda, los grifos abiertos y casi dos años para su expulsión: el drama de María para deshacerse de una inquiokupa
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## La pesadilla de María: 15.000 euros y casi dos años para echar a una inquiokupa **Un alquiler que se convirtió en una trampa. María, una zaragozana, ha pasado casi dos años de angustia y pérdidas económicas por culpa de una inquilina que acumuló una deuda de 15.000 euros y que, además, parecía tener más ingresos que ella misma gracias a ayudas sociales.**

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La pesadilla de María: 15.000 euros y casi dos años para echar a una inquiokupa

Un alquiler que se convirtió en una trampa. María, una zaragozana, ha pasado casi dos años de angustia y pérdidas económicas por culpa de una inquilina que acumuló una deuda de 15.000 euros y que, además, parecía tener más ingresos que ella misma gracias a ayudas sociales.

El drama de María Marcuello comenzó tras mudarse de Zaragoza a Barcelona. Decidió alquilar su piso en la capital aragonesa por 600 euros al mes para obtener un ingreso extra. Tras una primera inquilina sin problemas, llegó la que se convertiría en su pesadilla. Durante los primeros tres años y medio, todo parecía ir bien, pero poco a poco, los pagos empezaron a ser irregulares. La inquilina daba rodeos, mentía y daba la sensación de que le costaba reunir el dinero.

El laberinto legal y la deuda desorbitada

La situación se complicó cuando el contrato de alquiler llegó a su fin. En lugar de abandonar el piso, la inquilina se quedó, y los impagos se volvieron la norma. María, asesorada por su abogado José Ramón González Barriga, inició los trámites para el desahucio. La deuda acumulada ascendió hasta los 15.000 euros. Lo más surrealista de la historia es que María, cuya única fuente de ingresos era un subsidio de paro de 480 euros, no recibía nada, mientras su inquilina percibía un total de 1.100 euros entre una prestación de la Seguridad Social (530 euros) y un subsidio por desempleo (570 euros).

Incluso se dio un caso de una factura de agua que superaba los 2.000 euros. Tras una inspección, se determinó que no se trataba de una avería, sino de un uso deliberado para aumentar la deuda y presionar a María. La inquilina, según relata María, incluso llegó a decir que no devolvería las llaves porque María se había portado mal con ella, una actitud que María achaca a posibles problemas de salud mental, pero que no justifica el impago.

El escudo social y la vulnerabilidad

Parte del retraso en la expulsión se debió a las medidas del escudo social aprobado en 2020 tras la pandemia. Este escudo permitía suspender desahucios hasta por dos meses si el inquilino demostraba una situación de vulnerabilidad y el propietario no poseía más de dos inmuebles. El juez consideró que la inquiokupa se encontraba en una "situación de extrema vulnerabilidad y precariedad", basándose en documentos del Ayuntamiento de Zaragoza que acreditaban su alta en servicios sociales desde marzo de 2010. María se lamenta de que esta información le fue ocultada al firmar el contrato, donde la inquilina afirmó tener nómina, lo que podría constituir un presunto delito de estafa.

Finalmente, tras casi dos años de litigios, el Juzgado de Primera Instancia nº 17 ordenó el lanzamiento judicial del inmueble el pasado 9 de octubre. María se siente una víctima del proceso, y cree que el gobierno debería hacerse cargo de la vulnerabilidad de ciertas personas.

Lecciones aprendidas y futuro incierto

María teme encontrar su piso en mal estado tras tantos años sin acceso. La experiencia le ha hecho perder la mitad de sus ahorros y sabe que no recuperará los 15.000 euros de deuda. Asegura que no volverá a alquilar su vivienda; prefiere usarla como segunda residencia. La lección principal que se lleva es la imprevisibilidad de las personas: "Nunca sabes cómo puede ser una persona".

* La deuda acumulada por la inquiokupa ascendió a 15.000 euros.

* El proceso de expulsión se prolongó durante casi dos años.

* La inquilina percibía 1.100 euros mensuales en ayudas sociales.

* María, la propietaria, contaba con un subsidio de paro de 480 euros.

* La orden de lanzamiento judicial se emitió el 9 de octubre.

María Marcuello, Barcelona, Zaragoza, José Ramón González Barriga, Juzgado de Primera Instancia nº 17, Ayuntamiento de Zaragoza.

Datos clave
  • La deuda acumulada por la inquiokupa ascendió a 15.000 euros.
  • El proceso de expulsión se prolongó durante casi dos años.
  • La inquilina percibía 1.100 euros mensuales en ayudas sociales.
  • María, la propietaria, contaba con un subsidio de paro de 480 euros.
  • La orden de lanzamiento judicial se emitió el 9 de octubre.
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pelexo

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Tras mudarse de Zaragoza a Barcelona, decidió poner su piso en alquiler para ganar un dinero extra, pero terminó cobrando menos que su inquilina, que percibía varias ayudas sociales
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Ismael Poveda Zaragoza
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Actualizado Jueves,10septiembre2026-00:03
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Hace unos años María Marcuello, que vivía en Zaragoza, decidió mudarse a Barcelona para empezar de cero con su nueva pareja. Ella había vivido durante 15 años en un piso que tenía en propiedad en la capital aragonesa, que decidió poner en alquiler con un precio de 600 euros mensuales. Primero tuvo como inquilinos a una pareja con la que no tuvo ningún problema y. Después, a la mujer que con el tiempo se convirtió en su pesadilla y a la que, tras más de dos años de impagos, ha conseguido expulsar por fin de su casa por orden de un juez.

«Durante los primeros tres años y medio no tuve ningún problema con ella. Me pagaba cada mes, aunque con el paso del tiempo empezó a hacerlo con más dificultades. Me daba la sensación de que le costaba reunir el dinero, porque me mentía y se andaba con rodeos cuando le pedía el ingreso de las cuotas. Tenía una actitud que a mí no me cuadraba mucho», explica María a EL MUNDO.

La afectada decidió ponerse en manos del abogado zaragozano José Ramón González Barriga para iniciar los trámites de desahucio, sin perder la esperanza de que la inquiokupa comenzara a pagarle. «Como en menos de un año se le acababa el contrato decidí esperar a ver si encontrábamos una solución. Pero cuando el plazo venció, no solo no abandonó el piso, si no que comenzó a tratarme de forma agresiva para que yo perdiese los nervios y respondiese con violencia», relata por teléfono ahora que comienza a ver más cerca el final definitivo del calvario que pasó.

Según explica, su inquiokupa le decía «que no podía pagarme, que había dejado de trabajar y que con la ayuda social que recibía no le daba para pagar». María, recomendada por su abogado, cortó cualquier tipo de interacción con esta persona y se limitaba a transmitirle mes a mes la cantidad económica que le debía por permanecer en el piso. «Le jodía, hablando mal y pronto, que yo cada mes le dijera que tenía que pagar y empezó a inventarse cosas. Decía que no me iba a devolver las llaves del piso porque me había portado mal con ella. Ella se creía sus propias mentiras y puede que tenga un problema de salud mental, pero eso no es excusa para no pagar el alquiler», añade.

La okupa, con más ingresos que la casera​

Los impagos continuados engordaban una deuda que llegó a escalar hasta los 15.000 euros. En medio de una situación kafkiana: a María, cuya única fuente de ingresos era un subsidio de paro de 480 euros, no le pagaban el alquiler. Pero su inquilina, que se negaba a abonar la mensualidad, cobraba un total de 1.100 euros de una prestación de la Seguridad Social (530 euros) y el subsidio por desempleo tras agotar la prestación contributiva (570 euros). Los 480 euros mensuales debían servir a María para subsistir en una ciudad como Barcelona y, además, afrontar los gastos que su okupa generaba en la vivienda, que cada vez eran mayores para aumentar la presión sobre ella.

Por ejemplo: en una ocasión recibió una factura de agua que ascendía hasta cerca de 2.000 euros. María, que en un principio pensó que se trataba de un error de la compañía que prestaba el servicio, decidió acudir al piso para ver qué ocurría. Lo hizo acompañada de dos agentes de la Policía y de un perito enviado por el seguro, quien finalmente pudo acceder al inmueble tras la negativa de la persona que lo ocupaba. «Cuando salió me explicó que no podía tratarse de una avería, porque era mucha cantidad de agua la que se había perdido. No me lo reconoció directamente, pero estaba claro que estaba abriendo los grifos para provocar que las deudas aumentasen y hacerme daño», recuerda.

Tras casi dos años de litigios e impagos, María ve la luz al final del túnel con la sentencia emitida por el Juzgado de Primera Instancia nº 17, que ha ordenado el lanzamiento judicial del inmueble el próximo 9 de octubre. Sin embargo, siente que ha sido «una víctima» en todo este proceso, que «el juez no se ha molestado en hacer correctamente su trabajo» y que se ha visto «obligada a pagar por la vulnerabilidad de una persona que creo que debería correr a cuenta del Gobierno».

Parte del prolongamiento de este caso viene provocado por lo establecido en el escudo social aprobado por el Gobierno en 2020 como respuesta a la esa época en el 2020 de la que yo le hablo y que se ha ido prologando hasta la actualidad a través de sucesivos reales decretos. En este texto se recoge la posibilidad de suspensión del desahucio por un tiempo máximo de dos meses en caso de que el inquilino se encuentre en situación de vulnerabilidad acreditada y el propietario no posea más de dos inmuebles.

El juez determinó que la okupa se encontraba en una «situación de extrema vulnerabilidad y precariedad», acreditada mediante documentos aportados por el Ayuntamiento de Zaragoza que indicaban su alta en el centro municipal de servicios sociales desde marzo de 2010. «A mí me ocultó esa información cuando íbamos a firmar el contrato y me dijo que tenía una nómina. Es algo que podría constituir un presunto delito de engaña», relata.

En unas semanas María volverá a entrar en un piso que teme encontrar «muy dañado» tras varios años sin acceder a su interior. Después de vivir esta experiencia, asegura que no tiene intención de volver a alquilar. «Ahora quiero utilizar esta vivienda como segunda residencia, para cuando viaje a Zaragoza». Ha perdido la mitad de sus ahorros y sabe que no recuperará los 15.000 euros de deuda, por lo que lo único que adquiere de todo esto es un aprendizaje: «Nunca sabes cómo puede ser una persona».
 
Tras mudarse de Zaragoza a Barcelona, decidió poner su piso en alquiler para ganar un dinero extra, pero terminó cobrando menos que su inquilina, que percibía varias ayudas sociales
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Hace unos años María Marcuello, que vivía en Zaragoza, decidió mudarse a Barcelona para empezar de cero con su nueva pareja. Ella había vivido durante 15 años en un piso que tenía en propiedad en la capital aragonesa, que decidió poner en alquiler con un precio de 600 euros mensuales. Primero tuvo como inquilinos a una pareja con la que no tuvo ningún problema y. Después, a la mujer que con el tiempo se convirtió en su pesadilla y a la que, tras más de dos años de impagos, ha conseguido expulsar por fin de su casa por orden de un juez.

«Durante los primeros tres años y medio no tuve ningún problema con ella. Me pagaba cada mes, aunque con el paso del tiempo empezó a hacerlo con más dificultades. Me daba la sensación de que le costaba reunir el dinero, porque me mentía y se andaba con rodeos cuando le pedía el ingreso de las cuotas. Tenía una actitud que a mí no me cuadraba mucho», explica María a EL MUNDO.

La afectada decidió ponerse en manos del abogado zaragozano José Ramón González Barriga para iniciar los trámites de desahucio, sin perder la esperanza de que la inquiokupa comenzara a pagarle. «Como en menos de un año se le acababa el contrato decidí esperar a ver si encontrábamos una solución. Pero cuando el plazo venció, no solo no abandonó el piso, si no que comenzó a tratarme de forma agresiva para que yo perdiese los nervios y respondiese con violencia», relata por teléfono ahora que comienza a ver más cerca el final definitivo del calvario que pasó.

Según explica, su inquiokupa le decía «que no podía pagarme, que había dejado de trabajar y que con la ayuda social que recibía no le daba para pagar». María, recomendada por su abogado, cortó cualquier tipo de interacción con esta persona y se limitaba a transmitirle mes a mes la cantidad económica que le debía por permanecer en el piso. «Le jodía, hablando mal y pronto, que yo cada mes le dijera que tenía que pagar y empezó a inventarse cosas. Decía que no me iba a devolver las llaves del piso porque me había portado mal con ella. Ella se creía sus propias mentiras y puede que tenga un problema de salud mental, pero eso no es excusa para no pagar el alquiler», añade.

La okupa, con más ingresos que la casera​

Los impagos continuados engordaban una deuda que llegó a escalar hasta los 15.000 euros. En medio de una situación kafkiana: a María, cuya única fuente de ingresos era un subsidio de paro de 480 euros, no le pagaban el alquiler. Pero su inquilina, que se negaba a abonar la mensualidad, cobraba un total de 1.100 euros de una prestación de la Seguridad Social (530 euros) y el subsidio por desempleo tras agotar la prestación contributiva (570 euros). Los 480 euros mensuales debían servir a María para subsistir en una ciudad como Barcelona y, además, afrontar los gastos que su okupa generaba en la vivienda, que cada vez eran mayores para aumentar la presión sobre ella.

Por ejemplo: en una ocasión recibió una factura de agua que ascendía hasta cerca de 2.000 euros. María, que en un principio pensó que se trataba de un error de la compañía que prestaba el servicio, decidió acudir al piso para ver qué ocurría. Lo hizo acompañada de dos agentes de la Policía y de un perito enviado por el seguro, quien finalmente pudo acceder al inmueble tras la negativa de la persona que lo ocupaba. «Cuando salió me explicó que no podía tratarse de una avería, porque era mucha cantidad de agua la que se había perdido. No me lo reconoció directamente, pero estaba claro que estaba abriendo los grifos para provocar que las deudas aumentasen y hacerme daño», recuerda.

Tras casi dos años de litigios e impagos, María ve la luz al final del túnel con la sentencia emitida por el Juzgado de Primera Instancia nº 17, que ha ordenado el lanzamiento judicial del inmueble el próximo 9 de octubre. Sin embargo, siente que ha sido «una víctima» en todo este proceso, que «el juez no se ha molestado en hacer correctamente su trabajo» y que se ha visto «obligada a pagar por la vulnerabilidad de una persona que creo que debería correr a cuenta del Gobierno».

Parte del prolongamiento de este caso viene provocado por lo establecido en el escudo social aprobado por el Gobierno en 2020 como respuesta a la esa época en el 2020 de la que yo le hablo y que se ha ido prologando hasta la actualidad a través de sucesivos reales decretos. En este texto se recoge la posibilidad de suspensión del desahucio por un tiempo máximo de dos meses en caso de que el inquilino se encuentre en situación de vulnerabilidad acreditada y el propietario no posea más de dos inmuebles.

El juez determinó que la okupa se encontraba en una «situación de extrema vulnerabilidad y precariedad», acreditada mediante documentos aportados por el Ayuntamiento de Zaragoza que indicaban su alta en el centro municipal de servicios sociales desde marzo de 2010. «A mí me ocultó esa información cuando íbamos a firmar el contrato y me dijo que tenía una nómina. Es algo que podría constituir un presunto delito de engaña», relata.

En unas semanas María volverá a entrar en un piso que teme encontrar «muy dañado» tras varios años sin acceder a su interior. Después de vivir esta experiencia, asegura que no tiene intención de volver a alquilar. «Ahora quiero utilizar esta vivienda como segunda residencia, para cuando viaje a Zaragoza». Ha perdido la mitad de sus ahorros y sabe que no recuperará los 15.000 euros de deuda, por lo que lo único que adquiere de todo esto es un aprendizaje: «Nunca sabes cómo puede ser una persona».

Ni BERLANGA junto a KAFKA es capáz de concebir ese GUIÓN.
 
España, paraíso de delincuentes, y lo peor es que tras dejar ese piso se iría a otro, a dejar otro pufo, sin ninguna consecuencia económica o penal.
 
Tambien es cierto que no tiene Seguro de Impagos y que esperan mucho tiempo para denunciar, al dia siguiente del primer incumplimiento hay que Denunciar en Juzgado para que empiece a correr el plazo...es menos de un año habitualmente pero mucha gente pierde el tiempo sencilla...
 
Las dos personas viven sin dar palo al agua. Intentan vivir de los demás.
 

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