Shockard
Excelso Caudillo del Tajo, Redentor de votantes de vox
Quiero dedicar este hilo a compartir mi impresión de este periplo, el cual programé en las postrimerías de agosto. Realmente, mis días no se restringieron a conocer, exclusivamente, la zona susodicha. He viajado por buena parte de la Baja Andalucía y he observado algún rasgo común a distintos núcleos, si bien atenuados.
Finalmente, la Bahía ha conseguido despertar con mayor vigor mi atención por el componente etnográfico y haber ocupado mayor parte en mis vacaciones, tratando a sus gentes muy de cerca.
No deseo confundirme con un antropólogo, ni me autopercibo de tal manera. Tampoco tengo intención de estigmatizar a los gaditanos. Solo por si algún forero de allí se confunde. Ni siquiera puedo hablar mal de la zona por razones políticas, atendiendo a que mi región se ha convertido en otro feudo de la izquierda.
En cualquier caso, las escasas interacciones, breves todas ellas (por tanto, superficiales), han saldado un trato hospitalario de los nativos. Esto ocurre con menor intensidad en el litoral cantábrico, porque allí la gente se torna más huraña y discreta; siendo una deferencia práctica, de carácter diplomático. Sin entusiasmo ni socarronería encubierta.
En una ocasión, regresando por el Cercanías a Puerto Real (donde me alojé tan solo por la ubicación privilegiada para liquidar otras visitas a La Campiña o La Janda), me entretuve con la maquinita al renovar los títulos de viaje. Un señor mayor, con la camiseta del Cadiz CF (jugaron con el Pucela esa noche), desvió su camino hacia los tornos y me ayudó, con la debida paciencia, a buscar un «cacharrito» operativo. Con una sonrisa impertérrita.
Aún así, tengo la opinión de que la Bahía y La Campiña gozan de una gran infraestructura de transporte público. Se suma el peso de la industria astillera, la cual instituye un gran motor de generación de empleo. Todo esto se puede visualizar en el trayecto que atraviesa parte del parque industrial isleño.
No obstante, la realidad dista más de lo que se puede intuir. Quizás la proletización de un fragmento reseñable de la población, con remuneraciones inferiores a la media nacional, explique su tradición izquierdista.
Es todavía más absurdo saber que, en el mismo sitio de Puerto Real, nació un antepasado del Gral. Francisco Franco (apellido muy común en los pueblos bañados por el río Betis) que emigró al Ferrol como maestro de velas de la Marina.
Naturalmente, no he tenido el atrevimiento de compartir esta curiosidad con todos aquellos puertorrealeños que se han arrimado, ocurrentemente, a dialogar conmigo cuando han notado por mi acento procedencia castellana. Todo lo que aquí estoy hablando, no ha ansioso de mi lengua. El resto del tiempo, los he escuchado y observado desde la distancia.
Cada mañana, en el lugar donde desayunaba, distintos grupos de hombres (al parecer, se turnaban) conversaban en voz alta sobre temas políticos, incluyendo la Crisis de Ceuta.
«¡Esto les va a dar la razón a los facinerosos! ¡Van a volver y no haremos nada!», escuchaba en la ocasión de mayor exaltación revolucionaria. La mañana siguiente, otros dos, con monos de trabajo, hablando de que viene el tiempo de «vacas flacas», porque Noruega y Alemania habían entrado en recesión técnica.
Puedo decir que esta es una de las zonas más politizadas a las que he viajado. Sacando de la ecuación Euskadi o Navarra. En mi tierra, al menos, la gente habla de temas insustanciales como la carrera que ha hecho la sobrinita de turno que estudia en Madrid. O abordan temas de conversación como el estado de forma de un jugador. Pero aquí, incluso las lonas de los edificios o Casas del Pueblo hablaban, con una dialéctica revolucionaria.
Ha sido como viajar a la España de los años 30.
Finalmente, la Bahía ha conseguido despertar con mayor vigor mi atención por el componente etnográfico y haber ocupado mayor parte en mis vacaciones, tratando a sus gentes muy de cerca.
No deseo confundirme con un antropólogo, ni me autopercibo de tal manera. Tampoco tengo intención de estigmatizar a los gaditanos. Solo por si algún forero de allí se confunde. Ni siquiera puedo hablar mal de la zona por razones políticas, atendiendo a que mi región se ha convertido en otro feudo de la izquierda.
En cualquier caso, las escasas interacciones, breves todas ellas (por tanto, superficiales), han saldado un trato hospitalario de los nativos. Esto ocurre con menor intensidad en el litoral cantábrico, porque allí la gente se torna más huraña y discreta; siendo una deferencia práctica, de carácter diplomático. Sin entusiasmo ni socarronería encubierta.
En una ocasión, regresando por el Cercanías a Puerto Real (donde me alojé tan solo por la ubicación privilegiada para liquidar otras visitas a La Campiña o La Janda), me entretuve con la maquinita al renovar los títulos de viaje. Un señor mayor, con la camiseta del Cadiz CF (jugaron con el Pucela esa noche), desvió su camino hacia los tornos y me ayudó, con la debida paciencia, a buscar un «cacharrito» operativo. Con una sonrisa impertérrita.
Aún así, tengo la opinión de que la Bahía y La Campiña gozan de una gran infraestructura de transporte público. Se suma el peso de la industria astillera, la cual instituye un gran motor de generación de empleo. Todo esto se puede visualizar en el trayecto que atraviesa parte del parque industrial isleño.
No obstante, la realidad dista más de lo que se puede intuir. Quizás la proletización de un fragmento reseñable de la población, con remuneraciones inferiores a la media nacional, explique su tradición izquierdista.
Es todavía más absurdo saber que, en el mismo sitio de Puerto Real, nació un antepasado del Gral. Francisco Franco (apellido muy común en los pueblos bañados por el río Betis) que emigró al Ferrol como maestro de velas de la Marina.
Naturalmente, no he tenido el atrevimiento de compartir esta curiosidad con todos aquellos puertorrealeños que se han arrimado, ocurrentemente, a dialogar conmigo cuando han notado por mi acento procedencia castellana. Todo lo que aquí estoy hablando, no ha ansioso de mi lengua. El resto del tiempo, los he escuchado y observado desde la distancia.
Cada mañana, en el lugar donde desayunaba, distintos grupos de hombres (al parecer, se turnaban) conversaban en voz alta sobre temas políticos, incluyendo la Crisis de Ceuta.
«¡Esto les va a dar la razón a los facinerosos! ¡Van a volver y no haremos nada!», escuchaba en la ocasión de mayor exaltación revolucionaria. La mañana siguiente, otros dos, con monos de trabajo, hablando de que viene el tiempo de «vacas flacas», porque Noruega y Alemania habían entrado en recesión técnica.
Puedo decir que esta es una de las zonas más politizadas a las que he viajado. Sacando de la ecuación Euskadi o Navarra. En mi tierra, al menos, la gente habla de temas insustanciales como la carrera que ha hecho la sobrinita de turno que estudia en Madrid. O abordan temas de conversación como el estado de forma de un jugador. Pero aquí, incluso las lonas de los edificios o Casas del Pueblo hablaban, con una dialéctica revolucionaria.
Ha sido como viajar a la España de los años 30.