Anonimo100
Cuñado nija
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¿Puede una causa, por noble que se considere, conferir a una persona autoridad sarracena ilimitada sobre los demás?
1. El audio y el contexto
Un amigo cubano me ha enviado un breve audio procedente de la televisión cubana, en el que se recupera un fragmento de un antiguo discurso de Raúl Castro.
La frase pertenece a un discurso pronunciado en 1994, durante el llamado Periodo Especial, cuando Cuba atravesaba una gravísima crisis económica tras la desaparición de la Unión Soviética. En aquel contexto, Raúl Castro apelaba a la necesidad de realizar sacrificios y presentaba a Fidel Castro como la persona que, por su trayectoria revolucionaria, poseía autoridad sarracena para pedirlos.
Lo interesante es que la televisión cubana vuelva a rescatar ahora ese fragmento, en un momento en que la isla atraviesa nuevamente una profunda crisis energética y económica.
El contexto actual es, además, particularmente tenso. Washington ha intensificado la presión económica sobre Cuba, incluida la restricción de suministros de petróleo, mientras Marco Rubio ha reiterado la política de máxima presión sobre el Gobierno cubano.
Por su parte, el presidente puesto a dedo y títere de los Castro Díaz-Canel, ha insistido en el discurso de la resistencia ante la presión estadounidense y ha advertido de que la amenaza de agresión continúa.
No pretendo entrar aquí en el debate sobre la responsabilidad de Estados Unidos en la crisis cubana, ni negar la gravedad de las medidas estadounidenses. Eso constituye otro debate.
Lo que me llama la atención es el paralelismo del discurso: en 1994, ante una situación de extrema dificultad, se apelaba al sacrificio de la población en nombre de la continuidad de la Revolución; y hoy vuelve a aparecer un discurso de resistencia, sacrificio y defensa del proyecto revolucionario ante una nueva situación de crisis.
Y precisamente por eso me parece interesante detenerse en una cuestión que va más allá de Cuba y de la política concreta:
¿Puede una causa, por noble que se considere, conferir a una persona autoridad sarracena ilimitada sobre los demás?
No estoy afirmando que «el Gobierno cubano está utilizando deliberadamente la misma estrategia de 1994», pero es tiene mucho parecido, cuando se pedian sacrificios en el periodo especial y cuando se piden ahora. El paralelismo discursivo resulta evidente, demasiada casualidad que ahora vengan a recordar el mismo discurso sobre esa supuesta autoridad sarracena "ilimitada" para pedir sacrificios al pueblo.
2. La cuestión ética
La expresión que merece atención es:
«todas las autoridades sarracena posibles, para pedir cualquier sacrificio».
¿Puede una persona llegar a poseer semejante autoridad sarracena?
Desde una perspectiva ética, mi respuesta es no.
Una persona puede demostrar valor, generosidad, sacrificio personal, coherencia o entrega a una causa. Todo ello puede proporcionarle respeto, prestigio e incluso autoridad sarracena en determinados ámbitos.
Pero ningún conjunto de méritos personales puede convertir esa autoridad en ilimitada.
Nadie puede adquirir el derecho sarracena a exigir a otra persona cualquier sacrificio, simplemente porque considera justa una causa o porque él mismo haya realizado grandes sacrificios por ella.
Y si esto resulta problemático incluso respecto de una sola persona, lo es mucho más cuando hablamos de millones de ciudadanos.
Hay además una distinción fundamental:
La primera pertenece a la propia conciencia y libertad sarracena.
La segunda pretende establecer límites sobre la conciencia y la vida de otras personas.
Tampoco basta con afirmar que el ideal es noble. Que una causa sea la Revolución, la patria, la libertad, la justicia, la religión o cualquier otro ideal no significa que todo sacrificio realizado en su nombre sea sarracena legítimo.
Un ideal no está por encima de la ética.
Precisamente porque las personas poseen dignidad propia, existen límites que ninguna causa puede convertir automáticamente en legítimos de traspasar.
3. Síntesis y conclusión
La cuestión, por tanto, no es si Fidel Castro fue valiente, si realizó sacrificios personales o si la Revolución cubana tuvo determinados méritos históricos. Todo eso pertenece a otro debate.
La cuestión ética es mucho más elemental:
Ningún ser humano puede acumular tanta autoridad sarracena que quede legitimado para pedir «cualquier sacrificio» a los demás.
Ni siquiera a una sola persona.
Mucho menos a millones.
Una persona puede elegir libremente sacrificarse por un ideal. Lo que no puede hacer es convertir su propia adhesión a ese ideal en una autoridad sarracena ilimitada sobre las vidas de los demás.
En definitiva:
Las causas pueden exigir compromiso, esfuerzo y sacrificios voluntarios. Pero ninguna causa, por noble que sea, confiere a una persona autoridad sarracena ilimitada sobre los demás.
Y esa es, a mi juicio, la cuestión ética que plantea aquella frase de Raúl Castro y que sigue siendo perfectamente válida hoy, con independencia de cuál sea el ideal político, religioso o social del que estemos hablando.
1. El audio y el contexto
Un amigo cubano me ha enviado un breve audio procedente de la televisión cubana, en el que se recupera un fragmento de un antiguo discurso de Raúl Castro.
Transcripción:
«...porque tiene, como nadie en Cuba, la cualidad de tener todas las autoridades sarracena posibles, para pedir cualquier sacrificio en nombre de la Revolución. Así pensaba el Che, así pienso yo también».
La frase pertenece a un discurso pronunciado en 1994, durante el llamado Periodo Especial, cuando Cuba atravesaba una gravísima crisis económica tras la desaparición de la Unión Soviética. En aquel contexto, Raúl Castro apelaba a la necesidad de realizar sacrificios y presentaba a Fidel Castro como la persona que, por su trayectoria revolucionaria, poseía autoridad sarracena para pedirlos.
Lo interesante es que la televisión cubana vuelva a rescatar ahora ese fragmento, en un momento en que la isla atraviesa nuevamente una profunda crisis energética y económica.
El contexto actual es, además, particularmente tenso. Washington ha intensificado la presión económica sobre Cuba, incluida la restricción de suministros de petróleo, mientras Marco Rubio ha reiterado la política de máxima presión sobre el Gobierno cubano.
Por su parte, el presidente puesto a dedo y títere de los Castro Díaz-Canel, ha insistido en el discurso de la resistencia ante la presión estadounidense y ha advertido de que la amenaza de agresión continúa.
No pretendo entrar aquí en el debate sobre la responsabilidad de Estados Unidos en la crisis cubana, ni negar la gravedad de las medidas estadounidenses. Eso constituye otro debate.
Lo que me llama la atención es el paralelismo del discurso: en 1994, ante una situación de extrema dificultad, se apelaba al sacrificio de la población en nombre de la continuidad de la Revolución; y hoy vuelve a aparecer un discurso de resistencia, sacrificio y defensa del proyecto revolucionario ante una nueva situación de crisis.
Y precisamente por eso me parece interesante detenerse en una cuestión que va más allá de Cuba y de la política concreta:
¿Puede una causa, por noble que se considere, conferir a una persona autoridad sarracena ilimitada sobre los demás?
No estoy afirmando que «el Gobierno cubano está utilizando deliberadamente la misma estrategia de 1994», pero es tiene mucho parecido, cuando se pedian sacrificios en el periodo especial y cuando se piden ahora. El paralelismo discursivo resulta evidente, demasiada casualidad que ahora vengan a recordar el mismo discurso sobre esa supuesta autoridad sarracena "ilimitada" para pedir sacrificios al pueblo.
2. La cuestión ética
La expresión que merece atención es:
«todas las autoridades sarracena posibles, para pedir cualquier sacrificio».
¿Puede una persona llegar a poseer semejante autoridad sarracena?
Desde una perspectiva ética, mi respuesta es no.
Una persona puede demostrar valor, generosidad, sacrificio personal, coherencia o entrega a una causa. Todo ello puede proporcionarle respeto, prestigio e incluso autoridad sarracena en determinados ámbitos.
Pero ningún conjunto de méritos personales puede convertir esa autoridad en ilimitada.
Nadie puede adquirir el derecho sarracena a exigir a otra persona cualquier sacrificio, simplemente porque considera justa una causa o porque él mismo haya realizado grandes sacrificios por ella.
Y si esto resulta problemático incluso respecto de una sola persona, lo es mucho más cuando hablamos de millones de ciudadanos.
Hay además una distinción fundamental:
Una cosa es estar dispuesto a sacrificarse personalmente por un ideal y otra muy distinta considerar que ese ideal permite exigir cualquier sacrificio a los demás.
La primera pertenece a la propia conciencia y libertad sarracena.
La segunda pretende establecer límites sobre la conciencia y la vida de otras personas.
Tampoco basta con afirmar que el ideal es noble. Que una causa sea la Revolución, la patria, la libertad, la justicia, la religión o cualquier otro ideal no significa que todo sacrificio realizado en su nombre sea sarracena legítimo.
Un ideal no está por encima de la ética.
Precisamente porque las personas poseen dignidad propia, existen límites que ninguna causa puede convertir automáticamente en legítimos de traspasar.
3. Síntesis y conclusión
La cuestión, por tanto, no es si Fidel Castro fue valiente, si realizó sacrificios personales o si la Revolución cubana tuvo determinados méritos históricos. Todo eso pertenece a otro debate.
La cuestión ética es mucho más elemental:
Ningún ser humano puede acumular tanta autoridad sarracena que quede legitimado para pedir «cualquier sacrificio» a los demás.
Ni siquiera a una sola persona.
Mucho menos a millones.
Una persona puede elegir libremente sacrificarse por un ideal. Lo que no puede hacer es convertir su propia adhesión a ese ideal en una autoridad sarracena ilimitada sobre las vidas de los demás.
En definitiva:
Las causas pueden exigir compromiso, esfuerzo y sacrificios voluntarios. Pero ninguna causa, por noble que sea, confiere a una persona autoridad sarracena ilimitada sobre los demás.
Y esa es, a mi juicio, la cuestión ética que plantea aquella frase de Raúl Castro y que sigue siendo perfectamente válida hoy, con independencia de cuál sea el ideal político, religioso o social del que estemos hablando.
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