Hermes Trismegisto
Madmaxista
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Creo que se acercan tiempos difíciles. Tiempos en los que muchas de las certezas sobre las que hemos construido nuestra vida comenzarán a resquebrajarse. Y tengo la intuición de que, precisamente en medio de esa oscuridad, el Espíritu Santo volverá a abrirse camino y a devolver la fe al corazón de los hombres.
En mi caso, vivía de espaldas a Dios sin ser plenamente consciente de ello. No lo rechazaba: sencillamente vivía como si no existiera. Estaba demasiado ocupado con el trabajo, las responsabilidades, las preocupaciones y el ruido constante de mi propia mente.
Hasta que me encontré con Él.
Desde entonces percibo su presencia en lo cotidiano: en cada día, en cada instante, en el silencio, en mi familia, en la lentitud de las cosas verdaderas. Dios no aparece de repente. Siempre ha estado ahí. Era yo quien no estaba presente para reconocerlo.
También me he encontrado con mi alma. He comprendido que no somos esa voz que habla sin descanso dentro de nuestra cabeza. No somos nuestros pensamientos, nuestros miedos ni el personaje que representamos. Somos la persona que puede contemplar todo eso desde el silencio: una conciencia encarnada, creada y sostenida por Dios.
Por encima de nuestros pensamientos está el alma. Y por encima del alma, Dios.
Vivimos atrapados en una construcción mental que confundimos con la realidad. Corremos, producimos, consumimos, competimos y acumulamos estímulos para no escuchar el silencio. Todo el mundo con la ansiedad de correr correr correr, salir viajar beber.
Esa es la trampa: permanecer dormidos y entretenidos creyendo que estamos despiertos.
Y despertar no consiste en escapar del mundo, sino en verlo por primera vez tal como es. Recuperar la presencia. Volver a mirar. Volver a amar. Comprender que la vida no es algo que sucederá cuando terminemos todas nuestras obligaciones.
La vida está ocurriendo ahora.
Y Dios está aquí.
En mi caso, vivía de espaldas a Dios sin ser plenamente consciente de ello. No lo rechazaba: sencillamente vivía como si no existiera. Estaba demasiado ocupado con el trabajo, las responsabilidades, las preocupaciones y el ruido constante de mi propia mente.
Hasta que me encontré con Él.
Desde entonces percibo su presencia en lo cotidiano: en cada día, en cada instante, en el silencio, en mi familia, en la lentitud de las cosas verdaderas. Dios no aparece de repente. Siempre ha estado ahí. Era yo quien no estaba presente para reconocerlo.
También me he encontrado con mi alma. He comprendido que no somos esa voz que habla sin descanso dentro de nuestra cabeza. No somos nuestros pensamientos, nuestros miedos ni el personaje que representamos. Somos la persona que puede contemplar todo eso desde el silencio: una conciencia encarnada, creada y sostenida por Dios.
Por encima de nuestros pensamientos está el alma. Y por encima del alma, Dios.
Vivimos atrapados en una construcción mental que confundimos con la realidad. Corremos, producimos, consumimos, competimos y acumulamos estímulos para no escuchar el silencio. Todo el mundo con la ansiedad de correr correr correr, salir viajar beber.
Esa es la trampa: permanecer dormidos y entretenidos creyendo que estamos despiertos.
Y despertar no consiste en escapar del mundo, sino en verlo por primera vez tal como es. Recuperar la presencia. Volver a mirar. Volver a amar. Comprender que la vida no es algo que sucederá cuando terminemos todas nuestras obligaciones.
La vida está ocurriendo ahora.
Y Dios está aquí.
