El físico de la primera dama como argumento político
Dos números gobiernan la conversación:
47 y 73. No son tipos de interés ni previsiones de crecimiento, sino las edades que se atribuyen a Emmanuel Macron y a su esposa, y han acabado convertidas en termómetro del juicio político sobre el presidente francés, que ha anunciado un mensaje a la nación para las 20:00, hora de París. Alrededor de ese par de cifras se ha montado un plebiscito doméstico que informa más del electorado que de la pareja.
La pregunta de partida —si uno ocuparía el lugar del presidente— admite pocas respuestas elegantes en público. La dominante es que no. A partir de ahí el razonamiento se ordena en tres capas, edad, físico y origen de la relación, y en cada una el argumento se vuelve más resbaladizo.
47 y 73: la diferencia de edad como argumento
El dato que se repite es el desfase:
47 años frente a 73, o 25 de diferencia según el
redondeo que circula. Sobre esa base se discute el origen de la relación, cuando ella era su profesora y se menciona la edad de 16 años de él. El mismo hecho sirve para dos relatos opuestos:
gesta romántica para unos, señal de alarma para otros.
Lo interesante no es la aritmética, sino el doble rasero. La misma diferencia de edad se celebra o se ridiculiza según quién la protagonice, y el criterio cambia con el color político de quien opina. Ahí el análisis deja de ser demográfico y se convierte en
arma de bronce.
El aspecto físico como atajo del juicio político
En este tramo la conversación se degrada. Menudean las descripciones despectivas del físico de la primera dama y las especulaciones, sin prueba alguna, sobre retoques estéticos. El mecanismo es viejo: si el cónyuge no supera el filtro estético, se deduce que el gobernante tiene mal ojo. Un silogismo barato, desde luego, pero que funciona como atajo cuando no se quiere hablar de presupuestos.
Conviene decirlo claro: juzgar la capacidad de un presidente por la belleza de su mujer no es análisis político, es
higiene de tertulia. Y no tiene género ni frontera: el mismo rasero se aplica al caso español sin cambiar el tono ni un decibelio.
El voto que no se mueve por la vida privada
La previsión más cínica del intercambio es también la más informada: hagan lo que hagan,
les volverán a votar. No es una teoría descabellada. El comportamiento electoral suele mostrar que la vida privada del gobernante apenas mueve el marcador; lo que lo mueve es el bolsillo, la seguridad y la sensación de que el país se ordena o se descompone.
Eso deja a los críticos en una posición curiosa: gastan energía en un asunto que, por su propia lógica, no altera un solo escaño. Y deja al gobernante una ventaja silenciosa: cualquier
tormenta sobre su intimidad distrae de lo que sí se decide en el presupuesto y en el decreto.
La conversación acaba derivando hacia la provocación histórica, terreno donde no hay nada que rascar y sí mucho que perder. Vuelta al principio, entonces: si el criterio estético pesara de verdad en las urnas, ¿por qué ningún programa electoral lo incluye? Queda la duda y una hora marcada en el calendario, las 20:00 de París.