Un millón de llegadas al año frente a 300.000 viviendas
En 2025 llegaron a España 1.211.418 personas residentes nacidas en el extranjero, según el Censo Anual de Población del INE. En los últimos tres años la media anual roza los 1,17 millones. La cifra desborda cualquier cálculo de vivienda, sanidad o escuela disponible, y ha convertido la sala 10 de la Terminal 4 de Barajas en lo que muchos ya describen como la
isla de Ellis española, la puerta por la que entra ese flujo casi en tiempo real. El debate no es si los datos existen: es qué se hace con ellos.
La sala 10 de Barajas, la puerta de entrada que ya nadie fotografía
Las puertas automáticas se abren y se cierran con segundos de diferencia. Al otro lado hay madres que conocen por fin a un nieto, ramos de flores preparados para tres hermanas a la vez y carteles de «Bienvenidos a España». Entre los que cruzan ese pasillo hay turistas, residentes que vuelven y migrantes que empiezan de cero con tres maletas y dos mochilas, como Diana, que llegó desde Lima con su hijo pequeño para reunirse con su marido tras dos años y medio de separación.
Arianna Ramos, peruana de 26 años, aterrizó con una estancia por estudios para cursar un máster de Administración de Empresas. Reconoce que estudiar es casi una excusa: su motivación real es Diego, venezolano de 29 años que la espera tras haber emigrado antes a Perú y después a España, donde trabaja en hostelería y en un supermercado mientras tramita su documentación.
El patrón se repite. Paola, venezolana de 23 años, espera a su madre con globos de corazones y una barriga de cinco meses que su progenitora no ha visto crecer. Augusto, ingeniero eléctrico peruano, llega con su mujer y sus dos hijos y ya se ha informado de los trámites para quedarse. La mayoría de los que entran por esta puerta son latinoamericanos, con presencia destacada también de marroquíes, y la razón de fondo es conocida: idioma, cultura cercana, comunidades ya asentadas y una vía de regularización comparativamente más accesible que la de otros países europeos.
¿Cuántos inmigrantes entran en España cada año?
El dato oficial lo pone el INE: 1.211.418 residentes nacidos en el extranjero llegados durante 2025. El censo añade otro número más incómodo: el 24,4% de los 9.464.210 residentes nacidos fuera llegó entre 2023 y 2024, es decir, 2.309.267 personas en solo dos ejercicios. En los últimos tres años la media supera el millón ciento setenta mil anuales. Casi uno de cada cuatro residentes de origen extranjero es recién llegado.
Con esas cifras sobre la mesa, la conversación pública se parte en dos. Una parte de los análisis sostiene que el país necesita esos flujos para sostener la afiliación a la Seguridad Social en sectores como hostelería, logística o cuidados, donde la mano de obra autóctona escasea. La otra corriente responde que la velocidad del proceso desborda cualquier capacidad de absorción y que el problema no es el volumen absoluto, sino el ritmo al que se produce.
Vivienda: 300.000 pisos al año y un millón de personas
El punto donde el dato macro se vuelve doméstico es el alquiler. El cálculo que circula es sencillo y difícil de rebatir en su aritmética: si se construyen unas 300.000 viviendas anuales —cifra que ya se considera alta— y llega más de un millón de personas al año, las cuentas no salen por ningún lado. Hay quien añade que a ese desfase se suman las restricciones normativas al mercado del alquiler, que reducen la oferta y encarecen la que queda, y quien replica que la vivienda es un problema anterior y estructural, no una consecuencia mecánica de la inmigración.
El desglose fino de esa tensión —cuántas viviendas se necesitan por cada llegada, cuánto desaparece de la oferta por cada decreto y quién pierde realmente el acceso al mercado libre— es donde el diagnóstico se vuelve operativo. Y ahí, conviene decirlo, las cifras no cuadran con el tono con el que se suele discutir.
Empleo, salarios y la sospecha que nadie quiere verbalizar
El segundo eje es el mercado laboral. La tesis más extendida entre los críticos apunta a una presión a la baja sobre salarios y condiciones en los tramos de menor cualificación, con puestos que se cubren rápido, barato y con escasa exigencia de idioma. Enfrente, la tesis oficialista responde que la actividad la crean la inversión y el consumo, no la oferta de trabajo disponible, y que cerrar la puerta no elevaría automáticamente los sueldos.
Lo que sí dibuja el material recogido es un perfil variado: hay titulados, hay emprendedores, hay quien llega con un máster pagado y hay quien llega sin nada. Reducir el fenómeno a una sola etiqueta —económica, humanitaria o laboral— falla en los tres casos.
Una cosa es segura: en 2025 entraron por Barajas más personas de las que cabe alojar, formar y atender con la infraestructura actual. Si el mercado laboral absorbe el golpe y los salarios resisten, la discusión se apagará sola. Si no, el conflicto ya no será estadístico. ¿Cuánto tiempo tarda ese ajuste en aparecer en la nómina de cualquiera?