Bitcoin supera el precio de la onza de oro: el día que cambió la escala
El bitcoin cruzó en marzo de 2017 una frontera que, según el tuit citado en el hilo, no había salvado antes: su cotización igualó el precio de una onza de
oro. Quedó registrada en
1.254 dólares y minutos después se descolgó hasta 1.160. El hito duró lo que tardó alguien en escribirlo. La pregunta que dejó abierta sigue sin respuesta casi una década después: ¿está la moneda digital sustituyendo al metal o solo copiando su precio?
Que un bitcoin y una onza de oro cuesten lo mismo no significa que sean comparables, y ahí empieza el primer malentendido. Uno se mina con electricidad y un protocolo que nadie controla; la otra se extrae del suelo desde antes de que existiera la escritura. El
fogonazo de marzo fue un titular. Lo que vino detrás, un cuarto de kilo de oro por bitcoin, ya era otra cosa.
¿Cuánto oro cabe dentro de un bitcoin?
La aritmética incomoda al metal. Según el cálculo que se difundió en el debate, por cada bitcoin en circulación existen unas
255 onzas de oro de todo el extraído en la historia, y la comparación no acaba ahí: cada año salen del suelo 96 millones de onzas nuevas, mientras el protocolo fija un techo invariable de
21 millones de bitcoins. Un activo cuyo suministro se puede ampliar sin límite frente a otro que no.
Ese contraste —escasez programada contra extracción continua— es el argumento que más peso ha tenido entre quienes defienden la criptomoneda. La conversión diaria, la de una onza por unidad, era solo el primer escalón de una serie que no ha dejado de subir. Y hay quien responde que el oro seguirá valiendo cuando el último bloque se haya minado, aunque para entonces nadie se acuerde de la calculadora.
La pizza de 25.000 bitcoins y el noruego que dejó de trabajar
Cuando el bitcoin valía cuatro dólares, nadie le hacía caso. La primera compra documentada fue una pizza pagada con
25.000 unidades, la cena más cara de la historia por muchos papeles que entonces costara. Un inversor noruego acumuló una cantidad indeterminada en 2009, olvidó la cartera y dejó de trabajar. Los números del salto explican el fenómeno mejor que cualquier soflama: quien hubiera comprado 20 bitcoins a 5 dólares —100 dólares— tendría, según el cálculo que se lanzó en el hilo,
25.000 dólares en la primavera de 2017 y
220.000 al llegar diciembre.
Y no todo eran ceros y unos. Una propiedad en Lake Tahoe se cerró por 1,6 millones de dólares pagados en bitcoins, una operación que la prensa económica recogió como hito y que los más escépticos despacharon como publicidad de la plataforma que hacía la conversión.
La fecha marcada: el ETF de los Winklevoss
Uno de los participantes pedía esperar al
13 de marzo para ver qué ocurría con el ETF de los hermanos Winklevoss. Más allá de esa expectativa, el hilo no recoge ningún otro dato sobre el asunto.
¿Es una estafa o el dinero del futuro?
Aquí el tono se calienta. Para unos, el bitcoin es certidumbre matemática: un libro contable que nadie puede alterar y que cualquiera puede verificar, sin banco central ni político de turno detrás. Para otros, «estafa» no es un insulto sino un diagnóstico: un activo que solo sirve para conseguir más euros, sostenido por la creencia de que será el dinero del futuro y que valdría cero si esa fe se apaga. La acusación de esquema piramidal se repite con insistencia; hay incluso quien la compara con la estafa
trapezoidal de un episodio de Los Simpson —«no piramidal, trapezoidal», decía el personaje—.
La respuesta más eficaz no es teórica, es aritmética: quien compró cuando nadie lo quería tiene, según los cálculos que se lanzaron en el hilo, una plusvalía que multiplica lo invertido. El que llegó tarde asume el riesgo. Ese es el suelo sobre el que se sostiene todo lo demás.
El oro no se apaga cuando se va la luz
El metal arrastra milenios de historia, aplicaciones industriales, electrónicas, joyeras y hasta alimentarias, y un coste de extracción que le pone suelo. Sus defensores repiten que es indestructible y que mantiene su poder adquisitivo mucho después de que se apague cualquier red. El bitcoin, en cambio, necesita energía para existir: el consumo de los mineros es su respaldo y también su punto flaco.
¿Y qué queda si nadie quiere el token? Unos bonitos ceros y unos, responden desde la otra orilla. La discusión se atasca justo ahí, en si el valor nace del trabajo incorporado o de la simple coincidencia de que dos desconocidos se pongan de acuerdo en que algo vale. El oro, argumentan los escépticos, no necesita que nadie se ponga de acuerdo.
Ilegalizar el bitcoin: ¿riesgo real o amenaza de papel?
El otro frente es regulatorio, y tiene un precedente incómodo que se recordó en el debate: el oro que la población guardaba en casa se llegó a prohibir. De ahí la cautela ante la idea de que ningún Estado puede tocar una criptomoneda. Las herramientas existen —multas, rastreo de direcciones IP, bloqueo de accesos, restricción de las herramientas de anonimato— y hay quien recuerda que al menos un país ya ha restringido esas herramientas de anonimato.
El contraargumento es más simple: legislar sobre algo no cambia su precio, y hay quien señala que ni en los países más restrictivos se ha llegado a ilegalizar el bitcoin, de modo que la puerta no se cierra del todo.
Cómo se convierte un bitcoin en euros
Toda la construcción se apoya en la salida. Para cobrar hay que pasar por un exchange, y el de referencia, según uno de los participantes, es Bitstamp. El debate sobre la liquidez real —si los millones que figuran en pantalla se convierten de verdad en moneda de curso legal— es el que nunca se cierra. Quien sostiene que una posición larga se liquida en cualquier momento tiene razón sobre el papel; quien advierte de que, con las puertas cerradas, una posición grande es solo una cifra sin comprador, también.
El bitcoin se sostiene sobre la fe en que será el dinero del futuro; el oro, sobre el hecho de haberlo sido durante milenios. Ninguna de las dos cosas cabe en una hoja de cálculo. En marzo de 2017 la discusión era si una moneda digital podía valer lo mismo que una onza de metal. En diciembre de ese mismo año ya valía un cuarto de kilo, y el análisis se quedó sin argumentos nuevos que oponer a la cifra.