Un plato de pulpo a la gallega a 15 euros en un bar de Barcelona. Hasta 20 si el local aprieta. La queja es recurrente, pero la cuenta empieza mucho antes de llegar a la cocina: en crudo, el cefalópodo cotiza, según las cifras que se manejan en el hilo, entre
17 y 20 euros el kilo, y la partida importada —mayoritariamente marroquí— se mueve en algunos puntos entre
18 y 19 euros el kilo. Con esos números, el precio del pulpo a la gallega cuadra o no cuadra según a quién se le pregunte.
¿Por qué es tan caro el pulpo a la gallega?
La respuesta corta: materia prima cara, merma brutal en la cocción y mano de obra que no se automatiza. Al cocer, el pulpo pierde peso de forma drástica, quedándose, según se sostiene en el hilo, en torno a
un cuarto de su peso original, así que el kilo que se compra no es el kilo que se sirve. A eso se suma el tiempo de cocción: entre
45 minutos y una hora, según el tamaño, con el cocinero pendiente para que el bocado no salga crudo ni convertido en
chicle. Es un plato que no perdona el descuido y que exige presencia constante en el fuego.
¿Es gallego el pulpo que ponen en los bares?
Aquí el relato se rompe. Buena parte del pulpo que se sirve en España no procede de las rías gallegas, sino de Marruecos y de otras aguas, según coinciden varios participantes. El autóctono está sobreexplotado y escasea; quien lo quiere de verdad tiene que buscarlo en plazas concretas del litoral gallego. El pulpo de supermercado y el de una buena parte de los bares es de cultivo o de importación, y la tendencia apunta a que cada vez lo sea más. Poco pulpo gallego se ve en carta, y el que se ve se paga bien.
La extracción en las rías opera bajo vigilancia estricta, según relatan quienes la han practicado, y el furtivismo está muy controlado.
Pulpo gallego frente a pulpo de Marruecos: ¿cuál es mejor?
Sobre el sabor hay división. Una corriente sostiene que el
de aquí es más sabroso y carnoso, con colores más vivos, mientras el marroquí resulta de tono más blanquecino. La explicación que se repite alude a la temperatura del agua, a la
alimentación y a la calidad del medio donde vive el animal. Enfrente, hay quien defiende lo contrario: que el de importación es mejor y que el gallego solo se paga por fama y escasez, porque su temporada buena de captura es más corta.
¿Merece la pena cocerlo en casa?
Depende del bolsillo y de la pericia. Cocer un pulpo no es difícil —agua, sal, aceite de oliva, pimentón y patatas—, pero tampoco es un chuletón a la parrilla ni un centollo cocido, platos donde un par de pautas bastan para bordarlo. El problema no es la dificultad, es el desperdicio: si el producto caro sale mal, se ha tirado el dinero. Quien come pulpo cada siete años prefiere que se lo cocine alguien que lo hace a diario; quien vive en la costa y lo tiene a precio razonable, se lanza y se ahorra la mitad.
Hay un cuello de botella biológico que explica por qué el precio no cede: el pulpo, según se apunta en el hilo, se alimenta de marisco, sobre todo nécoras, y no sobrevive si no lo come. Los intentos de criarlo en piscifactoría con pienso no han cuajado, y quien ha trabajado en proyectos de acuicultura industrial advierte de lo difícil que resulta criar cefalópodos.
¿Es abuso el margen del hostelero?
Aquí se libra la batalla de fondo. Un sector del análisis recuerda que al precio del género hay que sumar conservación, gas y electricidad, mano de obra, licencias, seguros e impuestos, y que el hostelero asume el riesgo de que el producto se estropee antes de venderse. El contraargumento es de mercado: si el precio parece abusivo, no se pide y no se vuelve. La cifra que aviva el fuego es la de una mariscada facturada a
150 euros cuyo coste de género, según quien la pagó, no llegaba a
8 euros.
El negocio también carga con el riesgo real del producto perecedero: un bogavante de primera que se estropea es una pérdida seca, y ese colchón se traslada a la carta.
Con estos mimbres, el plato no se ha abaratado. El pulpo de las rías no da abasto, el de importación no convence al purista y nadie termina de ponerse de acuerdo sobre dónde está el límite entre lo que cuesta producir y lo que se cobra por servir. La cuenta sigue sobre la mesa.