Mercadona, del boca a boca de calidad al supermercado de guerra
¿Merece la pena seguir comprando en
Mercadona? Hace unos años la respuesta parecía evidente. La cadena de Juan Roig se había construido un prestigio a base de boca a boca, con productos decentes, precios contenidos y variedad suficiente. En septiembre de 2013, el relato se ha dado la vuelta. Para varios participantes en el debate, el supermercado modélico se ha convertido en «una especie de
supermercado de guerra, con una sola marca, precios disparatados y una calidad cada vez menor», en palabras de uno de los usuarios.
No es una queja suelta. La acusación se repite con matices: menos variedad, proveedores que cambian de un mes para otro y una marca blanca que ya no justifica el viaje.
Por qué se critica la calidad de los productos Mercadona
El reproche más repetido apunta a la línea blanca.
Hacendado, Deliplus, Bosque Verde. Se sostiene que el pan de molde lo fabricaba Panrico y ahora sale de una empresa de cuarto orden; que los aceites de la marca de perfumería dieron problemas durante el verano; que las nueces llegaban de California y ahora vienen de África con buena parte del saco directamente a la basura. La carne y el pescado «frescos», añaden, son un insulto para cualquier paladar que no esté anestesiado.
Hay quien defiende lo contrario. En algunos centros sí se encuentran productos de
Central Lechera Asturiana —yogures, natas, mantequillas—, y eso desmonta la tesis de que la cadena haya borrado toda marca conocida. Otros responden que el pescado de Mercadona es aceptable, incluso mejor que el de otras cadenas, y que en su ciudad no queda una pescadería a menos de 500 metros. Otro usuario apunta al origen: asegura que el pescado de marca blanca llega desde caladeros de Namibia o Egipto y pasa por el aeropuerto de Zaragoza antes de llegar a la nevera.
El cálculo: cuánto dinero de tu pueblo se va fuera
Aquí está el argumento que más incomoda. Un cálculo que circula en el debate, sin más respaldo que el de quien lo plantea, sostiene que una gran cadena no crea riqueza local, sino que la drena. El ejemplo es simple: si un empleado de pueblo cobra
10.000 euros al año y vende
240.000 euros en género, la diferencia —230.000 euros limpios— sale del municipio cada año. Ese dinero deja de gastarse en el comercio de al lado. Y Mercadona, se añade, es el supermercado que más factura por vendedor, lo que agranda la fuga.
La conclusión se escribe sola: «de cada 240.000 euros que descapitalizan tu pueblo al año, dejan una migaja de 10.000», en palabras del mismo usuario. El desglose partida a partida está en el origen de la discusión y da una diferencia que escama.
¿Es Mercadona más barato o más caro que el resto?
Depende de a quién se pregunte, y eso es lo llamativo. Hay quien sostiene que no hay nada más barato en 50 kilómetros a la redonda, y quien responde que en Asturias, sin salir de un radio de 500 metros, no hay un solo supermercado más caro. Ni el Lidl, ni el Alimerka, ni el Árbol.
El dato que se cita para zanjar el asunto es la leche:
59 o 60 céntimos el envase comprando la caja entera,
62 o 63 si se compra suelto. Precios que ya no son los que hicieron famosa a la cadena. En productos de marca conocida, la diferencia con otras superficies, dicen, es directamente sangrante.
Mercadona y los productos locales: Asturias y el País Vasco
Uno de los reproches más duros tiene que ver con el producto de proximidad. Se afirma que en los centros de Asturias no hay ni un solo producto de Central Lechera Asturiana, ni una marca láctea local, y que hasta la nata montada que se vende es de origen belga. En el País Vasco, se negocia un pasillo con productos
del País, y hasta que abran los centros, muchos cruzan a Cantabria para comprar.
La respuesta es que la oferta varía mucho según la zona. En la Comunidad Valenciana, por ejemplo, sí existen productos de Central Lechera. Otros sostienen que la clave está en cada zona y en cómo se negoció la entrada en cada una.
El futuro: automatización, proveedores y precios
El debate se ensancha cuando entra el empleo. Se cuenta que el almacén central de Cataluña se traslada a Abrera con una planta de distribución automatizada, lo que reducirá plantilla. A los que se queden, se les compensará con una subida negativa:
un recorte medio del 20% del sueldo. Y los precios, dicen, subirán un poco más.
En paralelo, la relación con los proveedores se describe como un pulso desigual. Cuando tu cliente es infinitamente más grande que tú, la negociación nunca es de igual a igual: es un
trágala. Algunos fabricantes habrían asumido márgenes mínimos y las inversiones exigidas por la cadena, con el resultado de deudas que ahogan.
Al final, la discusión se parece a la de siempre: unos señalan la cesta de la compra como un acto de militancia y otros recuerdan que el bolsillo no entiende de principios. Que cada cual compre donde quiera, faltaría más. Aunque conviene recordar que el boca a boca que encumbró a Mercadona no lo levantó una campaña de marketing, sino sus propios clientes. Los mismos que ahora van a otro sitio.